1928 - EL PUERTO DE SAN VICENTE DE LA BARQUERA
El puerto de San Vicente de la Barquera y, concretamente, su entrada en la barra, ha sido fuente de reivindicaciones y exigencias que, los marineros, Cofradía y vecinos hicieron a lo largo y ancho de los últimos años del siglo XIX y primera mitad del pasado siglo XX. El 30 de junio de 1928, en la Revista “España Marítima”, se publicó el siguiente trabajo sobre nuestro puerto:
“EL PUERTO DE SAN VICENTE DE LA BARQUERA
NOTAS HISTÓRICAS
El puerto de San Vicente de la Barquera, capital del Distrito marítimo, Habilitado de Aduana, con comercio de exportación, importación, cabotaje y altura, está situado en el extremo más occidental de la provincia de Santander.
La estación del ferrocarril dista un kilómetro de la población, que es cabecera de Partido Judicial, y cuenta con Sindicato Agrícola, Pósito de Pescadores, Telégrafo, Teléfono automático. Banco, dos compañías de energía eléctrica, canalización de agua. Balneario y fábricas de conservas y salazón.
Es un magnífico puerto natural de refugio, de un kilómetro cuadrado de superficie completamente aprovechable y limitada por los puentes Nuevo y de la Maza, este último de treinta y dos ojos y cuatrocientos ochenta metros de longitud.
En los siglos XIII y XV era el único puerto de esta parte de la provincia habilitado para la exportación e importación y se dedicaba exclusivamente a la construcción de naves y al comercio con Levante. Su importancia marítima fue grande. En él se cargaban las ricas maderas de esta comarca, muchas de ellas eran almacenadas en nuestros arsenales y se emplearon en la construcción de unidades de nuestra antigua marina de guerra. Hasta hace menos de un siglo eran tan importantes estos cargamentos, que se estableció en él, durante muchos años, una comisión de Marina, para el recibo, clasificación, fletamento y abono.
Con sus navíos, fueron los habitantes de San Vicente de la Barquera, en el siglo XIII, a la toma de Sevilla, por lo cual figura en su escudo un navío a toda vela rompiendo una cadena, en recuerdo de la rotura del puente de barcas sujetas con cadenas que había en el Guadalquivir. En aquellos tiempos se dice llegó a tener más de 7.000 vecinos.
Su decadencia data desde que se fundó el pueblo de Comillas al otro lado del Cabo Oyambre, en el año 1483, con parte de su vecindario y unida es la disminución de población con la del tráfico, originada por efectuarse entonces la comunicación de Asturias con Castilla por Santander, dio lugar a que se resintiera la vida comercial del puerto.
Más adelante, al empezar a emplearse en las construcciones navales el hierro y el acero, flaqueó hasta llegar a ser nulo su comercio de maderas.
Al inaugurarse hace pocos años el paso del Ferrocarril del Cantábrico por sus cercanías, sufrió el puerto otro tremendo golpe, pues el ferrocarril se llevó todo el comercio de cabotaje y la Real Compañía Asturiana dejó de embarcar mineral en el cargadero que en él tenía, llevándole por tren al de La Requejada.
Sólo quedaban ya al puerto sus riquezas naturales, consistentes en magnífica pesca y bancos de ostras, y mariscos aguas arriba de los puentes, pero al concederse para dedicarlas a la agricultura (como si la comarca estuviese falta de tierras de pasto y labor) dos grandes superficies de marismas y cerrarse con muros, se perdieron los magníficos bancos, los criaderos naturales y terrenos sumergidos que servían de pasto a los peces, disminuyéndose grandemente la velocidad de las corrientes, empezaron los cegamientos de los canales, de las rías y la acumulación de arenas en la barra.
DESCRIPCIÓN DEL PUERTO
El puerto está abierto al Norte y dotado naturalmente de dos bocas con barras, separadas una dé la otra por las peñas Mayor y Menor. Entrando hacia el Oeste está el canal principal, que, pasando por el muelle y fondeadero de La Barquera, conduce al muelle de la Villa y atravesando el Puente Nuevo forma la llamada ría del Peral, que se interna aguas arriba cinco kilómetros (ahora por impedírselo el muro de la marisma sólo es navegable 600 metros). El otro canal conduce, pasando por el puente de la Maza, desde donde se llama ría de Villegas o del Barcenal, al barrio de este nombre, remontándose ocho kilómetros navegables.
Es fácil formarse idea de la gran importancia de este magnífico puerto natural, fijándose en su especial situación de hallarse colocado entre los de Gijón y Santander, que distan entre sí 83 y 30 millas respectivamente. Es el único abordable con el mal tiempo, en el citado trozo de costa, y seguro y capaz para resguardarse en él cientos de barcos de pesca. Mayor importancia que la de refugio se le ha reconocido, cuando sin influencia de ninguna clase, pues bien se comprende por la verídica historia que de él narramos, que siempre estuvo y continúa huérfano de protectores, se le declaró de interés general, por Real Orden de 4 de Agosto de 1926, por reunir los requisitos necesarios para ello y las obras que en él se efectúen, y su conservación son fáciles y quedan bien resguardadas.
Actualmente el puerto se encuentra cegado de arena y fango, la boca de la barra Oeste, a medio cerrar por un muro, la del Este cubierta de arenas, el raquítico muelle sin alumbrar, siquiera durante la noche, las embarcaciones varadas sobre la arena y su peligrosa salida para la pesca supeditadas al momento en que floten y tengan agua suficiente en el canal y en la barra. Este triste espectáculo, y más triste aún el del regreso de las embarcaciones con mal tiempo, hace veinticinco años que viene ocurriendo diariamente sin que nadie lo remedie.
Los pescadores, únicos interesados y paganos actualmente de este estado de cosas, fueron además, siempre juguete de la política que con sugestivas promesas de arreglarles la barra y el puerto, les arrancaba los votos, dejándolos luego en la estacada.
PROYECTOS Y DESILUSIONES
Se dice, que, no por gestiones de Diputados, ni por iniciativa oficial, sino por influencia de un contratista, hace unos catorce años, consiguió se hiciera el expediente y se le adjudicaran las obras para cerrar la barra del Oeste, sin preocuparse del cegamiento de la del Este. No fue esta solución del agrado de pescadores y marinos que se conformaban con una obra más práctica, sencilla y económica, que consistía en que se dragara el canal, y se diese un poco más de calado a la barra del Oeste.
Esta barra, que, como decíamos, hace catorce años que empezó a cerrarse, mide una longitud de doscientos metros y hasta la fecha sólo se han cerrado cincuenta. Las personas que entienden algo de estas cuestiones marítimas, no podrán concebir que en obra de tan poca importancia y extensión, que tiene además cimiento natural de roca, y abundante cantera al pie de la obra, en la Punta del Castillo, pueda invertirse ese lapso de tiempo, ni haciéndolo a propósito, y de continuarse así, es fácil deducir, matemáticamente, que su duración será de cuarenta y dos años más.
Pero lo grave del caso, es que esos trabajos no resuelven ya el problema, pues cada día es más necesario dragar la barra del Este, el canal principal y el puerto, y dotarlo de alumbrado y demás servicios necesarios para ponerlo a la altura de las necesidades actuales. Además, las obras son ya ineludibles; lo demandan las vidas de los pescadores y la seguridad de sus embarcaciones, que no pueden continuar así indefinidamente, no debiendo olvidarse que se viene pidiendo hace veinticinco años, y el día de mañana, cuando ocurra alguna desgracia, no cabrá alegar ignorancia.
Es frecuente y vergonzoso que en el verano, sobre todo, durante la pesquera del bonito, se vean obligados a quedarse en la mar, sin poder tomar el puerto, más de cien vapores de Guipúzcoa y Vizcaya, por no atreverse a entrar por la barra, escarmentados de las pérdidas de hélices y timones que suelen tener todos los años y el peligro que corren sus vidas.
Los pescadores del puerto, más duchos, como es natural, en entrar y salir de él, tienen también a veces que demorar su entrada hasta tener agua, pues en sitios que había antes 3 y 4 metros de profundidad sólo queda ahora un decímetro.
Hace unos quince años, el vapor «DURO» de la Compañía A. López de Haro, de la matrícula de Gijón y de mil toneladas de carga, navegaba, arrollado por un temporal, por aquella costa, y siéndole imposible abrirse de ella, se decidió a tomar el puerto de refugio de San Vicente de la Barquera (no hay otro, como hemos dicho, entre Gijón y Santander), y no sólo pasó la barra y el canal perfectamente, sino que reviró, a pesar de su eslora de 70 metros, y quedó amarrado en él, hasta que pasó el temporal, librándose de una pérdida segura, pues de no haber tenido en su derrota este verdadero puerto de refugio, aún abordable en aquella época, se hubiera estrellado en la costa aquella noche, aconchado por la mar, que no le permitía alejarse de ella. ¡Desgraciado del buque, no ya de mil toneladas, sino de ciento, que intentase tonar hoy el puerto como lo hizo el vapor «DURO»! El refugio del puerto cada día es más irrisorio, debido a su abandono.
EL POSITO PIDE EL ARREGLO DEL PUERTO.
En Noviembre último, el Pósito de Pescadores pidió una vez más el arreglo del puerto, exponiendo su actual y lamentable estado, así como la paralización de las obras de la barra y pidiendo con urgencia solamente aquellas inaplazables, por afectar a la seguridad de sus vidas; pues bien: hace seis meses que el expediente se halla, como otros tantos, durmiendo en alguna oficina, sin que nada lo resuelva.
La triste odisea de este puerto no para
aquí, sino que en lugar de atenderse a las demandas de sus necesidades,
mejorándose su situación actual se le mermen las ventajas recientemente
concedidas, pues por Real Orden de 24 de Febrero, se le rebaja de puerto de
interés general a puerto de refugio, sin duda para darle la primera categoría a
otros puertos.
No nos explicamos las razones para que las playas abiertas se declaren puertos de interés general, pero menos que se declare también a ERMIGNA, playa, rada o puerto que no he podido encontrar en ninguna Geografía, Diccionario Marítimo, Enciclopedia ni Derrotero, pero que figura como tal en la página 1.226 de la Gaceta de Madrid, número 56, del 25 de Febrero de 1928, como puede verse. Esto es probablemente un error que hay que rectificar poniendo en vez de ERMIGNA, SAN VICENTE DE LA BARQUERA, pues entre los puertos de segundo orden no creo exista otro que por sus ventajas aquí expuestas tenga mayor derecho a esa clasificación y que se dé a sus obras el impulso que necesitan y que es hora ya de que se empiecen unas y se terminen las de la barra.
De la expresada relación de puertos de interés general, publicada en la Gaceta, conviene hacer notar la profusión de ellos concedidos a algunas provincias marítimas, en relación con la extensión de costa que ocupan, así como de la importancia de alguno de ellos.
La de Asturias mide 120 millas aproximadamente y tiene cuatro puertos de dicha categoría, que son: Gijón-Musel, Aviles, San Esteban de Pravia, Luarca Y Navia, entre estos dos últimos hay 7 millas, y entre Luarca y San Esteban 15 millas.
La provincia marítima de La Coruña tiene 95 millas de extensión y cuenta con cuatro de estos puertos: La Coruña, Ferrol, Cariño y Puebla del Caramiñal.
Guipúzcoa tiene 25 millas de extensión y dos puertos: Pasajes y San Sebastián.
Palma de Mallorca, 140 millas de extensión y cuatro puertos: Palma, Andrait, Soller y Alcudia.
Santander, 70 millas de extensión y el solo puerto de Santander, y como dista de Gijón 83 millas, es toda esta extensión de costa la que queda cerrada a los buques de todas clases y abandonados, por consiguiente, a su suerte en los temporales, mientras San Vicente de la Barquera no se ponga en las condiciones debidas de poderse tomar fácilmente, dragando su barra del Este, el canal y el puerto.
El Pósito de Pescadores es también merecedor de ello, pues los socios que lo constituyen llevan luchando para conseguirlo más de treinta y cinco años, y a pesar de las dificultades y peligros que cada día son mayores, para el ejercicio de su industria, han aumentado, sin embargo, su flota, que entre vapores, traineras, de motor y barquillas de motor, para la pesca de la langosta, suma un número bastante importante, que anualmente extraen del mar pesca por valor de más de un millón de pesetas, única riqueza e industria de la Villa.
Como esta situación debe haber llegado a
conocimiento del Gobierno por medio de sus Juntas Ciudadanas, es de esperar que
el Ministro de Fomento, no tarde en disponer lo conveniente para que resplandezca
la justicia y el bienestar de los pescadores y vecinos de San Vicente de la
Barquera, que le quedarán eternamente agradecidos.
1900 - POR CARRETERA. (Apuntes de viaje desde Madrid a Santander)
En el año 1.900 se publica en Madrid el libro titulado "Por carretera", (Apuntes de viaje desde Madrid a Santander, por el autor Miguel de Asúa y Campos), obra que está disponible en la BNE en formato digital, y en sus capítulos X y XI, con que finaliza, se dedica a narrar las impresiones de su acercamiento desde Cabezón de la Sal, Treceño y visita a San Vicente de la Barquera. El relato es un poco largo pero merece la pena seguirle y descubrir la cantidad de curiosidades y detalles que el autor va desgranando en los siguientes términos:
Es su más útil
particularidad hoy la de terminar en esta, villa la línea del ferrocarril
Cantábrico, que habrá de llegar á Asturias más pronto ó más tarde, y satisfacer
con esto grandes necesidades mercantiles, poniendo en comunicación dos
provincias que tanto se asemejan, por su historia, su suelo y sus costumbres.
A las seis de la tarde
salimos para San Vicente de la Barquera. A los cinco kilómetros, como á mitad
del camino que debíamos recorrer, tropezamos con Treceño, (1) «Paredes
desmoronadas, cercas rotas, piedras esparcidas, son en Treceño, testimonios
vivos de población más grande; de que no es título usurpado el de villa, que en
los registros lleva, cuando el viajero le da ingenuamente el de aldea. Las
yedras hallaron en estos parajes
substancia provechosa y alimento; sus troncos gruesos y entretejidos dicen la
antigüedad de las ruinas, y sus pomposos tallos, esmaltados de corimbos negros,
albergue y pasto de pájaros cantores, guarnecen la esbelta ojiva de un puente,
cubren los blasones de muchos solares y envuelven el desbaratado almenaje de la torre fuerte, alzada en medio del
poblado, á la vera del camino.»
(1) Amos Escalante (Juan García), Costas y Montañas.
Cuéntase de esa torre una
leyenda en que juegan papel principal
tiernos amores, interrumpidos por el feudal Señor de esa comarca.
Es la historia de todas
las leyendas; es el argumento de muchas óperas; es la realidad de un tiempo de
nobles y siervos; es la época terrible de las más injustas y tremendas desigualdades.
Prendóse el Señor de la
citada torre (el bajo ó el barítono), de
una doncella (la primera tiple), quizás la más hermosa que en el pueblo había,
y requeríala de amores tan de continuo y con tales ofrecimientos, amenazándola,
caso de no acceder á sus deseos, con tan grandes rigores á ella y su familia,
que al ñn cayó la joven en los lazos con que la persiguiera el noble que
ofrecía regalos ó amenazas y tenía poder para cumplir sus ofertas.
Era galán de esa doncella,
un mozo del pueblo (el tenor), que medio loco de pena, herido en sus más
queridos sentimientos, vagaba sin rumbo por valles y colinas, lanzando
continuos lastimeros quejidos. Pasaba una vez el triste mozo frente al portón
que á la noble vivienda daba entrada, y como le hallara abierto, entróse por él
en ansias de ver á la mujer de sus sueños; subió la escalera de piedra, y como
en el primer aposento que encontrara, viese apoyado sobre el alféizar de la
ventana á su odiado feliz rival, que llevaba colgante á la cintura riquísimo
puñal, llegóse al Señor, cogióle por el cuello con la siniestra mano, y
empuñando en la otra el desnudo puñal que de la cintura le arrebatara,
hundiósele varias veces en el corazón.
Quedóse el noble con los
brazos hacia afuera, sujeto á la ventana y apoyados los hombros en su marco,
rígido, por haberse quedado sin sangre poco á poco, según se fué saliendo por
las profundas heridas que el enamorado galán le había producido, y, rebasando
el marco, corrióse por la pared desde la ventana, formando hoy todavía, una
desvanecida mancha que parece rojiza grieta, abierta en el vetusto y
ennegrecido muro, (1)
«Sobre
la trágica ventana cuelgan en notante pabellón las trepadoras: por el labrado
hueco entran y salen las golondrinas, huéspedes de la deshabitada torre, y del
alféizar bajan negros rieles hondamente estampados en la piedra; quizás son
restos de las lluvias, quizás huellas de la sangre vertida por el vengativo
aldeano.»
(1) Costas y Montañas
En Treceño nació Fray
Antonio de Guevara, obispo que fué, y
cronista del emperador Carlos V, gran predicador de la paz en aquellos
revueltos tiempos de las germanías y comunidades, que acabaron con la muerte de
los revoltosos comuneros, en Castilla, y los de la hermandad, en Valencia.
En 1627, el rey Felipe III
concedió á Don Luis Ladrón de Guevara, señor de Treceño, desde los tiempos más
remotos, los títulos de Conde de Escalante y Vizconde de Treceño.
Dejamos atrás este
histórico punto, y los de «La Madrid y La Revilla», y empezamos á ver desde lo
alto, cubriéndola después desigualdades y revueltas del camino, para volver á
aparecer sin ocultarse más, con toda su originalidad, con su artístico puente y
su monumental iglesia, la villa de San Vicente de la Barquera, una de las que
con Santander, Castro-Urdiales y Laredo, formaban las cuatro villas de la
Montaña, á cuya sombra todos los demás pueblos de la cántabra región se
cobijaban.
Figúrate lector que has
cruzado el puente de Maza, que has pasado sobre sus treinta y dos arcos,
recorriendo los quinientos metros que tiene de uno á otro extremo, y que estás
al otro lado de la ría. Frente por frente, verás, dominando el mar encajonado
en el puerto y con sus galerías abiertas al mediodía y levante, un convento de
franciscanos, edificado, como sus hermanos, de limosna—según Gouza, — en 1468.
Sobre él ejercían
patronato los Guevara, que aún conservan preeminencias de lugares en ciertas
fiestas, y un aposento que lleva por nombre «la celda de los Guevara».
Dejando á la izquierda el
convento, se sigue una anchurosa calzada, á orillas del mar, que conduce á una
gran plaza..., pero de repente el coche toma por una cuesta inverosímil, van á
galope los caballos — ¡¡Han conocido la cuadra!! — grita Juan, el cochero,
entusiasmado al ver esa prueba de inteligencia, que acababan de darnos los
caballos.
Y á una carrera
desenfrenada, llegamos delante de una puerta cochera, donde se detienen
jadeantes, relinchando, mientras un mozo calza las ruedas del coche, que
seguramente se precipitaría en la cuesta, si con el torno sólo se le dejara.
Hemos llegado á la casa
que en San Vicente tiene mi compañero de viaje, dándote un consejo, querido
lector, por tu mérito de haber llegado á estas alturas del librito.
Si vas alguna vez á San
Vicente de la Barquera, pregunta por la casa de Noreña y pide hospitalidad á sus
dueños, si es que para ello tienes amistad ó estás autorizado.
La casa está en lo más
alto, cerca de la iglesia y del castillo, y muy próxima á la del célebre
inquisidor D. Antonio del Corro.
La calle principal de San
Vicente de la Barquera es la calle Alta; conserva todavía ruinas del incendio
que ocurrió en 1483. Por allí debía estar también el barrio de los judíos, sin
que se noten, por lo que actualmente queda, restos de su presencia.
Siguiendo la calle Alta,
llegas á la iglesia parroquial de Nuestra Señora de los Ángeles, pero antes
debes rendir tributo al castillo, que muestra sus ennegrecidos muros
convertidos en desparramados escombros.
Enseña el castillo, entre
el muérdago y los zarzales que ocultan lo poco que de él resta, oscurísima
piedra, que el tiempo ha revestido de ese musgo suave que tan frecuente es ver
en los edificios de la Montaña.
Si puedes entrar en lo que
fué patio y orientarte entre las ortigas y los abrojos, encontrarás, esparcidos
sobre la yerba, aquí un trozo de pilastra, más allá medio arco, al otro lado un
cuartel de un escudo, trozos de capitel y de cornisas.
Hoy, sólo habitan en él
los búhos, las avutardas, las lagartijas y algún otro nocturno paseante, que
son, como siempre, señores naturales de las ruinas.
Allí, como armado
caballero que pereciera en defensa de su dama, yace á los pies de la iglesia el
poderoso castillo, orgulloso de haber conseguido, aun á expensas de su muerte,
mantener inviolable y erguido el inmediato templo de fe cristiana, cuya guarda
le estuviera, en lejanos tiempos, quizás encomendada.
Un poco más arriba está la
iglesia; es su aspecto, como dice muy bien Amador de los Ríos, más de fortaleza
que de lugar de oración. Recuerda las construcciones militares del siglo X V, y
por una de ellas pasara, si las agujas ornadas de trepado que se alzan en el
frente y ángulos de la torre y las dos espadañas que forman el campanario, y
las cuatro ventanas ojivales que avanzan al frente de la torre, no le dieran
religiosa apariencia.
Unos escalones dan acceso
á la portada, compuesta de seis arcos, notándose en sus adornos y en lo que la
pintura no ha ocultado del todo, las flores propias del estilo románico. Parece
anterior al siglo XIV, pero quizás sufriera posteriores componendas.
Entrando en la iglesia,
llaman la atención desde luego sus altas bóvedas, su obscuridad, que le da
aspecto bien sombrío, y los esbeltos pilares formados de juncos, que se abren
extendiéndose en lo alto. Las naves son hermosísimas, y muy interesantes.
Las tres capillas: la del Cristo; la bautismal,
en que hay un sepulcro de grandes adornos ojivales, y la de San Antonio.
En el arco de la izquierda
de esta capilla hay un sarcófago, y sobre él, los cuerpos yacentes de un
caballero y su dama: él, vestido de todas armas, con la cabeza apoyada sobre
almohadones y los pies sobre un perro, como símbolo de la fidelidad; la dama,
vistiendo larga capa de cuello alto, descansa su cabeza también sobre
almohadones, y á sus pies, un ángel guarda su profundo y reposado sueño, á que
quizás tuviera derecho por sus grandes virtudes.
Sobre otro sepulcro de la
misma capilla, hay un ángel que soporta un escudo de armas análogo al que
ostenta la casa que á la izquierda y á pocos pasos de la iglesia se destaca.
Pero el más notable, es el del inquisidor Corro.
Eran los Corro de tan
preciada familia en San Vicente, que sus divisas, sus riquezas y su poder no
tenían rival ni límite en la jurisdicción. El acuartelado escudo de esta
familia, lleva por divisa: Adelante, por más valer los del Corro.
Tenía su casa esta noble
familia en la calle Alta, y allí sigue, pudiéndose contemplar el elegante
aspecto del renacimiento que la caracteriza, con frontón toscano sobre
apilastrada puerta y dos escudos de armas á los lados del balcón central; y si
volviésemos á la iglesia y entráramos de nuevo en la capilla de San Antonio, de
donde ha poco salimos, encontraríamos el escudo que en la citada casa campea,
en el sarcófago, en el que, revestido de sacerdote, apoyada la cara en la mano
y sobre almohadones el codo, descansa la figura yacente del inquisidor Corro,
aparentando leer en un libro que con la diestra sostiene; y llama de tal modo
la atención la naturalidad de la
hermosísima figura, que se atribuye por todos á italianos artífices.
Amador de los Ríos cree
que el caballero y la dama antes descritos, son los padres del inquisidor,
fundando su aserto en el blasón que el sarcófago lleva y que es uno de los
cuarteles del que en el del sacerdote campea.
Es también opinión del
notable arqueólogo, que la iglesia fué comenzada en las postrimerías del siglo
XIII, y que quizás ordenara su comienzo Alfonso VIII, notándose en ella estilos
del siglo XVI y de los intermedios.
En la parte sur y calle de
la Barquera, está la ermita, que sin tener nada notable, no deja de ser
curiosa. La Virgen de la Barquera no tiene mérito para el artista; la Virgen de
la Barquera significa para el filósofo la sencilla fe de todo un pueblo.
Fíjate en esa barquía que
sale á la pesca: se va alejando y ya
casi es un punto que las olas te impiden ver; pues los robustos y curtidos
marineros que la tripulan, han saludado al pasar frente á la ermita y han
dedicado á la Virgen una oración. Todos los que andan por la mar, rezan...;
acordaos de aquel excéptico que
preguntaba á un marinero:
—¿Qué hacéis cuando el
peligro es grande?
—Pensamos en nuestras
mujeres, en nuestros hijos
—¿Y si el peligro aumenta?
—Rezamos.
—¡¡Yo no sé rezar!! dijo
el excéptico.
Miróle el pescador de
soslayo, y le dijo:
—Usted no ha pasado ningún
temporal en la mar, que cuando le pase; cuando las olas bravas monten sobre el
barco y se lleven, ahora un bote, luego un compañero; cuando deba Vd. su
salvación, una y otra vez, á la fuerza de sus puños y ésta vaya faltando, verá
Vd. cómo lo que rezara de niño acude á su memoria y lo pronuncian los labios;
porque la mar puede mucho, pero si la Virgen no quiere, pues no puede nada.
Así te ocurre, lector, que
entras en la ermita de la Barquera, como en Santander en la de la Virgen del
Mar, y verás el techo y las paredes cubiertos de ofrendas, que tú miras con
indiferencia, y que hacen estremecerse á los devotos de la imagen que allí se
venera, pues que son recuerdo terrible de horroroso naufragio ó de trabajos sin
cuento, en desigual y horrible lucha con un mar embravecido.
Por los alrededores,
seguramente encontrarás alguna mujer, madre, esposa ó pretendida de alguno que
peligra, que se salvó ó que las olas arrebataron, y que viene á orar ante la imagen que tú no miras, porque
no encuentras en ella mérito ninguno, pero que ellos llevan grabada sobre su
hermoso corazón. Probablemente en esas terribles luchas con las olas y con el
viento, cuando sin fuerzas ya, y perdida la esperanza, únense á los sordos y
terribles mugidos del mar los murmullos de una plegaria, cada marinero
reproducirá seguramente, ante sus ojos, con toda la verdad de su sencilla y
arraigada fe, la adorada imagen de la Virgen de la Barquera.
* *
Una vez visto lo que te
cuento, si no te conviene ó no puedes
quedarte á pasar unos días en San Vicente, que siempre vendrían bien á tu
salud, vuelve á tomar la misma carretera por donde viniste, si lo has hecho
siguiendo mi itinerario; dirige una mirada á Comillas, que se destaca á la
izquierda, á lo lejos, momentos antes de llegar á Cabezón de la Sal, y una vez
en esta villa, métete en uno de los trenes que con gran frecuencia se dirigen á
la ciudad de Santander y que en tres horas escasas te dejan en la capital de la
Montaña.
Mientras llegas al término
del viaje, y para que se te haga más corto el camino (que á no ir apresurado
sorprende por la brevedad con que se recorre, ¡tan pintorescos y admirables son
los paisajes que á uno y otro lado se despliegan con sus caseríos diseminados
en artístico desorden!), te diré que por el mismo sitio que los rieles se
hallan tendidos, llegóse á San Vicente, joven aún, el gran emperador Carlos I,
y te referiré, por creer que ha de interesarte, más que si con algo de mi
cosecha terminase este librejo, lo que á ese propósito cuenta el tantas veces
citado Escalante (al que, como á Pereda, no hay más remedio que seguir al
entrar en la Montaña, porque no hay cantores que sepan interesar como ellos, al
resucitar las glorias de la Tierruca, ni quien como ellos tenga habilidad
bastante para hacer hablar á tanto respetable vejestorio y venerandas ruinas,
que mudas ya á fuerza de verse arrinconadas, habían perdido el habla por
completo) «he aquí,—dice con relación al viaje del extranjero Monarca, que iba
á ser tronco de la rama española de los Austrias,—he aquí los tesoros
reservados al porvenir del mancebo que
cabalgaba por estas asperezas, entregado todavía á la rapacidad y codicia de
Xevres y sus flamencos, ignorante del valor de la tierra que su bridón pisaba,
y había de ser pródiga en darle la copiosa sangre necesaria para alimentar la
fama y el terror de sus arrojadas naves é invencible infantería.
Sublime visión de gloria
¿no es cierto? Sublime visión que al cabo de tantos años y á través de tan
profunda decadencia y postración, todavía tiene calor bastante para encendernos
el pecho, y luz para alumbrar con claridad inextinguible los sagrados
horizontes de la patria, y prestigio para dar yo no sé qué sonoridad augusta,
mágica y consoladora que enorgullece y eleva, que atropella la sangre al
corazón y el llanto á los ojos, á este nombre bendito de españoles.
FIN
Miguel de Asúa"
1921 - DIARIO DE UN CAMINANTE (AMÓS DE ESCALANTE)
Hemos conseguido en el portal de “Cervantes Virtual”, el documento que sobre San Vicente de la Barquera publicó Amós de Escalante en su libro “Costas y montañas, editado en 1921, y titulado, “Diario de un caminante”, donde, en el apartado “Entre ambas Asturias”, y Capítulo I, dedica a Comillas-San Vicente y dice así:
“Luego se sube a una sierra, donde se ofrece al peón, avaro de horas y de fatiga, el camino antiguo más caído hacia la costa. Al cabo de una hora se une a la carretera sobre los altos que dominan el ancho estero de San Vicente de la Barquera.
Partido el mar en dos brazos, ciñe un peñasco cuyo arenoso asiento ocupa la población, cuya cima corona la iglesia, y rodearon los muros de su fuerte castillo. El que entra derecho por las tierras al Mediodía, lleva sobre sus arenas treinta y dos arcos de un puente, que la tradición bautizó romano, y trae su fundación de era harto más reciente y más gloriosa para nuestra gente. Al extremo del puente, dominando la ría con sus galerías abiertas al Sur y a Levante, un convento francisco, edificado, como sus, hermanos, de limosna -dice Gonzaga-, año de 1468.
La Casa de Guevara, que poseía como sabemos los inmediatos estados de Treceño, tomó para sí el patronato de este convento; dotóle de capellanías, labró la capilla mayor e hizo el retablo y el coro, con un aposento para que se alojasen sus señores, que se llamó «la celda de los Guevaras». «Y alternativamente -dice el Memorial citado a los principios de este libro- desde entonces se entierran unos señores allí y otros en Escalante.»
Las casas de la villa, levantadas sobre solemnes pórticos, ennoblecidas con balconaje de hierro, escudos y portadas, abrigan el silencioso puerto. En las lejanías de su embocadura, al pie de los merlones de Santa Catalina, y del venerado santuario de Nuestra Señora de la Barquera, se ven agitar las bulliciosas ondas que dan voz a la soledad y acento a las ruinas; pero a la ribera llegan calladas y adormidas, cual si ya su fuerza, su ayuda, su flexibilidad y movimiento fueran inútiles para la muerta navegación y el desaparecido comercio. Algún cabotero fondea en la rada que armaba arrogantes escuadrillas balleneras, y que pretende haber sido cuna de los bajeles guiados por Bonifaz a la empresa de Sevilla.
Encarámase el viajero a buscar la iglesia, guía elocuente en los pueblos viejos, abierto libro que de ellos cuenta la edad en su arquitectura, los linajes en sus sepulcros, las costumbres en sus exvotos, la piedad en su conservación y aseo, las grandezas en su ornato, los dolores en su aparato fúnebre, en la llama perenne de sus lámparas y cirios. La de San Vicente ocupa el cabo meridional del peñasco, al que yacen agarradas las viviendas como una generación de crustáceos alimentados de marinos jugos y aire salado. El descarnado lomo de la peña tiene nombre de Calle Alta, cuyo ámbito bordan desmoronadas paredes, edificios deshabitados: avenida melancólica que guía hasta el templo, como guían los sepulcros hasta la cruz alzada en el centro de un cementerio.
Las tres naves de la iglesia, cerradas sobre ojivas anchas del siglo XIII, arrancan de una fachada, cuyo portal trae filiación del XII, y mueren en un crucero y ábside del XIV o XV. No escapó, a pesar de la jerarquía del lugar, a la necesidad y pobreza de los tiempos; su edificación fué corno la de otras muchas, lenta y sucesiva. Bien es verdad que las obras de la paz sólo en largo plazo de sosiego y abundancia llegan a cumplido término, y los tiempos de la ojiva, tormentosos y duros, daban vagar limitado al arte, interrumpiendo a menudo, con escaseces o violencias, el pacífico trabajo.
Más agitada España que otras naciones, empeñada en su secular guerra religiosa, menos propensa a ciertas vanidades y deleites, apenas tuvo espíritu, caudal, espacio y voluntad para construir otra cosa que iglesias o castillos. Príncipes ni magnates se cuidaron de sus propias moradas, ocupados en aumentar y enriquecer la casa de Dios. «Honra singular» -dice el ilustre Ozanam- de la realeza y de los nobles castellanos»
En la capilla de San Antonio llama la atención un trozo de excelente escultura, al parecer italiana; una estatua de eclesiástico reclinada sobre una urna, puesta la mejilla sobre la mano, en actitud de leer: obra naturalista, viva y acabada. La urna, enriquecida con castizas molduras, obedece al gusto del Renacimiento; en sus ángulos dos geniecillos llorosos desarrollan cartelas en que se lee, partida, esta inscripción: el que aquí está sepultado no murió / que fué partida su muerte para la vida; y en su centro una figura de ángel, gótica en su actitud, expresión y dibujo, sostiene el blasón de los Corros, sus fundadores.
Dice el epitafio de este entierro: HIC IACET LICENCIATUS ANTONIUS DEL CORRO, VIR PRECLARUS MORIBUS ET NOBILITATE, AC PERPETUÆ MEMORIÆ DIGNUS, CANONICUS HISPALENSIS AC IBIDEM CONTRA HERETICAM PRAVITATEM A CATHOLICIS REGIBUS FERDINANDO ET ELISABETH USQUE AD SUUM OBITUM APOSTOLICUS INQUISITOR ET HUIUS ALMÆ ECCLESIÆ TANQUAM NATURALIS UTIQUE BENEFICIATUS, QUI OBIIT VIGESIMA NONA DIE MENSIS JULII ANNO 1556 ÆTATIS VERO SUÆ 84.
Inmediatos yacen sobre un tosco plinto de labor románica dos bultos de diáfano alabastro, más curiosos que el del inquisidor: vestido el caballero de armadura completa y sobrevesta, la dama con tocas, capotillo corto sobre la ropa y cuello recto; trajes y plegado andan con los días y costumbres del siglo XIV.
La dignidad del inquisidor conseguida en edad temprana, muestra su valor en una corte donde tenían poca acción intrigas y favores. El de su familia en San Vicente lo prueba la presencia de sus armas en los edificios más importantes, en pie unos, caídos otros a lo largo de la Calle Alta. El más aparente y conservado, labrado de esa arenisca tostada, rica de tono y fina de grano, tan común en la montaña, es elegante tipo del renacimiento imperial. Sobre un cuerpo sin otro adorno que su frontón toscano encima de la puerta, alza otro calado por tres balcones flanqueados de columnas jónicas estriadas; un recio cornisón remata la fachada, cuyos aristones se tornean y desenvuelven en pilares cilíndricos. Desde el arquitrabe habla el fundador al transeúnte en esta inscripción abierta en tres trozos sobre los tres balcones: PAUPERIBUS UT SUBVENIAT * HANC EX VETUSTISSIMA REEDIFICAVI DOMUM * PULCHRAM SED PULCHRIOREM QUÆRAMUS; y en ella revela el primer destino de su obra, destinada a asilo de pobres.
Los restos de su muralla, comidos de musgo, embozados en yedras, amenazadores y enhiestos en una parte, derribados en otra, completan la romántica y noble fisonomía del peñón de San Vicente. Persevera el cimiento de la robusta fortaleza, señalando su planta, sus recintos, entradas y galerías; aún se ven escaleras que trepaban al almenaje, o guiaban a subterráneos, silos o calabozos: las embovedadas cuadras son viviendas de inofensivos labradores o marineros. Asunto curioso a pintores y arquitectos retratar las armoniosas líneas, el colorido fresco y suave de la ruina y la roca, estudiar la disposición estratégica de las defensas, y restablecer el perfil ceñudo, grave, reposado del castillo en la integridad de su fuerza y poderío.
Aquí de nuevo nos hallamos al imperial navegante, al frecuente bojeador de estas marinas, al huésped de Santander y de Laredo. Pero si al saltar en los muelles de la hidalga Laredo, traía Carlos de Gante su espíritu castigado por la experiencia, rendido al desengaño, propuesto al sacrificio de las pompas y deleites terrenos, las arenas de San Vicente y su breve y sosegada bahía le recibían mozo, extraño a las costumbres españolas, inexperto en nuestra habla, abierto el corazón a todas las grandezas humanas, capaz de poblar y enriquecer la región más desierta y vasta y miserable con las ilusiones y bríos de su ánimo esforzado.
Había desembarcado en un puerto de Asturias, mas «por no poder estar la armada en Villaviciosa», escribe el historiador Sandoval, «pasó a Santander, y el rey fué por tierra a San Vicente de la Barquera, donde estuvo algunos días».
Entre uno y otro desembarco había corrido la vida del glorioso príncipe.”
Amós de Escalante.
1875 - RECUERDOS DE SAN VICENTE DE LA BARQUERA
El treinta de junio de 1875 se publica en "LA ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA Y AMERICANA" la siguiente carta, escrita por Pedro de Madrazo a Leopoldo Augusto de Cueto, con la cita y referencia de "Recuerdos de San Vicente de la Barquera", que dice así:
“RECUERDOS DE SAN VICENTE DE LA BARQUERA”.
CARTA AL EXCMO. SR. D. LEOPOLDO AUGUSTO DE CUETO.
Madrid, 26 de Junio de 1875.
Íbamos de Comillas á San Vicente metidos en un break once individuos de ambos sexos, un poco apretados al principio... y también al fin, porque siendo de buenas condiciones carruaje y camino, nos faltó el cernedero que, en algunos coches y en algunas malas carreteras que yo me sé, produce en los que viajan el efecto de irlos incrustando en sus respectivos asientos, como se encajan en un bote, á fuerza de golpecitos, objetos que fuera de él ocupan tres veces su volumen. Pero el dulce coloquio con nuestras hermosas compañeras de expedición, A.., D.., I.., M.., L.., M.., y S.., y con los dos joviales amigos Vizconde de M.. y D.A. de B.., nos hizo muy breve el trayecto.
En vano he intentado, en agradecimiento á
aquel buen rato, hacer con las siete iniciales de los bonitos nombres de
aquellas damas (suprimiendo títulos jerárquicos) un expresivo anagrama para
proporcionar á V. una inocente sorpresa: desafío á la linda y perspicaz L.., y
á la reflexiva D.., Condesa de V.., á que me formen con esas siete letras, en
que no hay más que dos vocales, un nombre que no suene á gringo.
Usted, de todos modos, cumplió su propósito con la afable tenacidad que distingue á los verdaderos hombres de Estado. Cómo se las compuso V., no lo tengo presente, pero ello es que se volvió V. á Comillas con dos formales dibujos de San Vicente de la Barquera, ejecutados sin duda con el lápiz que yo dejé ocioso en el poyo de piedra del pórtico de la ermita, cuando me puse á saborear, en unión con sus graciosas convidadas, el foie-gras, los sandwichs y el exquisito Burdeos que nos brindó allí el cuerno de Amaltea, disfrazado de cesto. Para colmo de galantería, sobre darme de merendar, me hizo V. dueño de sus dibujos, y yo, agradecido, le ofrecí buscar los correspondientes datos históricos con que ilustrarlos.
Pero dejemos este tema: el corazón, querido
amigo, me llama al interior de la ermita. Acompáñeme V. en la renovación del
voto que dirigí á la milagrosa imagen de Nuestra Señora allí venerada: voto que
ya ha resonado aquí, en Madrid, por generoso oficio de fraterna asociación, en
un recogido y muy devoto templo, cantado por un coro semejable al de los
ángeles. Usted que me manifestó el deseo de verlo impreso, léalo con
indulgencia, y hágame la caridad de asociarse al sentimiento que lo ha dictado.
Virgen bendita,
Romeros tus devotos
Van á tu ermita: Todos lisiados
De sus enfermedades
Ó sus pecados.
El que curado vuelve,
Con fe sincera
Te da en ofrenda ex-votos
De blanca cera,
Y, para ejemplo,
Muleta, pierna ó brazo,
Cuelga en tu templo.
Virgen de la Barquera,
Si tú me amparas,
Un corazón de oro
Pondré en tus aras:
¡Tal es mi herida,
Que la sangre que mana
Funde mi vida!
Virgen inmaculada
De la Barquera,
No es dolencia del cuerpo
Mi cuita fiera:
No, Madre mía,
Ni es de pasión liviana
Mi herida impía.
Dos hijas que te invocan,
Dos inocentes,
De lejos á estas playas
Traigo dolientes:
Oye de un padre
La oración fervorosa,
Sánalas, Madre!
Milagrosa es en verdad aquella santa imagen, y ¡quiera Dios que estas dos inocentes se vean en el caso de proclamarlo por propia experiencia! Los escépticos se sonreirán más lo que voy ahora á referir es de ayer, y todos los pobladores de aquella marina lo cuentan.
Usted habrá reparado en el interior del devoto santuario un pequeño barco pendiente de la bóveda á modo de lámpara ó araña: es el ex-voto de aquellos pescadores de Llanes, que atestigua su milagrosa salvación, y su sincero agradecimiento al favor recibido del cielo por intercesión de María.
Quizá este año repetirá V. su visita al santuario de la Barquera; si así sucede, no será el mismo coro de hadas del año pasado el que acompañe á V., pero reemplazará á aquel, otro coro de musas ó de piérides que le suministrarán nuevas inspiraciones.
De V. siempre afectuoso amigo,
PEDRO DE MADRAZO.
1886 - CORRESPONDENCIA SOBRE SAN VICENTE DE LA BARQUERA
El día 14 de junio de 1886 se publicó en "El Correo de Cantabria", la siguiente carta dirigida por Federico del Corro Fernández que haciendo una exposición de algunas obras de rellenos y mejoras nos dice lo siguiente:
"CORRESPONDENCIA PARTICULAR
Santander
Háblote de las obras que están llevando á cabo en el ornato y mejoramiento de este pueblo por las cuales lo mismo que nosotros suspiraban y clamaban con razón poniendo el grito en el cielo los bañistas que en los meses del estío vienen á esta costa á respirar los aires del mar: tales, que el que siquiera haya faltado de aquí, nada más que ocho meses lo desconocerá por completo.
Han saneado y rellenado unos terrenos ó marismas que había entre la rampa llamada Escollera y el pueblo, que, aparte del feísimo aspecto que presentaba, en la bajada de las mareas era imposible de todo punto el tránsito por sus lados á consecuencia de los miasmas que despedía, por manera que ahora queda convertido aquel pantano en una hermosa esplanada; se están arreglando las calles públicas, y por fin, se está concluyendo un magnifico paseo que se abrió desde el puente llamado de San Vicente hasta la ermita de la Barquera, porque la orilla del mar sin duda alguna será la delicia de unos y otros, pues además de tener la condición de agradable por sus variadas vistas, tiene la de ser un trayecto corto y suave para los que prefieren ir paseando al baño
Tienen en proyecto algunas más, pero como no se ha dado principio á realizarlas por falta de tiempo, excuso manifestártelas; solo sí te diré, que el señor Alcalde que hoy tenemos en nuestro Ayuntamiento, su digno Secretario, y el teniente Alcalde, no cejan un momento viendo los medios de mejorar las condiciones de esta pintoresca Villa.
Asi que, si en la marcha que han emprendido, siguen, como todos esperamos y confiamos por la actividad que despliegan, pronto veremos que este pueblo cuya bellísima posición topográfica tu ya conoces, alcanzará una importancia como la que tenía antes del año 1500, suponiendo, como supongo que los que sigan relevando al actual Ayuntamiento, continúen la senda trazada por estos, en voluntad y constancia.
Como EL CORREO DE CANTABRIA defiende los intereses de la localidad y de la provincia, y aplaude todo cuanto en beneficio de ella se haga, te remito estos enmarañados renglones por si son dignos de que en él tengan cabida, anticipándote las gracias tu afcmo. amigo.
FEDERICO DEL CORRO FERNANDEZ"
1865 - HISTORIA RESUMIDA DE SAN VICENTE DE LA BARQUERA
En 1865 se publica en “LAS DOS ASTURIAS”, (Almanaque de 1866 para utilidad y recreo de las provincias de Oviedo y Santander), el siguiente artículo firmado por Juan del Corro de la Sierra, escribano que fue de la villa, y que es una pequeña historia, resumida, de San Vicente de la Barquera:
“SAN VICENTE DE LA BARQUERA.
Esta villa es una de las cuatro de la costa del mar cántabro y su fundación data de la más remota antigüedad, pues en el año 148 la repobló Zenón II, como asegura un antiguo historiador: «Cantabri contra Vaceos pugnant, et necatus estiu eo praelio Zenon, Dux eorum, filius Karalii, anno 149, et anno antecedenti repopulavit Eventian, quae nunc dicitur Sanctus Vincentius de Barcaria.» El príncipe Ástuardo la volvió á repoblar el año 339 según afirma otro antiguo historiador: «Volviendo ahora, dice, al conde ó duque Astuardo, viéndose libre de guerras y que con invasiones de corsarios estaba destruida y despoblada la ciudad de Evencia, que Zenón el II había reparado el año 148 y después se llamó San Vicente de la Barquera, este príncipe Astuardo la volvió á dar segundo ser, reparándola el año 339.» Invadida y destruida esta villa por los normandos, se fundó de nuevo, dice el P. Mariana, en el año 1200. Lo que se ignora es el motivo que tuvieron los dos primeros historiadores, para asegurar que antes había sido ciudad con el nombre de Evencia; pero tampoco sería esto extraño, puesto que hay tradición de que tuvo 5000 vecinos. Lo que no admite duda es que en el año de 1550 tenía 2500, pues así resulta de una lista vecinal de aquel año. En 1675 constaba de 274 y hoy solo cuenta 170. La decadencia que ha sufrido consiste en una gran peste en los años de 1567 y 1568, y principalmente en tres horrorosos incendios, uno en 1483, á resultas del cual «se fundó el lugar de Comillas con los habitantes de San Vicente;» otro en 1563, y otro el día 12 de Agosto de 1636, en el que, según la información hecha de orden del Rey por el Gobernador de Laredo, aparece que se quemaron más de quinientas habitaciones regulándose la pérdida de los efectos en más de trescientos mil ducados. A consecuencia del incendio del año de 1563 se construyó un paredón alto, que aún existe con el nombre de la Amparanza, con el objeto de impedir que se comunicara el fuego de una calle á otra, caso de nuevo incendio, resultando de aquella información que á no haber sido por dicho paredón habría perecido todo el pueblo.
La posición que ocupa esta villa es de las más deliciosas. Fundada en anfiteatro mirando al Oriente y á las orillas de su famosa ría, presenta una perspectiva sorprendente y agradable. Sobre esta ría hay dos magníficos puentes, uno sobre cada brazo de los dos en que se divide y con que abraza la villa á manera de península.
El puente titulado de la Maza, que es de mampostería, fue construido á fines del siglo XVI y tenía treinta y dos ojos, que han quedado reducido á veinte y ocho en la forma que se le hizo el año próximo pasado, al construirse la carretera de primer orden, llamada de la costa, que pasa por esta villa. El otro puente, el nuevo, es todo de piedra sillería y tiene nueve ojos: fue construido el año de 1799. En la altura mediado la población y al norte se hallan las paredes de un castillo mandado levantar el año de 884 bajo el reinado y de orden de Alfonso III, el Magno; y sobre la entrada del puerto se conservan las del titulado Santa Cruz, construido en 1578 para la defensa de aquel. Este castillo estuvo en buen estado de servicio hasta el año de 1808 en que le destruyeron los franceses, inutilizando los cinco cañones que tenía, los cuales aún subsisten allí. Entre él y la población está el célebre santuario de Nuestra Señora de la Barquera en cuya famosa ermita se celebra el día 8 de Setiembre de cada año una función de iglesia y romería muy concurrida por las gentes de todo el contorno.
Extramuros de la villa y como á cien pasos del puente de la Maza se halla el convento titulado de San Luis, fundado el año de 1468 y que fue de religiosos franciscanos.
Hoy está sumamente abatida la matrícula de esta villa, así como su industria y comercio, aunque hace dos años ha tomado algún incremento este último ramo. De semejante postración saldría indudablemente si se llevase á cabo el antiguo proyecto de una carretera que, partiendo de Cervera de Rio Pisuerga, viniera á parar á esta villa, y sobre cuya apertura tanto se ha discutido y trabajado, aunque inútilmente, á pesar de haberse expedido diferentes reales órdenes para su ejecución, que únicamente ha podido impedir una rivalidad poderosa. Y no hay que hacerse ilusiones; solo un camino á Castilla sacaría de su letargo á la villa que nos ocupa, y que imperiosamente reclama su buen puerto. Con esta mejora aumentaría considerablemente su vecindario; y sus productos, su industria, su comercio y su marina recibirían un impulso tal, que á la vuelta de muy pocos años se haría una población tan respetable como lo fue en la antigüedad y cual está llamada á ser por su posición topográfica.
Juan del Corro de la Sierra.
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