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1928 - EL PUERTO DE SAN VICENTE DE LA BARQUERA

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El puerto de San Vicente de la Barquera y, concretamente, su entrada en la barra, ha sido fuente de reivindicaciones y exigencias que, los marineros, Cofradía y vecinos hicieron a lo largo y ancho de los últimos años del siglo XIX y primera mitad del pasado siglo XX. El 30 de junio de 1928, en la Revista “España Marítima”, se publicó el siguiente trabajo sobre nuestro puerto: 

“EL PUERTO DE SAN VICENTE DE LA BARQUERA 

NOTAS HISTÓRICAS

El puerto de San Vicente de la Barquera, capital del Distrito marítimo, Habilitado de Aduana, con comercio de exportación, importación, cabotaje y altura, está situado en el extremo más occidental de la provincia de Santander. 

La estación del ferrocarril dista un kilómetro de la población, que es cabecera de Partido Judicial, y cuenta con Sindicato Agrícola, Pósito de Pescadores, Telégrafo, Teléfono automático. Banco, dos compañías de energía eléctrica, canalización de agua. Balneario y fábricas de conservas y salazón. 

Es un magnífico puerto natural de refugio, de un kilómetro cuadrado de superficie completamente aprovechable y limitada por los puentes Nuevo y de la Maza, este último de treinta y dos ojos y cuatrocientos ochenta metros de longitud. 

En los siglos XIII y XV era el único puerto de esta parte de la provincia habilitado para la exportación e importación y se dedicaba exclusivamente a la construcción de naves y al comercio con Levante. Su importancia marítima fue grande. En él se cargaban las ricas maderas de esta comarca, muchas de ellas eran almacenadas en nuestros arsenales y se emplearon en la construcción de unidades de nuestra antigua marina de guerra. Hasta hace menos de un siglo eran tan importantes estos cargamentos, que se estableció en él, durante muchos años, una comisión de Marina, para el recibo, clasificación, fletamento y abono. 

Con sus navíos, fueron los habitantes de San Vicente de la Barquera, en el siglo XIII, a la toma de Sevilla, por lo cual figura en su escudo un navío a toda vela rompiendo una cadena, en recuerdo de la rotura del puente de barcas sujetas con cadenas que había en el Guadalquivir. En aquellos tiempos se dice llegó a tener más de 7.000 vecinos. 

Su decadencia data desde que se fundó el pueblo de Comillas al otro lado del Cabo Oyambre, en el año 1483, con parte de su vecindario y unida es la disminución de población con la del tráfico, originada por efectuarse entonces la comunicación de Asturias con Castilla por Santander, dio lugar a que se resintiera la vida comercial del puerto. 

Más adelante, al empezar a emplearse en las construcciones navales el hierro y el acero, flaqueó hasta llegar a ser nulo su comercio de maderas. 

Al inaugurarse hace pocos años el paso del Ferrocarril del Cantábrico por sus cercanías, sufrió el puerto otro tremendo golpe, pues el ferrocarril se llevó todo el comercio de cabotaje y la Real Compañía Asturiana dejó de embarcar mineral en el cargadero que en él tenía, llevándole por tren al de La Requejada. 

Sólo quedaban ya al puerto sus riquezas naturales, consistentes en magnífica pesca y bancos de ostras, y mariscos aguas arriba de los puentes, pero al concederse para dedicarlas a la agricultura (como si la comarca estuviese falta de tierras de pasto y labor) dos grandes superficies de marismas y cerrarse con muros, se perdieron los magníficos bancos, los criaderos naturales y terrenos sumergidos que servían de pasto a los peces, disminuyéndose grandemente la velocidad de las corrientes, empezaron los cegamientos de los canales, de las rías y la acumulación de arenas en la barra. 

DESCRIPCIÓN DEL PUERTO 

El puerto está abierto al Norte y dotado naturalmente de dos bocas con barras, separadas una dé la otra por las peñas Mayor y Menor. Entrando hacia el Oeste está el canal principal, que, pasando por el muelle y fondeadero de La Barquera, conduce al muelle de la Villa y atravesando el Puente Nuevo forma la llamada ría del Peral, que se interna aguas arriba cinco kilómetros (ahora por impedírselo el muro de la marisma sólo es navegable 600 metros). El otro canal conduce, pasando por el puente de la Maza, desde donde se llama ría de Villegas o del Barcenal, al barrio de este nombre, remontándose ocho kilómetros navegables. 

Es fácil formarse idea de la gran importancia de este magnífico puerto natural, fijándose en su especial situación de hallarse colocado entre los de Gijón y Santander, que distan entre sí 83 y 30 millas respectivamente. Es el único abordable con el mal tiempo, en el citado trozo de costa, y seguro y capaz para resguardarse en él cientos de barcos de pesca. Mayor importancia que la de refugio se le ha reconocido, cuando sin influencia de ninguna clase, pues bien se comprende por la verídica historia que de él narramos, que siempre estuvo y continúa huérfano de protectores, se le declaró de interés general, por Real Orden de 4 de Agosto de 1926, por reunir los requisitos necesarios para ello y las obras que en él se efectúen, y su conservación son fáciles y quedan bien resguardadas. 

Actualmente el puerto se encuentra cegado de arena y fango, la boca de la barra Oeste, a medio cerrar por un muro, la del Este cubierta de arenas, el raquítico muelle sin alumbrar, siquiera durante la noche, las embarcaciones varadas sobre la arena y su peligrosa salida para la pesca supeditadas al momento en que floten y tengan agua suficiente en el canal y en la barra. Este triste espectáculo, y más triste aún el del regreso de las embarcaciones con mal tiempo, hace veinticinco años que viene ocurriendo diariamente sin que nadie lo remedie. 

Los pescadores, únicos interesados y paganos actualmente de este estado de cosas, fueron además, siempre juguete de la política que con sugestivas promesas de arreglarles la barra y el puerto, les arrancaba los votos, dejándolos luego en la estacada. 

PROYECTOS Y DESILUSIONES 

Se dice, que, no por gestiones de Diputados, ni por iniciativa oficial, sino por influencia de un contratista, hace unos catorce años, consiguió se hiciera el expediente y se le adjudicaran las obras para cerrar la barra del Oeste, sin preocuparse del cegamiento de la del Este. No fue esta solución del agrado de pescadores y marinos que se conformaban con una obra más práctica, sencilla y económica, que consistía en que se dragara el canal, y se diese un poco más de calado a la barra del Oeste. 

Esta barra, que, como decíamos, hace catorce años que empezó a cerrarse, mide una longitud de doscientos metros y hasta la fecha sólo se han cerrado cincuenta. Las personas que entienden algo de estas cuestiones marítimas, no podrán concebir que en obra de tan poca importancia y extensión, que tiene además cimiento natural de roca, y abundante cantera al pie de la obra, en la Punta del Castillo, pueda invertirse ese lapso de tiempo, ni haciéndolo a propósito, y de continuarse así, es fácil deducir, matemáticamente, que su duración será de cuarenta y dos años más. 

Pero lo grave del caso, es que esos trabajos no resuelven ya el problema, pues cada día es más necesario dragar la barra del Este, el canal principal y el puerto, y dotarlo de alumbrado y demás servicios necesarios para ponerlo a la altura de las necesidades actuales. Además, las obras son ya ineludibles; lo demandan las vidas de los pescadores y la seguridad de sus embarcaciones, que no pueden continuar así indefinidamente, no debiendo olvidarse que se viene pidiendo hace veinticinco años, y el día de mañana, cuando ocurra alguna desgracia, no cabrá alegar ignorancia.

Es frecuente y vergonzoso que en el verano, sobre todo, durante la pesquera del bonito, se vean obligados a quedarse en la mar, sin poder tomar el puerto, más de cien vapores de Guipúzcoa y Vizcaya, por no atreverse a entrar por la barra, escarmentados de las pérdidas de hélices y timones que suelen tener todos los años y el peligro que corren sus vidas. 

Los pescadores del puerto, más duchos, como es natural, en entrar y salir de él, tienen también a veces que demorar su entrada hasta tener agua, pues en sitios que había antes 3 y 4 metros de profundidad sólo queda ahora un decímetro. 

Hace unos quince años, el vapor «DURO» de la Compañía A. López de Haro, de la matrícula de Gijón y de mil toneladas de carga, navegaba, arrollado por un temporal, por aquella costa, y siéndole imposible abrirse de ella, se decidió a tomar el puerto de refugio de San Vicente de la Barquera (no hay otro, como hemos dicho, entre Gijón y Santander), y no sólo pasó la barra y el canal perfectamente, sino que reviró, a pesar de su eslora de 70 metros, y quedó amarrado en él, hasta que pasó el temporal, librándose de una pérdida segura, pues de no haber tenido en su derrota este verdadero puerto de refugio, aún abordable en aquella época, se hubiera estrellado en la costa aquella noche, aconchado por la mar, que no le permitía alejarse de ella. ¡Desgraciado del buque, no ya de mil toneladas, sino de ciento, que intentase tonar hoy el puerto como lo hizo el vapor «DURO»! El refugio del puerto cada día es más irrisorio, debido a su abandono. 

EL POSITO PIDE EL ARREGLO DEL PUERTO. 

En Noviembre último, el Pósito de Pescadores pidió una vez más el arreglo del puerto, exponiendo su actual y lamentable estado, así como la paralización de las obras de la barra y pidiendo con urgencia solamente aquellas inaplazables, por afectar a la seguridad de sus vidas; pues bien: hace seis meses que el expediente se halla, como otros tantos, durmiendo en alguna oficina, sin que nada lo resuelva. 

La triste odisea de este puerto no para aquí, sino que en lugar de atenderse a las demandas de sus necesidades, mejorándose su situación actual se le mermen las ventajas recientemente concedidas, pues por Real Orden de 24 de Febrero, se le rebaja de puerto de interés general a puerto de refugio, sin duda para darle la primera categoría a otros puertos.

No nos explicamos las razones para que las playas abiertas se declaren puertos de interés general, pero menos que se declare también a ERMIGNA, playa, rada o puerto que no he podido encontrar en ninguna Geografía, Diccionario Marítimo, Enciclopedia ni Derrotero, pero que figura como tal en la página 1.226 de la Gaceta de Madrid, número 56, del 25 de Febrero de 1928, como puede verse. Esto es probablemente un error que hay que rectificar poniendo en vez de ERMIGNA, SAN VICENTE DE LA BARQUERA, pues entre los puertos de segundo orden no creo exista otro que por sus ventajas aquí expuestas tenga mayor derecho a esa clasificación y que se dé a sus obras el impulso que necesitan y que es hora ya de que se empiecen unas y se terminen las de la barra. 

De la expresada relación de puertos de interés general, publicada en la Gaceta, conviene hacer notar la profusión de ellos concedidos a algunas provincias marítimas, en relación con la extensión de costa que ocupan, así como de la importancia de alguno de ellos. 

La de Asturias mide 120 millas aproximadamente y tiene cuatro puertos de dicha categoría, que son: Gijón-Musel, Aviles, San Esteban de Pravia, Luarca Y Navia, entre estos dos últimos hay 7 millas, y entre Luarca y San Esteban 15 millas. 

La provincia marítima de La Coruña tiene 95 millas de extensión y cuenta con cuatro de estos puertos: La Coruña, Ferrol, Cariño y Puebla del Caramiñal. 

Guipúzcoa tiene 25 millas de extensión y dos puertos: Pasajes y San Sebastián. 

Palma de Mallorca, 140 millas de extensión y cuatro puertos: Palma, Andrait, Soller y Alcudia.

Santander, 70 millas de extensión y el solo puerto de Santander, y como dista de Gijón 83 millas, es toda esta extensión de costa la que queda cerrada a los buques de todas clases y abandonados, por consiguiente, a su suerte en los temporales, mientras San Vicente de la Barquera no se ponga en las condiciones debidas de poderse tomar fácilmente, dragando su barra del Este, el canal y el puerto. 

El Pósito de Pescadores es también merecedor de ello, pues los socios que lo constituyen llevan luchando para conseguirlo más de treinta y cinco años, y a pesar de las dificultades y peligros que cada día son mayores, para el ejercicio de su industria, han aumentado, sin embargo, su flota, que entre vapores, traineras, de motor y barquillas de motor, para la pesca de la langosta, suma un número bastante importante, que anualmente extraen del mar pesca por valor de más de un millón de pesetas, única riqueza e industria de la Villa. 

Como esta situación debe haber llegado a conocimiento del Gobierno por medio de sus Juntas Ciudadanas, es de esperar que el Ministro de Fomento, no tarde en disponer lo conveniente para que resplandezca la justicia y el bienestar de los pescadores y vecinos de San Vicente de la Barquera, que le quedarán eternamente agradecidos.

1900 - POR CARRETERA. (Apuntes de viaje desde Madrid a Santander)

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En el año 1.900 se publica en Madrid el libro titulado "Por carretera", (Apuntes de viaje desde Madrid a Santander, por el autor Miguel de Asúa y Campos), obra que está disponible en la BNE en formato digital, y en sus capítulos X y XI, con que finaliza, se dedica a narrar las impresiones de su acercamiento desde Cabezón de la Sal, Treceño y visita a San Vicente de la Barquera. El relato es un poco largo pero merece la pena seguirle y descubrir la cantidad de curiosidades y detalles que el autor va desgranando en los siguientes términos:

 "Atraviesa á Cabezón de la Sal la carretera, y como el calificativo expresa bien claro, en esta antigua villa-—que conserva, aunque no muchas, blasonadas viviendas— se secaba la sal en grandes cantidades, viéndose aún restos de los antiguos secaderos.

Es su más útil particularidad hoy la de terminar en esta, villa la línea del ferrocarril Cantábrico, que habrá de llegar á Asturias más pronto ó más tarde, y satisfacer con esto grandes necesidades mercantiles, poniendo en comunicación dos provincias que tanto se asemejan, por su historia, su suelo y sus costumbres.

A las seis de la tarde salimos para San Vicente de la Barquera. A los cinco kilómetros, como á mitad del camino que debíamos recorrer, tropezamos con Treceño, (1) «Paredes desmoronadas, cercas rotas, piedras esparcidas, son en Treceño, testimonios vivos de población más grande; de que no es título usurpado el de villa, que en los registros lleva, cuando el viajero le da ingenuamente el de aldea. Las yedras hallaron en estos  parajes substancia provechosa y alimento; sus troncos gruesos y entretejidos dicen la antigüedad de las ruinas, y sus pomposos tallos, esmaltados de corimbos negros, albergue y pasto de pájaros cantores, guarnecen la esbelta ojiva de un puente, cubren los blasones de muchos solares y envuelven el desbaratado almenaje  de la torre fuerte, alzada en medio del poblado, á la vera del camino.»

(1) Amos Escalante (Juan García), Costas y Montañas. 

Cuéntase de esa torre una leyenda en  que juegan papel principal tiernos amores, interrumpidos por el feudal Señor de esa comarca.

Es la historia de todas las leyendas; es el argumento de muchas óperas; es la realidad de un tiempo de nobles y siervos; es la época terrible de las más injustas y tremendas desigualdades.

Prendóse el Señor de la citada torre  (el bajo ó el barítono), de una doncella (la primera tiple), quizás la más hermosa que en el pueblo había, y requeríala de amores tan de continuo y con tales ofrecimientos, amenazándola, caso de no acceder á sus deseos, con tan grandes rigores á ella y su familia, que al ñn cayó la joven en los lazos con que la persiguiera el noble que ofrecía regalos ó amenazas y tenía poder para cumplir sus ofertas.

Era galán de esa doncella, un mozo del pueblo (el tenor), que medio loco de pena, herido en sus más queridos sentimientos, vagaba sin rumbo por valles y colinas, lanzando continuos lastimeros quejidos. Pasaba una vez el triste mozo frente al portón que á la noble vivienda daba entrada, y como le hallara abierto, entróse por él en ansias de ver á la mujer de sus sueños; subió la escalera de piedra, y como en el primer aposento que encontrara, viese apoyado sobre el alféizar de la ventana á su odiado feliz rival, que llevaba colgante á la cintura riquísimo puñal, llegóse al Señor, cogióle por el cuello con la siniestra mano, y empuñando en la otra el desnudo puñal que de la cintura le arrebatara, hundiósele varias veces en el corazón.

Quedóse el noble con los brazos hacia afuera, sujeto á la ventana y apoyados los hombros en su marco, rígido, por haberse quedado sin sangre poco á poco, según se fué saliendo por las profundas heridas que el enamorado galán le había producido, y, rebasando el marco, corrióse por la pared desde la ventana, formando hoy todavía, una desvanecida mancha que parece rojiza grieta, abierta en el vetusto y ennegrecido muro, (1) «Sobre la trágica ventana cuelgan en notante pabellón las trepadoras: por el labrado hueco entran y salen las golondrinas, huéspedes de la deshabitada torre, y del alféizar bajan negros rieles hondamente estampados en la piedra; quizás son restos de las lluvias, quizás huellas de la sangre vertida por el vengativo aldeano.»

(1) Costas y Montañas

En Treceño nació Fray Antonio de  Guevara, obispo que fué, y cronista del emperador Carlos V, gran predicador de la paz en aquellos revueltos tiempos de las germanías y comunidades, que acabaron con la muerte de los revoltosos comuneros, en Castilla, y los de la hermandad, en Valencia.

En 1627, el rey Felipe III concedió á Don Luis Ladrón de Guevara, señor de Treceño, desde los tiempos más remotos, los títulos de Conde de Escalante y Vizconde de Treceño.

Dejamos atrás este histórico punto, y los de «La Madrid y La Revilla», y empezamos á ver desde lo alto, cubriéndola después desigualdades y revueltas del camino, para volver á aparecer sin ocultarse más, con toda su originalidad, con su artístico puente y su monumental iglesia, la villa de San Vicente de la Barquera, una de las que con Santander, Castro-Urdiales y Laredo, formaban las cuatro villas de la Montaña, á cuya sombra todos los demás pueblos de la cántabra región se cobijaban.

 


Figúrate lector que has cruzado el puente de Maza, que has pasado sobre sus treinta y dos arcos, recorriendo los quinientos metros que tiene de uno á otro extremo, y que estás al otro lado de la ría. Frente por frente, verás, dominando el mar encajonado en el puerto y con sus galerías abiertas al mediodía y levante, un convento de franciscanos, edificado, como sus hermanos, de limosna—según Gouza, — en 1468.

Sobre él ejercían patronato los Guevara, que aún conservan preeminencias de lugares en ciertas fiestas, y un aposento que lleva por nombre «la celda de los Guevara».

Dejando á la izquierda el convento, se sigue una anchurosa calzada, á orillas del mar, que conduce á una gran plaza..., pero de repente el coche toma por una cuesta inverosímil, van á galope los caballos — ¡¡Han conocido la cuadra!! — grita Juan, el cochero, entusiasmado al ver esa prueba de inteligencia, que acababan de darnos los caballos.

Y á una carrera desenfrenada, llegamos delante de una puerta cochera, donde se detienen jadeantes, relinchando, mientras un mozo calza las ruedas del coche, que seguramente se precipitaría en la cuesta, si con el torno sólo se le dejara.

Hemos llegado á la casa que en San Vicente tiene mi compañero de viaje, dándote un consejo, querido lector, por tu mérito de haber llegado á estas alturas del librito.

Si vas alguna vez á San Vicente de la Barquera, pregunta por la casa de Noreña y pide hospitalidad á sus dueños, si es que para ello tienes amistad ó estás autorizado.

La casa está en lo más alto, cerca de la iglesia y del castillo, y muy próxima á la del célebre inquisidor D. Antonio del Corro.

La calle principal de San Vicente de la Barquera es la calle Alta; conserva todavía ruinas del incendio que ocurrió en 1483. Por allí debía estar también el barrio de los judíos, sin que se noten, por lo que actualmente queda, restos de su presencia.

Siguiendo la calle Alta, llegas á la iglesia parroquial de Nuestra Señora de los Ángeles, pero antes debes rendir tributo al castillo, que muestra sus ennegrecidos muros convertidos en desparramados escombros.

Enseña el castillo, entre el muérdago y los zarzales que ocultan lo poco que de él resta, oscurísima piedra, que el tiempo ha revestido de ese musgo suave que tan frecuente es ver en los edificios de la Montaña.

Si puedes entrar en lo que fué patio y orientarte entre las ortigas y los abrojos, encontrarás, esparcidos sobre la yerba, aquí un trozo de pilastra, más allá medio arco, al otro lado un cuartel de un escudo, trozos de capitel y de cornisas.

Hoy, sólo habitan en él los búhos, las avutardas, las lagartijas y algún otro nocturno paseante, que son, como siempre, señores naturales de las ruinas.

Allí, como armado caballero que pereciera en defensa de su dama, yace á los pies de la iglesia el poderoso castillo, orgulloso de haber conseguido, aun á expensas de su muerte, mantener inviolable y erguido el inmediato templo de fe cristiana, cuya guarda le estuviera, en lejanos tiempos, quizás encomendada.

Un poco más arriba está la iglesia; es su aspecto, como dice muy bien Amador de los Ríos, más de fortaleza que de lugar de oración. Recuerda las construcciones militares del siglo X V, y por una de ellas pasara, si las agujas ornadas de trepado que se alzan en el frente y ángulos de la torre y las dos espadañas que forman el campanario, y las cuatro ventanas ojivales que avanzan al frente de la torre, no le dieran religiosa apariencia.

Unos escalones dan acceso á la portada, compuesta de seis arcos, notándose en sus adornos y en lo que la pintura no ha ocultado del todo, las flores propias del estilo románico. Parece anterior al siglo XIV, pero quizás sufriera posteriores componendas.

Entrando en la iglesia, llaman la atención desde luego sus altas bóvedas, su obscuridad, que le da aspecto bien sombrío, y los esbeltos pilares formados de juncos, que se abren extendiéndose en lo alto. Las naves son hermosísimas, y muy interesantes.

 Las tres capillas: la del Cristo; la bautismal, en que hay un sepulcro de grandes adornos ojivales, y la de San Antonio.

En el arco de la izquierda de esta capilla hay un sarcófago, y sobre él, los cuerpos yacentes de un caballero y su dama: él, vestido de todas armas, con la cabeza apoyada sobre almohadones y los pies sobre un perro, como símbolo de la fidelidad; la dama, vistiendo larga capa de cuello alto, descansa su cabeza también sobre almohadones, y á sus pies, un ángel guarda su profundo y reposado sueño, á que quizás tuviera derecho por sus grandes virtudes.

Sobre otro sepulcro de la misma capilla, hay un ángel que soporta un escudo de armas análogo al que ostenta la casa que á la izquierda y á pocos pasos de la iglesia se destaca. Pero el más notable, es el del inquisidor Corro.

Eran los Corro de tan preciada familia en San Vicente, que sus divisas, sus riquezas y su poder no tenían rival ni límite en la jurisdicción. El acuartelado escudo de esta familia, lleva por divisa: Adelante, por más valer los del Corro.

Tenía su casa esta noble familia en la calle Alta, y allí sigue, pudiéndose contemplar el elegante aspecto del renacimiento que la caracteriza, con frontón toscano sobre apilastrada puerta y dos escudos de armas á los lados del balcón central; y si volviésemos á la iglesia y entráramos de nuevo en la capilla de San Antonio, de donde ha poco salimos, encontraríamos el escudo que en la citada casa campea, en el sarcófago, en el que, revestido de sacerdote, apoyada la cara en la mano y sobre almohadones el codo, descansa la figura yacente del inquisidor Corro, aparentando leer en un libro que con la diestra sostiene; y llama de tal modo la  atención la naturalidad de la hermosísima figura, que se atribuye por todos á italianos artífices.

Amador de los Ríos cree que el caballero y la dama antes descritos, son los padres del inquisidor, fundando su aserto en el blasón que el sarcófago lleva y que es uno de los cuarteles del que en el del sacerdote campea.

Es también opinión del notable arqueólogo, que la iglesia fué comenzada en las postrimerías del siglo XIII, y que quizás ordenara su comienzo Alfonso VIII, notándose en ella estilos del siglo XVI y de los intermedios.

En la parte sur y calle de la Barquera, está la ermita, que sin tener nada notable, no deja de ser curiosa. La Virgen de la Barquera no tiene mérito para el artista; la Virgen de la Barquera significa para el filósofo la sencilla fe de todo un pueblo.

Fíjate en esa barquía que sale á la pesca:  se va alejando y ya casi es un punto que las olas te impiden ver; pues los robustos y curtidos marineros que la tripulan, han saludado al pasar frente á la ermita y han dedicado á la Virgen una oración. Todos los que andan por la mar, rezan...; acordaos de aquel excéptico que  preguntaba á un marinero:

—¿Qué hacéis cuando el peligro es grande?

—Pensamos en nuestras mujeres, en nuestros hijos

—¿Y si el peligro aumenta?

—Rezamos.

—¡¡Yo no sé rezar!! dijo el excéptico.

Miróle el pescador de soslayo, y le dijo:

—Usted no ha pasado ningún temporal en la mar, que cuando le pase; cuando las olas bravas monten sobre el barco y se lleven, ahora un bote, luego un compañero; cuando deba Vd. su salvación, una y otra vez, á la fuerza de sus puños y ésta vaya faltando, verá Vd. cómo lo que rezara de niño acude á su memoria y lo pronuncian los labios; porque la mar puede mucho, pero si la Virgen no quiere, pues no puede nada.

Así te ocurre, lector, que entras en la ermita de la Barquera, como en Santander en la de la Virgen del Mar, y verás el techo y las paredes cubiertos de ofrendas, que tú miras con indiferencia, y que hacen estremecerse á los devotos de la imagen que allí se venera, pues que son recuerdo terrible de horroroso naufragio ó de trabajos sin cuento, en desigual y horrible lucha con un mar embravecido.

Por los alrededores, seguramente encontrarás alguna mujer, madre, esposa ó pretendida de alguno que peligra, que se salvó ó que las olas arrebataron, y que viene  á orar ante la imagen que tú no miras, porque no encuentras en ella mérito ninguno, pero que ellos llevan grabada sobre su hermoso corazón. Probablemente en esas terribles luchas con las olas y con el viento, cuando sin fuerzas ya, y perdida la esperanza, únense á los sordos y terribles mugidos del mar los murmullos de una plegaria, cada marinero reproducirá seguramente, ante sus ojos, con toda la verdad de su sencilla y arraigada fe, la adorada imagen de la Virgen de la Barquera.

* *

Una vez visto lo que te cuento, si no te  conviene ó no puedes quedarte á pasar unos días en San Vicente, que siempre vendrían bien á tu salud, vuelve á tomar la misma carretera por donde viniste, si lo has hecho siguiendo mi itinerario; dirige una mirada á Comillas, que se destaca á la izquierda, á lo lejos, momentos antes de llegar á Cabezón de la Sal, y una vez en esta villa, métete en uno de los trenes que con gran frecuencia se dirigen á la ciudad de Santander y que en tres horas escasas te dejan en la capital de la Montaña.

Mientras llegas al término del viaje, y para que se te haga más corto el camino (que á no ir apresurado sorprende por la brevedad con que se recorre, ¡tan pintorescos y admirables son los paisajes que á uno y otro lado se despliegan con sus caseríos diseminados en artístico desorden!), te diré que por el mismo sitio que los rieles se hallan tendidos, llegóse á San Vicente, joven aún, el gran emperador Carlos I, y te referiré, por creer que ha de interesarte, más que si con algo de mi cosecha terminase este librejo, lo que á ese propósito cuenta el tantas veces citado Escalante (al que, como á Pereda, no hay más remedio que seguir al entrar en la Montaña, porque no hay cantores que sepan interesar como ellos, al resucitar las glorias de la Tierruca, ni quien como ellos tenga habilidad bastante para hacer hablar á tanto respetable vejestorio y venerandas ruinas, que mudas ya á fuerza de verse arrinconadas, habían perdido el habla por completo) «he aquí,—dice con relación al viaje del extranjero Monarca, que iba á ser tronco de la rama española de los Austrias,—he aquí los tesoros reservados  al porvenir del mancebo que cabalgaba por estas asperezas, entregado todavía á la rapacidad y codicia de Xevres y sus flamencos, ignorante del valor de la tierra que su bridón pisaba, y había de ser pródiga en darle la copiosa sangre necesaria para alimentar la fama y el terror de sus arrojadas naves é invencible infantería.

Sublime visión de gloria ¿no es cierto? Sublime visión que al cabo de tantos años y á través de tan profunda decadencia y postración, todavía tiene calor bastante para encendernos el pecho, y luz para alumbrar con claridad inextinguible los sagrados horizontes de la patria, y prestigio para dar yo no sé qué sonoridad augusta, mágica y consoladora que enorgullece y eleva, que atropella la sangre al corazón y el llanto á los ojos, á este nombre bendito de españoles.

FIN

Miguel de Asúa"

1921 - DIARIO DE UN CAMINANTE (AMÓS DE ESCALANTE)

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“Luego se sube a una sierra, donde se ofrece al peón, avaro de horas y de fatiga, el camino antiguo más caído hacia la costa. Al cabo de una hora se une a la carretera sobre los altos que dominan el ancho estero de San Vicente de la Barquera.

Partido el mar en dos brazos, ciñe un peñasco cuyo arenoso asiento ocupa la población, cuya cima corona la iglesia, y rodearon los muros de su fuerte castillo. El que entra derecho por las tierras al Mediodía, lleva sobre sus arenas treinta y dos arcos de un puente, que la tradición bautizó romano, y trae su fundación de era harto más reciente y más gloriosa para nuestra gente. Al extremo del puente, dominando la ría con sus galerías abiertas al Sur y a Levante, un convento francisco, edificado, como sus, hermanos, de limosna -dice Gonzaga-, año de 1468. 

La Casa de Guevara, que poseía como sabemos los inmediatos estados de Treceño, tomó para sí el patronato de este convento; dotóle de capellanías, labró la capilla mayor e hizo el retablo y el coro, con un aposento para que se alojasen sus señores, que se llamó «la celda de los Guevaras». «Y alternativamente -dice el Memorial citado a los principios de este libro- desde entonces se entierran unos señores allí y otros en Escalante.» 

Las casas de la villa, levantadas sobre solemnes pórticos, ennoblecidas con balconaje de hierro, escudos y portadas, abrigan el silencioso puerto. En las lejanías de su embocadura, al pie de los merlones de Santa Catalina, y del venerado santuario de Nuestra Señora de la Barquera, se ven agitar las bulliciosas ondas que dan voz a la soledad y acento a las ruinas; pero a la ribera llegan calladas y adormidas, cual si ya su fuerza, su ayuda, su flexibilidad y movimiento fueran inútiles para la muerta navegación y el desaparecido comercio. Algún cabotero fondea en la rada que armaba arrogantes escuadrillas balleneras, y que pretende haber sido cuna de los bajeles guiados por Bonifaz a la empresa de Sevilla. 

Encarámase el viajero a buscar la iglesia, guía elocuente en los pueblos viejos, abierto libro que de ellos cuenta la edad en su arquitectura, los linajes en sus sepulcros, las costumbres en sus exvotos, la piedad en su conservación y aseo, las grandezas en su ornato, los dolores en su aparato fúnebre, en la llama perenne de sus lámparas y cirios. La de San Vicente ocupa el cabo meridional del peñasco, al que yacen agarradas las viviendas como una generación de crustáceos alimentados de marinos jugos y aire salado. El descarnado lomo de la peña tiene nombre de Calle Alta, cuyo ámbito bordan desmoronadas paredes, edificios deshabitados: avenida melancólica que guía hasta el templo, como guían los sepulcros hasta la cruz alzada en el centro de un cementerio. 

Las tres naves de la iglesia, cerradas sobre ojivas anchas del siglo XIII, arrancan de una fachada, cuyo portal trae filiación del XII, y mueren en un crucero y ábside del XIV o XV. No escapó, a pesar de la jerarquía del lugar, a la necesidad y pobreza de los tiempos; su edificación fué corno la de otras muchas, lenta y sucesiva. Bien es verdad que las obras de la paz sólo en largo plazo de sosiego y abundancia llegan a cumplido término, y los tiempos de la ojiva, tormentosos y duros, daban vagar limitado al arte, interrumpiendo a menudo, con escaseces o violencias, el pacífico trabajo. 

Más agitada España que otras naciones, empeñada en su secular guerra religiosa, menos propensa a ciertas vanidades y deleites, apenas tuvo espíritu, caudal, espacio y voluntad para construir otra cosa que iglesias o castillos. Príncipes ni magnates se cuidaron de sus propias moradas, ocupados en aumentar y enriquecer la casa de Dios. «Honra singular» -dice el ilustre Ozanam- de la realeza y de los nobles castellanos» 

En la capilla de San Antonio llama la atención un trozo de excelente escultura, al parecer italiana; una estatua de eclesiástico reclinada sobre una urna, puesta la mejilla sobre la mano, en actitud de leer: obra naturalista, viva y acabada. La urna, enriquecida con castizas molduras, obedece al gusto del Renacimiento; en sus ángulos dos geniecillos llorosos desarrollan cartelas en que se lee, partida, esta inscripción: el que aquí está sepultado no murió / que fué partida su muerte para la vida; y en su centro una figura de ángel, gótica en su actitud, expresión y dibujo, sostiene el blasón de los Corros, sus fundadores. 

Dice el epitafio de este entierro: HIC IACET LICENCIATUS ANTONIUS DEL CORRO, VIR PRECLARUS MORIBUS ET NOBILITATE, AC PERPETUÆ MEMORIÆ DIGNUS, CANONICUS HISPALENSIS AC IBIDEM CONTRA HERETICAM PRAVITATEM A CATHOLICIS REGIBUS FERDINANDO ET ELISABETH USQUE AD SUUM OBITUM APOSTOLICUS INQUISITOR ET HUIUS ALMÆ ECCLESIÆ TANQUAM NATURALIS UTIQUE BENEFICIATUS, QUI OBIIT VIGESIMA NONA DIE MENSIS JULII ANNO 1556 ÆTATIS VERO SUÆ 84. 

Inmediatos yacen sobre un tosco plinto de labor románica dos bultos de diáfano alabastro, más curiosos que el del inquisidor: vestido el caballero de armadura completa y sobrevesta, la dama con tocas, capotillo corto sobre la ropa y cuello recto; trajes y plegado andan con los días y costumbres del siglo XIV. 

La dignidad del inquisidor conseguida en edad temprana, muestra su valor en una corte donde tenían poca acción intrigas y favores. El de su familia en San Vicente lo prueba la presencia de sus armas en los edificios más importantes, en pie unos, caídos otros a lo largo de la Calle Alta. El más aparente y conservado, labrado de esa arenisca tostada, rica de tono y fina de grano, tan común en la montaña, es elegante tipo del renacimiento imperial. Sobre un cuerpo sin otro adorno que su frontón toscano encima de la puerta, alza otro calado por tres balcones flanqueados de columnas jónicas estriadas; un recio cornisón remata la fachada, cuyos aristones se tornean y desenvuelven en pilares cilíndricos. Desde el arquitrabe habla el fundador al transeúnte en esta inscripción abierta en tres trozos sobre los tres balcones: PAUPERIBUS UT SUBVENIAT * HANC EX VETUSTISSIMA REEDIFICAVI DOMUM * PULCHRAM SED PULCHRIOREM QUÆRAMUS; y en ella revela el primer destino de su obra, destinada a asilo de pobres. 

Los restos de su muralla, comidos de musgo, embozados en yedras, amenazadores y enhiestos en una parte, derribados en otra, completan la romántica y noble fisonomía del peñón de San Vicente. Persevera el cimiento de la robusta fortaleza, señalando su planta, sus recintos, entradas y galerías; aún se ven escaleras que trepaban al almenaje, o guiaban a subterráneos, silos o calabozos: las embovedadas cuadras son viviendas de inofensivos labradores o marineros. Asunto curioso a pintores y arquitectos retratar las armoniosas líneas, el colorido fresco y suave de la ruina y la roca, estudiar la disposición estratégica de las defensas, y restablecer el perfil ceñudo, grave, reposado del castillo en la integridad de su fuerza y poderío. 

Aquí de nuevo nos hallamos al imperial navegante, al frecuente bojeador de estas marinas, al huésped de Santander y de Laredo. Pero si al saltar en los muelles de la hidalga Laredo, traía Carlos de Gante su espíritu castigado por la experiencia, rendido al desengaño, propuesto al sacrificio de las pompas y deleites terrenos, las arenas de San Vicente y su breve y sosegada bahía le recibían mozo, extraño a las costumbres españolas, inexperto en nuestra habla, abierto el corazón a todas las grandezas humanas, capaz de poblar y enriquecer la región más desierta y vasta y miserable con las ilusiones y bríos de su ánimo esforzado. 

Había desembarcado en un puerto de Asturias, mas «por no poder estar la armada en Villaviciosa», escribe el historiador Sandoval, «pasó a Santander, y el rey fué por tierra a San Vicente de la Barquera, donde estuvo algunos días». 

Entre uno y otro desembarco había corrido la vida del glorioso príncipe.” 

Amós de Escalante.

1875 - RECUERDOS DE SAN VICENTE DE LA BARQUERA

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El treinta de junio de 1875 se publica en "LA ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA Y AMERICANA" la siguiente carta, escrita por Pedro de Madrazo a Leopoldo Augusto de Cueto, con la cita y referencia de "Recuerdos de San Vicente de la Barquera", que dice así: 

 

“RECUERDOS DE SAN VICENTE DE LA BARQUERA”.

CARTA AL EXCMO. SR. D. LEOPOLDO AUGUSTO DE CUETO.

Madrid, 26 de Junio de 1875.

 Se acerca, querido amigo mío, la época de su viaje de usted á la deliciosa costa cantábrica, y con ella el aniversario de una entretenida excursión que, en excelente compañía, hicimos ambos el año pasado de 1874 á la histórica y decaída villa de San Vicente de la Barquera. ¿Recuerda usted aquel improvisado y agradable viajecito? 

Íbamos de Comillas á San Vicente metidos en un break once individuos de ambos sexos, un poco apretados al principio... y también al fin, porque siendo de buenas condiciones carruaje y camino, nos faltó el cernedero que, en algunos coches y en algunas malas carreteras que yo me sé, produce en los que viajan el efecto de irlos incrustando en sus respectivos asientos, como se encajan en un bote, á fuerza de golpecitos, objetos que fuera de él ocupan tres veces su volumen. Pero el dulce coloquio con nuestras hermosas compañeras de expedición, A.., D.., I.., M.., L.., M.., y S.., y con los dos joviales amigos Vizconde de M.. y D.A. de B.., nos hizo muy breve el trayecto. 

En vano he intentado, en agradecimiento á aquel buen rato, hacer con las siete iniciales de los bonitos nombres de aquellas damas (suprimiendo títulos jerárquicos) un expresivo anagrama para proporcionar á V. una inocente sorpresa: desafío á la linda y perspicaz L.., y á la reflexiva D.., Condesa de V.., á que me formen con esas siete letras, en que no hay más que dos vocales, un nombre que no suene á gringo.

 Usted que, á fuer de diplomático de los pocos, junta á sus timbres de estadista y literato eminente, tanto de aristócrata cuanto tiene de artista, no concebía cuando ideó aquella jira, que fuera posible llevar á ella á sus amigos sin agasajarlos con un agradable lunch, y sin invertir alguna de las horas que íbamos á pasar en el campo, en tributar los honores de la reproducción al lápiz ó á la acuarela á aquellos espléndidos horizontes.

 Los componentes del lunch llegaron al término del viaje sanos y salvos; no así los útiles del diplomático artista: porque recuerdo que al pasar el puente de la Rabia, una importuna ráfaga de viento, haciendo incursión en nuestro abierto carruaje, le arrebato á V. el sombrero de leve paja: usted se lanzó rápidamente á recobrarlo, y al levantarlo de polvo, donde él se estremecía próximo á remontar el vuelo, como pájaro escapado de la jaula que teme la mano de su dueño, su bolsillo de V. vertió al camino, sin V. advertirlo, lápices y pinceles, los cuales reemplazaron al panamá en la toma de posesión de la carretera.



  
Usted, de todos modos, cumplió su propósito con la afable tenacidad que distingue á los verdaderos hombres de Estado. Cómo se las compuso V., no lo tengo presente, pero ello es que se volvió V. á Comillas con dos formales dibujos de San Vicente de la Barquera, ejecutados sin duda con el lápiz que yo dejé ocioso en el poyo de piedra del pórtico de la ermita, cuando me puse á saborear, en unión con sus graciosas convidadas, el foie-gras, los sandwichs y el exquisito Burdeos que nos brindó allí el cuerno de Amaltea, disfrazado de cesto. Para colmo de galantería, sobre darme de merendar, me hizo V. dueño de sus dibujos, y yo, agradecido, le ofrecí buscar los correspondientes datos históricos con que ilustrarlos.

 ¡Triste desengaño! Nadie me da la menor noticia de la fundación del célebre santuario, ni de las tradiciones que á él sin duda van unidas. En balde registré las floridas páginas que consagra JUAN GARCÍA á las Costas y Montañas de la Cantabria; en balde consulté el Diccionario bibliográfico-histórico del erudito MUÑOZ ROMERO, donde tantos datos peregrinos se suelen encontrar acerca de las antiguas iglesias y santuarios de España; en balde recurrí á MIÑANO y á MADOZ, el último de los cuales sólo me cuenta que todos los años, el día 8 de Setiembre, se celebra en el santuario de Nuestra Señora de la Barquera una función de iglesia muy concurrida. Esto ya me lo sabía yo por desgracia mía, porque en los anales íntimos de mi memoria tengo tristemente estampada esa fecha, y he sido testigo presencial del torrente de votos y esperanzas, gozos y dolores, que todos los pueblos comarcanos, quiénes á pié, quiénes á caballo ó en tartanas, quiénes en carros de bueyes, llevan en ese día á la misteriosa ermita, rival victoriosa de los templos atestados de ex-votos que en su viaje describe Pausanias. Tesoro de gracias y consuelos para aquellos creyentes montañeses, y tesoro que á ellos se brinda saliéndoles, como si dijéramos, al camino, con el inefable símbolo de la Redención levantado á la vera del bosque por donde se va á la santa casa, no parece sino que por mantener oculto el origen de lo que en sí tiene ésta de frágil y humano, estimula más la fe del peregrino, que sólo busca en ella lo celestial y eterno.



 
Sea cual fuere la historia, auténtica ó legendaria, de la referida ermita, y dejando á un lado enfadosas disquisiciones arqueológicas, es lo cierto de todo, en esa punta de tierra donde está edificada, inspira devoción y levanta el alma: el gracioso y fresco pórtico de arcadas que ofrece descanso al fatigado romero; el añoso robledal que medio la oculta; la sencilla y elegante cruz de piedra puesta á la entrada de este bosque, en frente del desembarcadero donde atracan las lanchas que surcan la ría... Pero ¿qué voy yo á decirle de estas místicas dulzuras al que tan poéticamente ha sabido expresarlas con el lápiz? Vea V. grabada su propia obra: ahí tiene V. la cruz de la Barquera, á la que sirve de pomposo dosel el entrelazado ramaje de los robles; ahí tiene V. también la vista que desde el referido pórtico se descubre y que dibujó en mi álbum y con mi lápiz, donde se registran: primero, el brazo de la ría que atraviesa de una á otra margen el sólido puente de piedra llamado de Tras San Vicente; más allá, la escarpada peña que aún señorean la rota muralla de la empobrecida villa, las ruinas de su antiguo castillo, cárcel un día de reyes de Navarra, y la enriscada iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, que probablemente acogió las preces del inexperto y brioso corazón de Carlos de Gante, cuando á la edad de 17 años (singular coincidencia con el desembarco de nuestro rey D. Alfonso XII en Barcelona) aportó en las arenas de la Barquera lleno de ilusiones y esperanzas. Más allá, la sierra adusta y sombría del Escudo, de color siempre cárdeno; y en último término, la caprichosa, espléndida, picoteada y tornasolada cordillera de las Peñas de Europa, que arde toda al sol saliente, como una inmensa ara en que se consuma el primer sacrificio de cada día. El caserío de San Vicente baja gradualmente por el recuesto de ese peñasco, en cuya cima descuella la iglesia parroquial, y le ciñe la vetusta y despedazada muralla, con el mismo orgullo con que un hidalgo viejo y arruinado viste su roto arnés de guerra. 

Pero dejemos este tema: el corazón, querido amigo, me llama al interior de la ermita. Acompáñeme V. en la renovación del voto que dirigí á la milagrosa imagen de Nuestra Señora allí venerada: voto que ya ha resonado aquí, en Madrid, por generoso oficio de fraterna asociación, en un recogido y muy devoto templo, cantado por un coro semejable al de los ángeles. Usted que me manifestó el deseo de verlo impreso, léalo con indulgencia, y hágame la caridad de asociarse al sentimiento que lo ha dictado.

 EL VOTO

 Virgen de la Barquera,

Virgen bendita,

Romeros tus devotos

Van á tu ermita: Todos lisiados

De sus enfermedades

Ó sus pecados.

 

El que curado vuelve,

Con fe sincera

Te da en ofrenda ex-votos

De blanca cera,

Y, para ejemplo,

Muleta, pierna ó brazo,

Cuelga en tu templo.

 

Virgen de la Barquera,

Si tú me amparas,

Un corazón de oro

Pondré en tus aras:

¡Tal es mi herida,

Que la sangre que mana

Funde mi vida!

 

Virgen inmaculada

De la Barquera,

No es dolencia del cuerpo

Mi cuita fiera:

No, Madre mía,

Ni es de pasión liviana

Mi herida impía.

 

Dos hijas que te invocan,

Dos inocentes,

De lejos á estas playas

Traigo dolientes:

Oye de un padre

La oración fervorosa,

Sánalas, Madre!

 

Milagrosa es en verdad aquella santa imagen, y ¡quiera Dios que estas dos inocentes se vean en el caso de proclamarlo por propia experiencia! Los escépticos se sonreirán más lo que voy ahora á referir es de ayer, y todos los pobladores de aquella marina lo cuentan. 


  Corría el año 1838 ó 1839: una barca de pescadores había salido del puerto de Llanes: el tiempo era hermoso, convidaba á probar fortuna, y cubrióse de lanchas la extensa superficie de la mar traidora. Tienen los naturales de los puertos del Cantábrico un proverbio que, aunque no adula al bello sexo, parece sugerido por la experiencia: "la mar, dicen, es como la mujer, que halaga, atrae y mata". Pero dejo á un lado digresiones. Se levantó de repente un recio temporal con viento de Oeste; amontonáronse las nubes, se ennegreció el cielo, una deshecha borrasca cambió pronto en escena de desolación y espanto aquella costa antes risueña; las leves barquillas rudamente combatidas por los incesantes golpes de mar, ó se anegaron, ó se deshicieron contra los peñascos de Unquera, Tina Mayor y Cabo Hoyambre, y la nave de Llanes, llevada sin rumbo fijo á merced de los vientos y de las olas, iba á sufrir la mísera suerte de sus compañeras. Los infelices pescadores habían agotado su valor y sus esfuerzos, y renunciando á gobernar el leño, al cual iban encomendadas sus vidas, yacían inactivos, instintivamente aferrados á los bancos; la mayor parte de ellos habían ya perdido el sentido. La barca, sin velas, sin palos, sin timón, sin remos, ya casi hecha pedazos, flotaba cerca del arenal de San Vicente, á manera de cadáver que devuelve el mar á la tierra; cuando uno de los náufragos, divisando la blanca ermita de Nuestra Señora, la dirigió en medio de sus mortales angustias una deprecación, formulada en lo íntimo de su alma como una perla de súbito cuajada en el fondo de aquel Ceylán de amarguras. No se serenó el cielo, no se aplacó la tormenta, pero la Santa Madre de Dios oyó aquel voto, porque la barca pescadora, como guiada por una mano invisible, sin vaivenes y sin tropiezos, salvó la barra, entro tranquilamente en la ría, y se detuvo al pie de la ermita de Nuestra Señora, semejante á un pájaro que escapando de las garras de un ave de rapiña se acoge á un nido extraño, con vida, aunque sin pluma. 

Usted habrá reparado en el interior del devoto santuario un pequeño barco pendiente de la bóveda á modo de lámpara ó araña: es el ex-voto de aquellos pescadores de Llanes, que atestigua su milagrosa salvación, y su sincero agradecimiento al favor recibido del cielo por intercesión de María. 

Quizá este año repetirá V. su visita al santuario de la Barquera; si así sucede, no será el mismo coro de hadas del año pasado el que acompañe á V., pero reemplazará á aquel, otro coro de musas ó de piérides que le suministrarán nuevas inspiraciones. 

De V. siempre afectuoso amigo, 

PEDRO DE MADRAZO.





1886 - CORRESPONDENCIA SOBRE SAN VICENTE DE LA BARQUERA

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El día 14 de junio de 1886 se publicó en "El Correo de Cantabria", la siguiente carta dirigida por Federico del Corro Fernández que haciendo una exposición de algunas obras de rellenos y mejoras nos dice lo siguiente:

 

 "CORRESPONDENCIA PARTICULAR

 San Vicente de la Barquera Junio 86.

Santander

 Amigo Alfredo: te aseguro con una satisfacción completa, como puede tenerse todo el que un poco de cariño tenga á su pueblo natal, que aquí, desde hace próximamente año y medio, hemos tenido una continuación de sorpresas agradables en extremo, á las que no estamos acostumbrados hace tiempo. Sorpresas porque, aun cuando todos teníamos fijas nuestras miradas en los grandiosos beneficios que reportarían á esta villa, nunca creímos verlas realizadas, ó por lo menos más tarde, por circunstancias que nadie se explica, y ahora, si terminadas no estaban por la falta de tiempo y algunos recursos, al menos las vemos comenzadas, activadas hasta donde alcancen estos, ya que no pueda ser hasta donde llega la firme y gran voluntad de los ediles que hoy presiden nuestro Ayuntamiento pues entonces te aseguro á fe de quien soy, por más que tu no lo creas, que esto llegaría á ser un segundo Venecia pero amigo, los cuartos, esos malhadados cuartos, no los dejan llegar allá y agradables porque vemos al fin colmados nuestros deseos, y por más que no parezca un sueño, afortunadamente es una realidad que palpamos. 

Háblote de las obras que están llevando á cabo en el ornato y mejoramiento de este pueblo por las cuales lo mismo que nosotros suspiraban y clamaban con razón poniendo el grito en el cielo los bañistas que en los meses del estío vienen á esta costa á respirar los aires del mar: tales, que el que siquiera haya faltado de aquí, nada más que ocho meses lo desconocerá por completo. 

Han saneado y rellenado unos terrenos ó marismas que había entre la rampa llamada Escollera y el pueblo, que, aparte del feísimo aspecto que presentaba, en la bajada de las mareas era imposible de todo punto el tránsito por sus lados á consecuencia de los miasmas que despedía, por manera que ahora queda convertido aquel pantano en una hermosa esplanada; se están arreglando las calles públicas, y por fin, se está concluyendo un magnifico paseo que se abrió desde el puente llamado de San Vicente hasta la ermita de la Barquera, porque la orilla del mar sin duda alguna será la delicia de unos y otros, pues además de tener la condición de agradable por sus variadas vistas, tiene la de ser un trayecto corto y suave para los que prefieren ir paseando al baño 

Tienen en proyecto algunas más, pero como no se ha dado principio á realizarlas por falta de tiempo, excuso manifestártelas; solo sí te diré, que el señor Alcalde que hoy tenemos en nuestro Ayuntamiento, su digno Secretario, y el teniente Alcalde, no cejan un momento viendo los medios de mejorar las condiciones de esta pintoresca Villa. 

Asi que, si en la marcha que han emprendido, siguen, como todos esperamos y confiamos por la actividad que despliegan, pronto veremos que este pueblo cuya bellísima posición topográfica tu ya conoces, alcanzará una importancia como la que tenía antes del año 1500, suponiendo, como supongo que los que sigan relevando al actual Ayuntamiento, continúen la senda trazada por estos, en voluntad y constancia.  

Como EL CORREO DE CANTABRIA defiende los intereses de la localidad y de la provincia, y aplaude todo cuanto en beneficio de ella se haga, te remito estos enmarañados renglones por si son dignos de que en él tengan cabida, anticipándote las gracias tu afcmo. amigo. 

FEDERICO DEL CORRO FERNANDEZ"


1865 - HISTORIA RESUMIDA DE SAN VICENTE DE LA BARQUERA

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En 1865 se publica en “LAS DOS ASTURIAS”, (Almanaque de 1866 para utilidad y recreo de las provincias de Oviedo y Santander), el siguiente artículo firmado por Juan del Corro de la Sierra, escribano que fue de la villa, y que es una pequeña historia, resumida, de San Vicente de la Barquera: 

“SAN VICENTE DE LA BARQUERA. 

Esta villa es una de las cuatro de la costa del mar cántabro y su fundación data de la más remota antigüedad, pues en el año 148 la repobló Zenón II, como asegura un antiguo historiador: «Cantabri contra Vaceos pugnant, et necatus estiu eo praelio Zenon, Dux eorum, filius Karalii, anno 149, et anno antecedenti repopulavit Eventian, quae nunc dicitur Sanctus Vincentius de Barcaria.» El príncipe Ástuardo la volvió á repoblar el año 339 según afirma otro antiguo historiador: «Volviendo ahora, dice, al conde ó duque Astuardo, viéndose libre de guerras y que con invasiones de corsarios estaba destruida y despoblada la ciudad de Evencia, que Zenón el II había reparado el año 148 y después se llamó San Vicente de la Barquera, este príncipe Astuardo la volvió á dar segundo ser, reparándola el año 339.» Invadida y destruida esta villa por los normandos, se fundó de nuevo, dice el P. Mariana, en el año 1200. Lo que se ignora es el motivo que tuvieron los dos primeros historiadores, para asegurar que antes había sido ciudad con el nombre de Evencia; pero tampoco sería esto extraño, puesto que hay tradición de que tuvo 5000 vecinos. Lo que no admite duda es que en el año de 1550 tenía 2500, pues así resulta de una lista vecinal de aquel año. En 1675 constaba de 274 y hoy solo cuenta 170. La decadencia que ha sufrido consiste en una gran peste en los años de 1567 y 1568, y principalmente en tres horrorosos incendios, uno en 1483, á resultas del cual «se fundó el lugar de Comillas con los habitantes de San Vicente;» otro en 1563, y otro el día 12 de Agosto de 1636, en el que, según la información hecha de orden del Rey por el Gobernador de Laredo, aparece que se quemaron más de quinientas habitaciones regulándose la pérdida de los efectos en más de trescientos mil ducados. A consecuencia del incendio del año de 1563 se construyó un paredón alto, que aún existe con el nombre de la Amparanza, con el objeto de impedir que se comunicara el fuego de una calle á otra, caso de nuevo incendio, resultando de aquella información que á no haber sido por dicho paredón habría perecido todo el pueblo. 

  Si no existieran documentos auténticos, parecería increíble que San Vicente de la Barquera, en el estado en que hoy se encuentra, hubiera sido una población tan importante como lo era poco más de tres siglos há; pero se demuestra por la Real Provisión y Cédula que en 5 de abril de 1550 despacharon el Emperador Carlos 1 y su madre Doña Juana, mandando por ella se armasen dos navíos, ó más si fuesen necesarios, para escoltar y convoyar más de sesenta navíos mayores, propios de vecinos de esta villa, que iban todos los años á las pesquerías de Irlanda, Andalucía y otros mares; cuya disposición se tomó á resultas de la representación que hizo el Procurador Síndico general de la referida villa, exponiendo que «andaban muchos corsarios y piratas robándolos, matando las tripulaciones y echándolas al mar, y que dichos piratas se presentaban enmascarados, cubiertas las caras y que nadie se atrevía á embarcar, y que vendrían en mucha disminución los bastimentos de pescados en el reino y real patrimonio, si no se proveía de defensa á dichos navíos.» Que ha sido de mucha consideración lo atestiguan las diferentes cartas que aún se conservan de varios reyes, dirigidas «Al Concejo, Justicia, Regidores, Caballeros, Escuderos, Oficiales y hombres buenos de la villa de San Vicente de la Barquera,» dando parte de cuantas ocurrencias eran dignas de comunicarse, como guerras con el extranjero, invasiones en el reino con ánimo hostil, casamientos, nacimientos y defunciones de la familia real, etc., etc. 

La posición que ocupa esta villa es de las más deliciosas. Fundada en anfiteatro mirando al Oriente y á las orillas de su famosa ría, presenta una perspectiva sorprendente y agradable. Sobre esta ría hay dos magníficos puentes, uno sobre cada brazo de los dos en que se divide y con que abraza la villa á manera de península. 

El puente titulado de la Maza, que es de mampostería, fue construido á fines del siglo XVI y tenía treinta y dos ojos, que han quedado reducido á veinte y ocho en la forma que se le hizo el año próximo pasado, al construirse la carretera de primer orden, llamada de la costa, que pasa por esta villa. El otro puente, el nuevo, es todo de piedra sillería y tiene nueve ojos: fue construido el año de 1799. En la altura mediado la población y al norte se hallan las paredes de un castillo mandado levantar el año de 884 bajo el reinado y de orden de Alfonso III, el Magno; y sobre la entrada del puerto se conservan las del titulado Santa Cruz, construido en 1578 para la defensa de aquel. Este castillo estuvo en buen estado de servicio hasta el año de 1808 en que le destruyeron los franceses, inutilizando los cinco cañones que tenía, los cuales aún subsisten allí. Entre él y la población está el célebre santuario de Nuestra Señora de la Barquera en cuya famosa ermita se celebra el día 8 de Setiembre de cada año una función de iglesia y romería muy concurrida por las gentes de todo el contorno. 

  Reconocido es por todos el mérito de la Iglesia parroquial de dicha villa, cuya altura corresponde a los 149 pies que tiene de largo y 67 de ancho. No se sabe cuando se fundó, pero sí que fue ensanchada en el primer tercio del siglo XVI, puesto que en 9 de Setiembre de 1534 el imperador Carlos V y su madre la Reina Doña Juana expidieron una Real orden para que el corregidor de las cuatro villas de la costa del mar cántabro informara sobre la representación que hicieron los vecinos pidiendo por ocho años el vino que rentaba la fábrica de la Iglesia para pagar con ella al conde de Buendía los 1500 ducados que les había prestado para dicho ensanche, por haberles faltado el dinero para concluir la obra. Tiene varias capillas, sobresaliendo entre todas la de San Antonio de Padua en la cual se halla de cuerpo entero la estatua de su fundador, hecha de piedra alabastro, que es obra maestra en su clase según todos los inteligentes. Sobre la puerta principal de la Iglesia y en el retablo del altar mayor, al lado de la epístola, están las armas particulares de la villa, que son un navío á toda vela en campo blanco y azul, símbolo de la nave que el día 3 de Mayo de 1482 y bajo el mando del general de la armada, Bonifaz, rompió el puente de Barcas que, sujetas con cadenas de hierro, cruzaban el rio Guadalquivir, y cuyo rompimiento facilitó al Santo Rey D. Fernando la toma de Sevilla que ocupaban los moros desde el año 711. Dicha nave estaba tripulada por marineros naturales de esta villa y las de Santander, Laredo y Castro-Urdiales. 

Extramuros de la villa y como á cien pasos del puente de la Maza se halla el convento titulado de San Luis, fundado el año de 1468 y que fue de religiosos franciscanos. 

Hoy está sumamente abatida la matrícula de esta villa, así como su industria y comercio, aunque hace dos años ha tomado algún incremento este último ramo. De semejante postración saldría indudablemente si se llevase á cabo el antiguo proyecto de una carretera que, partiendo de Cervera de Rio Pisuerga, viniera á parar á esta villa, y sobre cuya apertura tanto se ha discutido y trabajado, aunque inútilmente, á pesar de haberse expedido diferentes reales órdenes para su ejecución, que únicamente ha podido impedir una rivalidad poderosa. Y no hay que hacerse ilusiones; solo un camino á Castilla sacaría de su letargo á la villa que nos ocupa, y que imperiosamente reclama su buen puerto. Con esta mejora aumentaría considerablemente su vecindario; y sus productos, su industria, su comercio y su marina recibirían un impulso tal, que á la vuelta de muy pocos años se haría una población tan respetable como lo fue en la antigüedad y cual está llamada á ser por su posición topográfica. 

Juan del Corro de la Sierra.