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1893 - ACCIDENTE EN DRAGA DE MALIAÑO

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 El 27 de Febrero de 1.893 se publica en "La Atalaya", de Santander, la siguiente noticia de un accidente en la draga de Maliaño ocurrido a una mujer, natural de San Vicente de la Barquera.




"NOTICIAS.

A la una de la tarde de ayer, una mujer, llamada Angela Taylor, de 33 años, natural de San Vicente de la Barquera, fue á llevar la comida á su marido, que se hallaba trabajando, en la descarga de la dársena de Maliaño, llamado Angel Manterola. 

Después de haber comido ambos esposos, al saltar en tierra la mujer, tuvo la desgracia de ser cogida, por los vestidos, por el eje de transmisión de la máquina de la draga, siendo arrastrada. A las voces de la Angela acudió su marido, que consiguió sacarla de la máquina cuando se hallaba próxima á ser despedazada. La pobre mujer sufrió la fractura de la pierna derecha y varias contusiones en la misma y en la izquierda, en la que también se cree que haya fractura. 

Fue conducida en un carro al Hospital de San Rafael, en donde al llegar fue asistida por los facultativos señores Barbáchano y Menénclez. 

Allí quedó la mujer en un estado bastante grave. 

La Angela tiene cinco hijos, uno de ellos de cuatro meses." 


1899 - RECUERDOS DE LA TIERRUCA, de J. Gutiérrez de Gandarilla

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El 14 de septiembre de 1899 se publica en "La Atalaya" el siguiente reportaje, de J. Gutiérrez de Gandarilla, con el título de "Recuerdos de la tierruca". En él hace un repaso, desde la distancia, de las costumbres populares, en las romerías, y otros detalles que venían a su recuerdo, ya que en aquel entonces, el autor, vivía en La Habana. 

Por parecerme interesante y curioso acompaño dicha publicación: 

"RECUERDOS DE LA TIERRUCA 

En esta época da las grandes fiestas populares en la querida Montaña, á 1.600 leguas lejos de ella, y combatido por todos los azares de la suerte, ¿cómo no recordar los tiempos felices en que plácida se deslizó mi niñez correteando por aquellos amenos valles y agrestes campiñas oreadas por las salutíferas brisas del mar Cantábrico? 

Las alegres romerías; la extensa verdebraña donde bajo !a sombra de copudos robledales y añosos castaños se celebra la feria; las garridas montañesas que en grupos se dirigen al baile campestre; las encascabeladas panderetas que hábilmente repican con el acompañamiento de los intencionados cantares al ídolo de su amor; la blanca casita que, medio oculta entre los árboles frutales, guarda el tesoro para mi más preciado, mis ancianos padres; el susurro del aire y el serpentear del cristalino arroyuelo por entre bosques y cascadas, todo todo despierta en mí el grato recuerdo de aquel pedazo de tierra española, cuna de mis ensueños y albergue de mis pasadas ilusiones. 

¡Las Romerías! Parece que aún tengo grabadas en la retina, y constantemente las estoy viendo, todas y cada una de las figuras que se mueven, bullen y agitan alrededor de la vetusta capilla, en el extenso campo que la circunda, donde se celebra la fiesta. 

Aquí, el corro de bolos, en el cual se disputan el premio de vencedores los mozos más afamados del pueblo, contra los forasteros que han venido á la romería. 

Su entusiasmo no tiene límites cuando uno de ellos ha sacado el emboque, ó birlado siete bolos con una siega. 

Allá, el baile popular de la Montaña, donde las mozas lucen su garbo y hermosura, en medio de sus coloquios de amor con el afortunado que ha de ser su esposo. Con sus trajes de abigarrados colores y sus pañuelos blancos de seda al cuello, parecen bandada de palomas arrullándose en la hora crepuscular. 

Más arriba un grupo de viejos tomando el cuartillo ó la media azumbre de vino tinto, recordando los tiempos de su juventud, ó comentando el último sermón del cura de la parroquia. 

Abajo, la merienda que los señoritos de la vecina villa han mandado preparar en su casa, para, en unión de los amigos, comérsela entro mil chanzonetas, tumbados sobre el tupido matiz del aromático campo montañés. 

En otro lado, las indispensables fruteras, con sus canastas de rojas cerezas, sabrosísimas peras y rosadas ciruelas. 

Acá, las rosquilleras con sus puestos de dulces, y mesas para refrescos de limonada y gaseosa. 

Allá, el indiano ó el sevillano convidando á la juventud de su pueblo, y por todas partes los muchachos, corriendo, jugando, y luchando unos con otros, en medio de una indescriptible algarabía. 

¡Oh, gratos recuerdos de mi niñez pasada! ¡Qué tristes pasan los días lejos de los lares patrios! 

El alma se me inunda de gozo al pensar en la inolvidable Montaña, pero las lágrimas acuden á mis ojos y corre insensible la pluma sobre el terso papel al ver que aún está muy lejano el día en que vuelva á tí, tierruca idolatrada. 

Reciba en tanto este pequeño recuerdo, que á través de la distancia, y sobre las rizadas olas del terrible Océano que sumisas besan tus acantiladas costas, te envía desde lejanas tierras quien constantemente está pensando en tí, 

J. GUTIÉRREZ DE GANDARILLA.

Habana, agosto de 1899."

Por parecerme interesante y curioso acompaño dicha publicación: 

"RECUERDOS DE LA TIERRUCA 

En esta época da las grandes fiestas populares en la querida Montaña, á 1.600 leguas lejos de ella, y combatido por todos los azares de la suerte, ¿cómo no recordar los tiempos felices en que plácida se deslizó mi niñez correteando por aquellos amenos valles y agrestes campiñas oreadas por las salutíferas brisas del mar Cantábrico? 

Las alegres romerías; la extensa verdebraña donde bajo !a sombra de copudos robledales y añosos castaños se celebra la feria; las garridas montañesas que en grupos se dirigen al baile campestre; las encascabeladas panderetas que hábilmente repican con el acompañamiento de los intencionados cantares al ídolo de su amor; la blanca casita que, medio oculta entre los árboles frutales, guarda el tesoro para mi más preciado, mis ancianos padres; el susurro del aire y el serpentear del cristalino arroyuelo por entre bosques y cascadas, todo todo despierta en mí el grato recuerdo de aquel pedazo de tierra española, cuna de mis ensueños y albergue de mis pasadas ilusiones. 

¡Las Romerías! Parece que aún tengo grabadas en la retina, y constantemente las estoy viendo, todas y cada una de las figuras que se mueven, bullen y agitan alrededor de la vetusta capilla, en el extenso campo que la circunda, donde se celebra la fiesta. 

Aquí, el corro de bolos, en el cual se disputan el premio de vencedores los mozos más afamados del pueblo, contra los forasteros que han venido á la romería. 

Su entusiasmo no tiene límites cuando uno de ellos ha sacado el emboque, ó birlado siete bolos con una siega. 

Allá, el baile popular de la Montaña, donde las mozas lucen su garbo y hermosura, en medio de sus coloquios de amor con el afortunado que ha de ser su esposo. Con sus trajes de abigarrados colores y sus pañuelos blancos de seda al cuello, parecen bandada de palomas arrullándose en la hora crepuscular. 

Más arriba un grupo de viejos tomando el cuartillo ó la media azumbre de vino tinto, recordando los tiempos de su juventud, ó comentando el último sermón del cura de la parroquia. 

Abajo, la merienda que los señoritos de la vecina villa han mandado preparar en su casa, para, en unión de los amigos, comérsela entro mil chanzonetas, tumbados sobre el tupido matiz del aromático campo montañés. 

En otro lado, las indispensables fruteras, con sus canastas de rojas cerezas, sabrosísimas peras y rosadas ciruelas. 

Acá, las rosquilleras con sus puestos de dulces, y mesas para refrescos de limonada y gaseosa. 

Allá, el indiano ó el sevillano convidando á la juventud de su pueblo, y por todas partes los muchachos, corriendo, jugando, y luchando unos con otros, en medio de una indescriptible algarabía. 

¡Oh, gratos recuerdos de mi niñez pasada! ¡Qué tristes pasan los días lejos de los lares patrios! 

El alma se me inunda de gozo al pensar en la inolvidable Montaña, pero las lágrimas acuden á mis ojos y corre insensible la pluma sobre el terso papel al ver que aún está muy lejano el día en que vuelva á tí, tierruca idolatrada. 

Reciba en tanto este pequeño recuerdo, que á través de la distancia, y sobre las rizadas olas del terrible Océano que sumisas besan tus acantiladas costas, te envía desde lejanas tierras quien constantemente está pensando en tí, 

J. GUTIÉRREZ DE GANDARILLA.

Habana, agosto de 1899."

Por parecerme interesante y curioso acompaño dicha publicación: 

"RECUERDOS DE LA TIERRUCA 

En esta época da las grandes fiestas populares en la querida Montaña, á 1.600 leguas lejos de ella, y combatido por todos los azares de la suerte, ¿cómo no recordar los tiempos felices en que plácida se deslizó mi niñez correteando por aquellos amenos valles y agrestes campiñas oreadas por las salutíferas brisas del mar Cantábrico? 

Las alegres romerías; la extensa verdebraña donde bajo !a sombra de copudos robledales y añosos castaños se celebra la feria; las garridas montañesas que en grupos se dirigen al baile campestre; las encascabeladas panderetas que hábilmente repican con el acompañamiento de los intencionados cantares al ídolo de su amor; la blanca casita que, medio oculta entre los árboles frutales, guarda el tesoro para mi más preciado, mis ancianos padres; el susurro del aire y el serpentear del cristalino arroyuelo por entre bosques y cascadas, todo todo despierta en mí el grato recuerdo de aquel pedazo de tierra española, cuna de mis ensueños y albergue de mis pasadas ilusiones. 

¡Las Romerías! Parece que aún tengo grabadas en la retina, y constantemente las estoy viendo, todas y cada una de las figuras que se mueven, bullen y agitan alrededor de la vetusta capilla, en el extenso campo que la circunda, donde se celebra la fiesta. 

Aquí, el corro de bolos, en el cual se disputan el premio de vencedores los mozos más afamados del pueblo, contra los forasteros que han venido á la romería. 

Su entusiasmo no tiene límites cuando uno de ellos ha sacado el emboque, ó birlado siete bolos con una siega. 

Allá, el baile popular de la Montaña, donde las mozas lucen su garbo y hermosura, en medio de sus coloquios de amor con el afortunado que ha de ser su esposo. Con sus trajes de abigarrados colores y sus pañuelos blancos de seda al cuello, parecen bandada de palomas arrullándose en la hora crepuscular. 

Más arriba un grupo de viejos tomando el cuartillo ó la media azumbre de vino tinto, recordando los tiempos de su juventud, ó comentando el último sermón del cura de la parroquia. 

Abajo, la merienda que los señoritos de la vecina villa han mandado preparar en su casa, para, en unión de los amigos, comérsela entro mil chanzonetas, tumbados sobre el tupido matiz del aromático campo montañés. 

En otro lado, las indispensables fruteras, con sus canastas de rojas cerezas, sabrosísimas peras y rosadas ciruelas. 

Acá, las rosquilleras con sus puestos de dulces, y mesas para refrescos de limonada y gaseosa. 

Allá, el indiano ó el sevillano convidando á la juventud de su pueblo, y por todas partes los muchachos, corriendo, jugando, y luchando unos con otros, en medio de una indescriptible algarabía. 

¡Oh, gratos recuerdos de mi niñez pasada! ¡Qué tristes pasan los días lejos de los lares patrios! 

El alma se me inunda de gozo al pensar en la inolvidable Montaña, pero las lágrimas acuden á mis ojos y corre insensible la pluma sobre el terso papel al ver que aún está muy lejano el día en que vuelva á tí, tierruca idolatrada. 

Reciba en tanto este pequeño recuerdo, que á través de la distancia, y sobre las rizadas olas del terrible Océano que sumisas besan tus acantiladas costas, te envía desde lejanas tierras quien constantemente está pensando en tí, 

J. GUTIÉRREZ DE GANDARILLA.

Habana, agosto de 1899."

1893 - ROGATIVAS

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El veintisiete de Junio de 1893 se publicó en “La Atalaya” el siguiente artículo sobre unas “rogativas” efectuadas por el pueblo de Gandarilla y firmado por J. Gutiérrez de Gandarilla y que dice así:

 

"DESDE GANDARILLA 

Señor director de LA ATALAYA: 

Muy señor mío: Según decía á usted en mi última, ayer 23 fue el día señalado para trasladar ó volver la preciosa imagen de Nuestra Señora del Andrinal al pueblo de Labarces, de donde es patrona, y que estaba en éste de Gandarilla con motivo de la rogativa: la hora las cuatro de la tarde, y desde mucho antes se dejaba ver en todos los semblantes esa alegría propia aquí en esta clase de funciones. Reunidos los dos pueblos en nuestra santa iglesia parroquial, los dos muy dignos sacerdotes don Manuel García y don Isidro Gómez, acompañados por el coro de este pueblo, entonaron el "Te Deum" en acción de gracias por la súplica obtenida; una vez concluido se organizó la procesión, cantando el Santísimo Rosario. 

Ya en el sitio de costumbre para encontrarse y despedirse las dos milagrosas imágenes, seis hermosas jóvenes de Gandarilla, en representación del pueblo, cantaron magistralmente preciosos versos alusivos al acto, y otras seis no menos bellas del pueblo de Labarces les contestaron en igual forma dándoles las gracias, tanto por el buen recibimiento que se les había hecho el día 13, como por la cariñosa despedida que entonces se les hacía. Seguidamente, el muy querido é ilustrado señor cura de Labarces, don Manuel García, haciendo púlpito de una pequeña piedra que en aquel sitio sobresale un poco más que las otras, pronunció un notable discurso-plática, lleno de unción evangélica y versando el asunto sobre lo que significa la inmemorial costumbre de estos des pueblos al hacer la rogativa, y la acendrada fe y devoción que se les tiene á nuestras santas patronas, terminando con fuertes vivas á la Virgen de las Nieves, la del Andrina!, la religión católica, y últimamente Gandarilla y Labarces, que fueron todos por el numeroso público calurosamente contestados, llegando entonces el entusiasmo hasta un grado indescriptible. 

Excuso decir á usted que tanto allí como durante toda la carrera no cesaron un momento de atronar el espacio con sus estampidos los cohetes, voladores y medias bombas que seis ú ocho jóvenes lanzaban por los aires como si allá en célicas regiones fueran á saludar á la que es reina de los ángeles y corredentora del género humano: y para probarle á usted una vez más la verdadera fe y devoción que todavía por la misericordia de Dios se conserva en estos pueblos, bástele saber que, al separarse las dos milagrosas imágenes, casi todas las mujeres y muchos hombres de Labarces besaban y le ponían favores á nuestra santa patrona la virgen de las Nieves, que con seguridad no se harán esperar mucho tiempo, pues como dijo allí el citado don Manuel García, nunca tan buenas Madres abandonan á aquellos- de sus hijos que tan bien las quieren. 

No solamente en los pueblos de Labarces y Gandarilla, sino en todos los comarcanos, serán los días 13 y 23 del corriente dos fechas memorables que todos tendremos siempre grabadas en nuestros corazones, tanto por el favor obtenido, cuanto por la pompa y solemnidad como se ha hecho esta rogativa. 

Sin otro particular, quedo suyo afectísimo

s. s. q. b. s. m., 

J. GUTIÉRREZ DE GANDARILLA. 

Julio 24 de 1893."

1900 - NAUFRAGIO Y TRAGEDIA EN "EL SABLE DE MERÓN"

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 Un naufragio es una tragedia del mar y los marineros, y seguro de que todos recordamos algún relato, sobre el particular, desgranado por nuestros mayores, en las largas tardes y noches de invierno, al calor de la lumbre. 

Hoy os dejo un artículo, del diecinueve de febrero de 1900, en el que F. de Q. corresponsal de "La Atalaya" en San Vicente, hace un relato pormenorizado de lo sucedido, dos días antes, con cinco embarcaciones, en la entrada del puerto y playa del "Sable de Merón":

"En San Vicente de la Barquera 

Nuestro querido amigo y distinguido corresponsal en San Vicente de la Barquera don F. de Q. nos remite, según prometía ayer en el telegrama que ya conocen nuestros lectores, el interesante y triste relato siguiente, que da idea exacta de la magnitud de la desgracia que nuevamente viene a cubrir de luto muchos hogares y muchas almas aún no repuesta de la tremenda emoción sufrida por la tragedia hace poco desarrollada en aquella costa: 

«A las cuatro de la madrugada de anteayer salieron de este puerto, para dedicarse a la pesca del besugo, dos lanchas patroneadas por Domingo Cortavitarte y Cándido Isusquiza y dos barquías patroneadas por José María Santiáñez y Dionisio González. 

Las cuatro embarcaciones, con otra lancha más que encontraron en su derrota, se dirigieron a la playa de La Marona, distante unas veinte millas del puerto, y ya venían en demanda de él, después de haber hacho buen acopio de besugo, cuando fueron sorprendidas por lo que aquí llama la gente de mar una punta en tierra y en ese puerto virazón y galerna, según los casos. 

La mañana fué espléndida hasta eso de las diez, hora en que empezó a soplar el viento Sur con bastante violencia, y pocos momentos antes de las doce ya el cariz había cambiado por completo. Estaba imponente. Densos girones de negras nubes cruzaban el espacio impelidos por el Noroeste que soplaba con toda la furia del huracán, y el agua y el granizo y la niebla, que a ratos cerraba el horizonte, hacían más fatídico el cuadro. 

¡Qué día más triste para el vecindario de esta villa! ¡Cuánta desolación y cuánto luto! 

De las cinco embarcaciones que luchaban denodadamente contra el empuje de los elementos frente a la boca del puerto, ninguna pudo tomarle y todas fueron a dar al Sable Merón, que así se llama la playa que hay a la entrada, como las Quebrantas en esa. La primera que embarrancó fué la patroneada por Cándido Isusquiza, que salvó toda la tripulación, y la segunda la de Comillas, cuyos tripulantes se salvaron todos también. Poro mientras esto ocurría en la orilla, un poco más allá, entre oleadas inmensas y rugientes espumas desaparecían las dos que patroneaban José María Santiáñez y Dionisio González. A los pocos momentos varó la mandada por Domingo Cortavitarte, que corrió la misma suerte de las dos primeras, consiguiendo salvarse todos. 

De la embarcación da José María, tripulada por 14 hombres, no consiguieron salvarse más que dos: el mismo patrón y el pinche, a quien conocemos aquí por Paco el de Virginia Los doce restantes perecieron, y hé aquí sus nombres: 

Arturo Sánchez, José Marcos, Manuel Fernández, Francisco San Nicolás, Julio Santiáñez, Ramón Bustamante, Marcelino Bustamante (hermano del anterior), José Fernández, Adrián González, Guillermo Gutiérrez, José San Juan, Enrique Bustamante. 

De los doce, ocho casados y con hijos. 

En la embarcación mandada por Dionisio González perecieron dos: José Noriega y Tomás Varela, ambos casados y con hijos. 

¡Descansen en la paz del Señor las almas de esos catorce infelices náufragos, de esos héroes del mar! 

En cuanto se dio cuenta el vecindario del riesgo que corrían las lanchas, fueron muchos al lugar del suceso, especialmente de las familias de los náufragos, desarrollándose con tal motivo escenas tristísimas, imposibles de describir. Desde los primeros momentos estuvieron también en la misma orilla, ayudando al salvamento, calados hasta los huesos, luchando sin tregua y ejercitando actos de verdadero arrojo, unos cuantos hombres valerosos y nobles, unos cuantos amigos míos, cuyos nombres no cito por natural temor de ofender su modestia. 

Se distinguieron también notabilísimamente el sargento de la guardia civil del puesto y tres guardias que con él fueron, así como unos pocos vecinos del barrio cercano a la playa, que estuvieron valientes hasta la temeridad. 

Ya diré sus nombres, que bien merecen ser conocidos, y que Dios los premie á todos por tanta buena obra como hicieron en aquellos terribles momentos. 

Las autoridades, excepción hecha del señor Alcalde, brillaron por su ausencia, aunque a última hora me dicen que a última hora fueron. Esto, como es natural, daba lugar a comentarios poco favorables para los interesados. 

Y con esto, ya que me niega fuerzas para más un decaimiento de ánimo terrible, producido por los sucesos referidos, hago punto á esta luctuosa crónica, á reserva de hablar otro día algo más, si Dios me da salud, de cosas que importan á esta villa. 

F. DE Q. 

San Vicente de la Barquera, febrero 18 de 1900".

1901 - FIESTA DE "LA BARQUERA " (Relato de la fiesta, religiosa y profana, por J. Gutiérrez de Gandarilla)

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El 12 de septiembre de 1901, se publicó en "La Atalaya", el siguiente relato de D. Juan Gutiérrez de Gandarilla, que vino, como invitado, a participar de la fiesta de La Barquera y nos relata sus vivencias de una forma muy peculiar e interesante. (Recordemos que era el año 1901... ¡Hace ya 121 años!, y desde entonces la vida y las costumbres han dado un cambio muy importante)

 

"De San Vicente de la Barquera 

Señor Director de LA ATALAYA. 

Muy señor mío y amigo: Aun suponiendo que haya Vd. visitado alguna vez el hermoso santuario dé la Virgen de la Barquera, situado en lo más pintoresco de esta villa, no puedo resistir á la tentación de esbozarlo someramente y dedicarle cuatro plumadas á fin de que, aquellos que no lo conozcan, se formen una pequeña idea de lo que es aquel incomparable lugar, antes de entrar en detalles referentes á la romería celebrada allí el día 8 del actual.


  Construida la capilla en el centro de un pequeño bosque de añosas encinas, é inmediata á la entrada del puerto, viene á ser la Barquera, respecto á San Vicente, lo mismo que el Sardinero con relación á Santander, puesto que, hoy cuenta ya con algunos "hotelitos" y casas de baños, alrededor de ella, que hacen más parecido el símil de que me valgo. Dos vías de comunicación hay desde la villa al histórico santuario; una terrestre, por el hermoso paseo construido hace muy pocos años á todo lo largo de la extensa bahía, y otra marítima, ó sea desde el muelle del «Puente nuevo» al muelle de la Barquera, y á la hora en que nosotros llegamos de la aldea (diez de la mañana) las dos se veían materialmente llenas de gente, que se dirigían al milagroso santuario, atraídas, tanto por la fé y devoción que en toda esta comarca se tiene á la Virgen de la Barquera, cuanto por la solemnidad que en dicho día se dan á los cultos que allí se celebran en su honor.

Infinidad de lanchas, «barquías» y botes, atestados de romeros, cruzaban sin parar desde el muelle á la Barquera, mientras que el paseo era un continuo ir y venir de forasteros, y «señorío» dé la villa, presentando un aspecto encantador.

No sin grandes esfuerzos pude penetrar en la capilla, merced á galante invitación que para ello me había dado el popular alcalde don Celestino Blanco, empezando, acto seguido, los divinos oficios. Celebró el santo sacrificio el muy querido párroco de la villa, don Cesar de Haro, asistido por el ilustrado ecónomo D. Policarpo San Juan, y el virtuoso sacerdote de Liébana don Eduardo Barreda, estando el sermón á cargo del R. P. Manuel Lacalle, de la Orden de Predicadores, y el coro al de don Benjamín García de la Hoz, don Vidal Valle, don Arturo M. Cuevas, don Baldomero Matamoro y varios niños.

En cuanto á la oración sagrada que predicó el R. P. Lacalle, no puedo menos que decir que me pareció una de las mejores que hé oído en mi vida, y cuidado que he escuchado á muy buenos oradores, en mi larga peregrinación por el mundo, y que si fuera á entrar en detalles referentes á las facultades del orador, y al asunto por él magistralmente desarrollado, necesitaría todo este número de LA ATALAYA para dar una sucinta pálida idea de lo que en si fué el notable sermón. Del coro nada tengo que decir, formado por lo principalito y más sobresaliente de la villa: resultó como obra de verdaderos maestros y profesores en el arte. Al final de la misa fueron todos muy felicitados, particularmente don Policarpo San Juan, que tiene una potente y bien timbrada voz de tenor, según nos demostró aquel día en varias ocasiones, y diferentes «partituras».

A tan solemne acto asistió una numerosa representación del Ayuntamiento, compuesta por el alcalde don Celestino Blanco, primer teniente don Fidel Noriega, sindico don Tomás Noriega y varios concejales, entre ellos don Laureano Blanco, don Basilio Escandón Laverde, don José Noriega y otros cuyos nombres siento no recordar. También asistió el dignísimo secretario del mismo don Manuel Díaz del Cotero.

Una vez terminados los Oficios Divinos, precedidos por una «charanga» con visos de «banda» que había contratado el Ayuntamiento, nos trasladamos por tierra á la villa, seguidos de numeroso acompañamiento, mientras por mar lo hacían, en su mayor parte, los aldeanos ó « terrestres», como dicen los marineros, que esperan este día con verdadera ansiedad para dar un paseo por la bahía.

Por la tarde, á las cuatro, después de haber sido todos atentamente obsequiados en su casa con café, copas y tabacos por el querido párroco don César de Haro, volvimos nuevamente á la capilla de la Barquera, donde se rezó el Santo Rosario, con plática, por el P. Lacalle, que no desmereció en nada del sermón de la mañana, y novena y salve cantadas por las distinguidas señoritas Gloria Carranceja, Julia y Telesfora Hoyos, Emilia y María Hoyos Pastor, Hilaria Escandón Laverde y Sara Hoyos.

Excusado nos parece decir que con sus angelicales voces, unidas á las de los individuos que formaban el coro en la misa, estas bellas señoritas nos proporcionaron un rato de gratas emociones, probándonos al mismo tiempo que son dignas hijas de un pueblo católico y fervientes devotas de la Virgen de la Barquera.

Terminado el santo rosario y demás prácticas religiosas, nos trasladamos desde la capilla á la suntuosa casa del señor alcalde, don Celestino Blanco, donde fuimos obsequiados con cervezas, dulces, pastas y licores, tanto los individuos que forman el Ayuntamiento, cuanto el P. dominico, el clero de la villa y numerosos amigos particulares del popular alcalde.

Allí se deslizó el tiempo insensiblemente, en medio de los mil agasajos que nos prodigaba dicho señor, hasta que cada cual se dirigió al punto que más le agradó, entre los muchos por demás pintorescos que cuenta la villa. Yo fui, con varios amigos al «Gombé», donde se hacia la romería, ó sea la fiesta profana, que «profana» resultó en verdad, puesto que allí se profanaba el decoro, la razón, la decencia y las venerandas costumbres de nuestros mayores. Refiérome al baile «pilamontonado» que allí se bailaba, según gráficamente y con muy buen acuerdo le llamó una señorita que me acompañaba.

Ni aquello eran «walses», «polkas», «habaneras», «schotis» y demás caterva de nombres extranjeros, «ejusden fúrpuris», con que se designan estos «pasatiempos», ni cosa parecida, sino un «totum revolutum» donde cada cual podía hacer todo lo que le diese la gana sin cuidarse de los demás.

Ya que no fuera suprimirlos de raíz, como cosa extraña á nosotros, las autoridades de nuestras villas y pueblos no debían permitir el bailar esta clase de bailes, públicamente y en la forma en que se hace por aquí, siquiera por lo que de nuestra cultura y adelanto puedan decir los forasteros que en esta época nos visitan.

Afortunadamente, la tarde a que me refiero, varias mozas aldeanas que. mirando por su pudor y decoro, no querían «pilamontonarse» como las otras desgraciadas, «sacaron» las clásicas panderetas y se pusieron á bailar el baile popular de la Montaña, con gran contentamiento de muchos que estábamos presenciando «aquello otro». Excuso decir que el baile popular «mató» al baile «fino» como algunas le llaman, y que excepto cuatro tontos y otras tantas tontas, quo hacían el papel de «ídem» bailando frente á la «charanga», todo lo demás de el «gombé» estaba ocupado por el baile «nuestro», la jota montañesa, resultando, con tal motivo muy animada la romería.

Por la noche hubo gran velada, con iluminación eléctrica y á la veneciana, fuegos artificiales, bengalas, globos y cohetes, estando el paseo muy concurrido.

Allí tuve el gusto de ver y pasear acompañado de las señoritas Marcelina y María Díaz del Cotero; Santa, Filomena y Laura Noriega; Dominica Gutiérrez Corral y de otras que sería prolijo enumerar.

Como mis habituales ocupaciones no me permitían quedarme en la histórica villa de San Vicente de la Barquera á pesar de haberme invitado para ello varios amigos á las dos próximamente de la mañana, acompañado de mi pariente don Angel Gutiérrez Corral «Angelucu» según todos le llamamos, vine á este pueblo, dando una caballada por entre riscos y peñas, y después al correr dé la pluma trazo estas líneas para no perder «la costumbre» de escribir y decir algo de la romería de la Barquera que es la mejor que se hace en estos contornos.

Sin otro particular por hoy, quedo suyo afectísimo amigo y S. S. Q. B. S. M., 

J. GUTIERREZ DE GANDARILLA.

Septiembre 10 de 1901"

1901 - UNA EXCURSIÓN A "LLENO"

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Artículo publicado en "LA ATALAYA ", el día 20 de agosto de 1901, en la que el vecino, y corresponsal de este periódico, J. Gutiérrez de Gandarilla, relata una excursión a la sierra y pico de Lleno, lugar emblemático, al sur de San Vicente, y encima de Gandarilla, siendo el punto más alto del municipio.





(Este artículo se publica como homenaje a D. Juan Gutiérrez de Gandarilla, oriundo del pueblo de Gandarilla, autor de novelas y cuentos costumbristas, emigró a la Isla de Cuba en los últimos años del siglo XIX, colaborando en la revista "La Montaña", "El Pueblo cántabro" de la Habana y otras, así como en "La Atalaya" de Santander, regresando a su tierra, y llevando un cargo político en Val de San Vicente.)


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"Enclavada en los límites que forman los Ayuntamientos de Val de San Vicente, Herrerías, Valdáliga y San Vicente de la Barquera, siguiendo la orilla derecha del raudo Nansa y sirviendo como de dorado marco al hermoso cuadro que presenta este pueblo de Gandarilla, se halla la conocida montaña de Lleno (una de las famosas estribaciones de los tan celebrados Picos de Europa) de forma cónica, arenosa, que dá nombre á uno de los ríos que desembocan en el mar Cantábrico por la histórica villa de San Vicente de la Barquera, y como á unos mil metros sobre el nivel de dicho mar. 

Grandes deseos tenía yo de subir á la cumbre de esta montaña y poder contemplar desde allí, á mi gusto, el extenso y variado panorama que la circunda, uno de los más hermosos, entre los muchos que á cada paso nos presenta la pródiga Naturaleza en esta querida tierruca

Por fin, el día 8 del actual vi cumplidos mis deseos, merced á una excursión, con merienda y todo, que proyectamos hacer á dicho punto, algunos touristas de este pueblo. No siempre han de ser touristas los extranjeros en nuestra tierra; alguna vez lo hemos de ser nosotros, los nativos en ella. 

Formaban «la expedición» la encantadora é ilustrada señorita Filomena Noriega, distinguida colegiala que, á su natural belleza une un exquisito gusto artístico y una modestia sin límite, y las no menos bellas y simpáticas señoritas Anacleta Sánchez y Dolores Blanco. También nos acompañó la señora de Pellar, doña Josefa Blanco. 

Del que se ha dado en llamar, sin razón para ello, sexo fuerte, íbamos don Inocencio Gutiérrez de Gandarilla, don Tomás Noriega. don Raimundo Pérez Canal, don Leoncio Pellar, don Venancio Blanco y... un humilde servidor de ustedes. 

Para que la excursión resultara más chic, se acordó que las señoritas subieran las cestas con la merienda, y los hombres las borrachas con el vino, cohetes, tabacos y demás impedimenta: siendo la hora señalada para la salida las ocho de la mañana, y el punto de subida la parte de montaña que da vista á Bielba, y la bajada por el lado contrario, ó sea por Labarces. 

A esa hora, próximamente, y bajo los ardorosos rayos de un sol que parecía tropical, salimos todos de la magnífica casa de don Tomás Noriega. emprendiendo viaje por El escoboso, Praón, Cuesta de Cesura y Collado de Bielba. donde se hizo la primera parada y se requirieron las borrachas, para tomar un poco de ánimo, y poder continuar la marcha por entre aquellas escabrosidades. 

Media hora duró el descanso, y á pecho por la pendiente de los Pigúesos llegamos al nacimiento del rio Lleno, haciendo alto, para tomar las once, sentados al pie de aquella fresca y cristalina fuente, pero antes de llegar á aquel hermoso sitio ¡cuánto yo me reí por el camino viendo á las pobres señoritas, fatigadas y sudorosas, encarnadas como la grana (á pesar de los quitasoles y sombrillas que llevábamos) ir tirando, cuesta arriba, de las cestas con la merienda, y dar cada resbalón y caída en brañas y vericuetos que más de una vez tuve compasión de ellas y les ayudé á subir su pesada carga, junto con la bota que á mi me había tocado llevar en suerte! 

Nuevo descanso, y tras otro esfuerzo por fin llegamos á lo más alto de la montaña, á Peña Escajal, de cuyo punto se divisa el más hermoso panorama que puede soñar la calenturienta imaginación de un exaltado. A la simple vista se abarca un circuito de más de veinte leguas en derredor, «cuajado» de pueblecitos, pequeñas montañas, bosques y valles, que, heridos por los rayos del sol del mediodía, rielando en las puras aguas de sus mil arroyuelos, formaban caprichosas variantes de fulgidos colores, sobresaliendo, entre ellos, el verde oscuro de los árboles, el blanco de las casas y el violáceo de las nubes, «posadas» sobre las crestas de los montea y peñas. 

Yo no alcanzo á comprender de otro modo más que por imposiciones de la maldita moda que haya un español que se gaste muchos miles de pesetas recorriendo todos los años Suiza, Alemania, los Alpes y otros puntos de Europa, y desconozca completamente lo que tenemos por acá, en esta privilegiada «tierruca», que si no es mejor, al menos es tan bueno como eso que tan caro les cuesta, y con la ventaja de ser «nuestro» y poderlo ver sin ocasionarles tan grandes gastos, que muchas veces les conducen á la ruina. 

Desde lo alto del Lleno se ve, al Norte, el proceloso mar Cantábrico en toda su extensión de Cabo Mayor á Llanes; al Este, Peña Castillo, Peña Cabarga y otras cuantas inmediatas; al Sur, Peña Labra, montañas de Reinosa y Peña Sagra; al Oeste, los tan ponderados Picos de Europa, cuyas cimas se ven cubiertas de nieve perpetua. 

Mucho tiempo estuvimos allí, extasiados, contemplando tanta belleza y sin acordarnos de la merienda, que, á la sombra de la Peña cuidaba la camarera. Yo aproveché aquel tiempo para anotar en mi cartera los nombres de los pueblos que se veían, y que yo conozco. 

Segús mis notas, aparece en primer término Gandarilla, situado en la falda Norte de dicha montaña, Hortigal y San Vicente de la Barquera, cuyo histórico puente de la Maza y convento de San Francisco, se ve en toda su estensión, y se cuentan, perfectamente, desde aquellas alturas, y á pesar de la distancia, sus 28 arcos. 

Siguen luego Santillán, Boria, Serdio, Estrada, Pesués, Unquera, Helguera, Prío, Molleda, Cabanzón, Casa María, Otero, Cades, Bielba, Lamasón, Peñarrubia, Labarces, minas de la Florida, Roiz, Treceño, Villanueva Caviedes, Vallines, Lamadrid, La Revilla, El Tejo, Ruiseñada, Seminario y villa de Comillas, Ruiloba, Colegio de Cóbreces, Ayuntamiento de Udías, San Vicente del Monte, Bustriguado y el Perujo. Pertenecientes á Asturias se ven: Colombres, Pimiango, San Yusté, Noriega, Vilde, Villanueva, Merodio, Abándames, Alebía y el palacio de Bores. 

Si la vista no se cansaba de contemplar desde aquellas alturas tan hermoso y variado panorama, en cambio el estómago se quejaba ya de falta de alguna cosa más positiva después de la caminata de dos leguas largas, por riscos y peñascales. 

Tendimos pues, los blancos manteles bajo la gran peña, en la sombra que proyectaban sus altos picachos, y previa una salva de dos docenas de cohetes y voladores, nos pusimos á merendar tumbados sobre la verde braña á la vista de este pueblo, y aspirando el suave perfume que exhalaba el campo alfombrado de aromáticas plantas. 

Al final de la merienda el don Raimundo Pérez Canal (que es poeta, músico, cantante indiano, y maestro de escuela, todo en una pieza) se inspiró de tal modo que improvisaba versos lo mismo que el que echa huevos á freír, y mientras él recitaba alguna de sus inéditas composiciones, otros nos entretuvimos en confeccionar un pequeño ramillete de odoríficas flores silvestres que ofrecimos como recuerdo de aquel grato dia, y premio á su natural belleza, á la simpática señorita Filomena Noriega, al mismo tiempo que, por unanimidad se acordó coronar en el acto, con el simbólico laurel, cogido en las verdes matas que en Lleno existen, al eximio Raimundo P. Canal, como al primer vate del pueblo. 

El poeta no se puedo quejar de la corona que le ofrecimos en las alturas del Parnaso (digo de la montaña de Lleno) formada de laurel y entretejida con tomillo, cantueso, orégano, regaliz, madreselva, claveles y amapolas silvestres, y hecha por las lindas manos de las bellas señoritas que nos acompañaban. Es decir, que allí se premió el mérito en el poeta Raimundo Pérez Canal, y la hermosura en la ilustrada señorita Filomena Noriega. 

El resto de la tarde lo dedicamos á visitar las grandes cuevas y cavernas que existen en dicha montaña, encontrando en ellas muchas y variadas muestras de estalactitas y estalagmitas, algunos fósiles y maderas petrificadas, siendo verdaderamente notable que, en lo que se puede llamar corazón de la roca, formada hoy por piedra y tierra calar, se encuentren, adheridas á ella, infinidad de piedrecitas del mar, restos de crustáceos y otras materias que denotan haber llegado hasta allí en algún tiempo las aguas del Cantábrico. 

De todo esto recogí varias muestras, como también de la blanca arena quo hay en los pequeños lagos que existen en lo más alto de la montaña, cuyas orillas se ven continuamente festoneadas por el berro y el peregil del pozo. No dudo que si se hicieran calas, ó excavaciones, en la montaña de Lleno se encontrarían cosas de gran mérito, pero... allí se estarán, como tantas otras de esta tierra, por muchos años, durmiendo el sueño del olvido. 



A la puesta del sol dimos vista á Labarces, ya descendiendo de la montaña, y entonces el poeta (que por lo visto aquel día le venteaba la musa) nos endilgó estos versos, con música de su propiedad: 


«Estamos en Pico Alto, 

muy cerquita de Berambres, 

contemplando á Rulosa 

y el gran pueblo de Labarces.» 


Algunos labradores de este último pueblo, que estaban á la yerba en unos prados inmediatos, aplaudieron al vate, y después de haber hecho allí otra descarga de cohetes y medias bombas, siguiendo la explanada de Cudaña, llegamos á este pueblo de Gandarilla, como suele decirse, entre dos luces, satisfechos de nuestra excursión á Lleno, puesto que en ella nos divertimos grandemente, á pesar de los resbalones, caídas y otras peripecias que nos ocurrieron y sería prolijo relatar. 

Paseos como este debían repetirse en nuestra querida Montaña, y darles publicidad á fin de que los españoles se enterasen de lo mucho bueno que hay por aquí, y nos visitasen más á menudo que lo hacen. El que venga una vez siquiera, vuelve irremisiblemente, porque esto es superior á toda ponderación, y hay que verlo para formarse una idea de ello."

J. GUTIERREZ DE GANDARILLA. 

Agosto 17 1901. 


1901 - LAS NIEVES.

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 DESDE GANDARILLA

Las Nieves 

"LA ATALAYA"



 Publicado en "La Atalaya", el 12 de agosto de 1901


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"Sr. Director de La ATALAYA.

 Muy señor mío y amigo: Después de haber escrito tanto para el público, sobre diferentes asuntos, sería en mí una ingratitud no decir siquiera cuatro palabras referentes á la solemnidad con que se celebró en este pueblo, el día 5 del actual, la festividad de su excelsa patrona la Virgen de las Nieves.

 Empezaron los cultos religiosos con la procesión de la milagrosa imagen, alrededor del suntuoso templo, por el florido campo que lo circunda, llevada en hombros por cuatro distinguidos jóvenes del pueblo, y colocada sobre artística parihuela. Al frente de la procesión iban dos robustos mozos disparando cohetes y medias bombas, cual si con eso quisieran probar que todos estábamos dispuestos á defender los derechos de nuestra sacrosanta Religión.

 Luego hubo misa cantada, ó de tres en ringla, con sermón, estando éste á  cargo del ilustrado párroco de Serdio don Salvador de la Puente, el que con fácil palabra y gran unción evangélica, arrebató, en más de una ocasión, al numeroso auditorio que lo escuchaba entusiasmado. Adornó su discurso con bellas y adecuadas figuras prácticas y retóricas, y á mi pobre juicio, dicho sermón, puede pasar como un modelo dentro de la oratoria sagrada.

 Celebró el Santo sacrificio de la misa el señor cura del pueblo don Isidro Gómez, asistido por el citado don Salvador de la Puente y por el dignísimo señor arcipreste y párroco de Luey, don Buenaventura Ozneta, de tan grata memoria en esta parroquia, que sirvió durante más de veinte años.

El coro estaba á cargo del muy querido maestro del pueblo don Raimundo Pérez Carral, acompañado por los célebres cantores don José Pérez Villa y don Isaac Noriega, todos hijos de este lugar.

 Con tales elementos excuso decir que la misa cantada resultó de primera, ó como diríamos en argot periodístico, á toda orquesta.

 Por la tarde se rezó el Santo Rosario, cantando una preciosa salve á nuestra patrona varias simpáticas jóvenes, que á su gracia y hermosura unen la acendrada fé heredada de nuestros mayores.

 Durante estos cultos se vio la iglesia materialmente llena de fíeles, tanto del pueblo como forasteros, sirviéndonos esto de gran satisfacción á los verdaderos católicos, hoy que tanto se persigue por todas partes nuestra Religión, y particularmente á sus ministros. Felizmente para nosotros, aun no ha llegado á estas incomparables aldeas la hidrofobia antirreligiosa que invade á nuestra España, y quiera Dios que nunca llegue, para bien de todos, porque una vez perdida la fe y la esperanza por estos aldeanos, dado lo mísera que para ellos debe ser la vida, por el rudo y penoso trabajo á que se dedican, causa horror pensar al extremo que los conducirían las devastadoras doctrinas de estos tiempos.

 A las tres, próximamente, empezó la romería, que es como si dijéramos el epilogo de la fiesta del patrono en estos pueblos. En el hermoso sitio del Cagigón, bajo corpulentos árboles y sobre el verde césped de extensa braña, se formó el baile genuino de la Montaña, la jota, inmediato al corro de bolos y no muy lejos de la taberna.

Puestos con dulces; mesas   con refrescos y bebidas espirituosas; canastas con frutas; rosquilleras, barquilleros y demás caterva de vendedores ambulantes formaban, en unión del baile y del juego   de bolos, el animado cuadro que presentaba la romería.

 Allí tuve el gusto de saludar, entre otras muchas bellas forasteras á las encantadoras señoritas de San Vicente de la Barquera, Marcelina y María Diez del Cotero, hijas del notable juriscondulto y secretario de aquel Ayuntamiento don Miguel Díaz del Cotero y á la discreta Laura Noriega, á las cuales acompañaba la distinguida señorita de este pueblo, Filomena Noriega.

 También recuerdo haber visto en la romería á la simpática señorita de Portillo, Yabelina Vada, de San Vicente. Juliana Gutiérrez, y de Bielba, Demetria y Paula G. de la Torre.

 Mucho y honestamente se divirtió la gente joven celebrando la fiesta de la patrona del pueblo, y los viejos como yo, también nos divertimos viéndolos gozar á ellos, y recordando los tiempos felices en que tomábamos parte activa en tales fiestas que aminoran en algo los mil sinsabores de que está lleno el  camino de la vida en este valle de lágrimas.

 Sin otro particular por hoy, quedo suyo afectísimo amigo y S. S. Q. B. S. M.

 J GUTIÉRREZ DE GANDARILLA.

Agosto 7 de 1901."

1901 - LA FERIA

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 DESDE SAN VICENTE

La feria

"LA ATALAYA"





    Publicado en "La Atalaya", el 26 de enero de 1901


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 Señor Director de LA ATALAYA.

 Muy señor mío y de mi distinguida consideración: Acaba de terminarse en esta villa la tradicional feria de San Vicente, que se celebra todos los años los días 22, 23 y 24 del corriente. Han sido muchas las transacciones hechas, tanto de ganado vacuno como de cerda, observándose que el ganado sostiene sus altos precios, á pesar de resentirse algunos ganaderos de la escasez de yerba. La concurrencia á esta renombrada feria ha sido, si cabe, más numerosa que en años anteriores, pues no sólo por el número de tratantes que á ella concurrieron, sino por el de romeros que ha sacado de sus hogares el espléndido día del 22, atraídos por los encantos de esta histórica villa donde encuentra siempre el forastero hospedaje cómodo y barato y un ferial como pocos, á pesar de que este año se hacía menos cómoda la estancia en él por un extenso pozo que se formó por las lluvias de días anteriores. Sin duda las ocupaciones del señor Alcalde le impidieron dar salida á las aguas estancadas. como á muy poca costa se hubiera conseguido, evitando que las reses se metieran en aquel charco inmundo, con descontento de sus dueños y de los que pretendían examinarlas para comprarlas.

 P. R.

 San Vicente de la Barquera, enero 25 de 1901.