1901 - UNA EXCURSIÓN A "LLENO"

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Artículo publicado en "LA ATALAYA ", el día 20 de agosto de 1901, en la que el vecino, y corresponsal de este periódico, J. Gutiérrez de Gandarilla, relata una excursión a la sierra y pico de Lleno, lugar emblemático, al sur de San Vicente, y encima de Gandarilla, siendo el punto más alto del municipio.





(Este artículo se publica como homenaje a D. Juan Gutiérrez de Gandarilla, oriundo del pueblo de Gandarilla, autor de novelas y cuentos costumbristas, emigró a la Isla de Cuba en los últimos años del siglo XIX, colaborando en la revista "La Montaña", "El Pueblo cántabro" de la Habana y otras, así como en "La Atalaya" de Santander, regresando a su tierra, y llevando un cargo político en Val de San Vicente.)


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"Enclavada en los límites que forman los Ayuntamientos de Val de San Vicente, Herrerías, Valdáliga y San Vicente de la Barquera, siguiendo la orilla derecha del raudo Nansa y sirviendo como de dorado marco al hermoso cuadro que presenta este pueblo de Gandarilla, se halla la conocida montaña de Lleno (una de las famosas estribaciones de los tan celebrados Picos de Europa) de forma cónica, arenosa, que dá nombre á uno de los ríos que desembocan en el mar Cantábrico por la histórica villa de San Vicente de la Barquera, y como á unos mil metros sobre el nivel de dicho mar. 

Grandes deseos tenía yo de subir á la cumbre de esta montaña y poder contemplar desde allí, á mi gusto, el extenso y variado panorama que la circunda, uno de los más hermosos, entre los muchos que á cada paso nos presenta la pródiga Naturaleza en esta querida tierruca. 

Por fin, el día 8 del actual vi cumplidos mis deseos, merced á una excursión, con merienda y todo, que proyectamos hacer á dicho punto, algunos touristas de este pueblo. No siempre han de ser touristas los extranjeros en nuestra tierra; alguna vez lo hemos de ser nosotros, los nativos en ella. 

Formaban «la expedición» la encantadora é ilustrada señorita Filomena Noriega, distinguida colegiala que, á su natural belleza une un exquisito gusto artístico y una modestia sin límite, y las no menos bellas y simpáticas señoritas Anacleta Sánchez y Dolores Blanco. También nos acompañó la señora de Pellar, doña Josefa Blanco. 

Del que se ha dado en llamar, sin razón para ello, sexo fuerte, íbamos don Inocencio Gutiérrez de Gandarilla, don Tomás Noriega. don Raimundo Pérez Canal, don Leoncio Pellar, don Venancio Blanco y... un humilde servidor de ustedes. 

Para que la excursión resultara más chic, se acordó que las señoritas subieran las cestas con la merienda, y los hombres las borrachas con el vino, cohetes, tabacos y demás impedimenta: siendo la hora señalada para la salida las ocho de la mañana, y el punto de subida la parte de montaña que da vista á Bielba, y la bajada por el lado contrario, ó sea por Labarces. 

A esa hora, próximamente, y bajo los ardorosos rayos de un sol que parecía tropical, salimos todos de la magnífica casa de don Tomás Noriega. emprendiendo viaje por El escoboso, Praón, Cuesta de Cesura y Collado de Bielba. donde se hizo la primera parada y se requirieron las borrachas, para tomar un poco de ánimo, y poder continuar la marcha por entre aquellas escabrosidades. 

Media hora duró el descanso, y á pecho por la pendiente de los Pigúesos llegamos al nacimiento del rio Lleno, haciendo alto, para tomar las once, sentados al pie de aquella fresca y cristalina fuente, pero antes de llegar á aquel hermoso sitio ¡cuánto yo me reí por el camino viendo á las pobres señoritas, fatigadas y sudorosas, encarnadas como la grana (á pesar de los quitasoles y sombrillas que llevábamos) ir tirando, cuesta arriba, de las cestas con la merienda, y dar cada resbalón y caída en brañas y vericuetos que más de una vez tuve compasión de ellas y les ayudé á subir su pesada carga, junto con la bota que á mi me había tocado llevar en suerte! 

Nuevo descanso, y tras otro esfuerzo por fin llegamos á lo más alto de la montaña, á Peña Escajal, de cuyo punto se divisa el más hermoso panorama que puede soñar la calenturienta imaginación de un exaltado. A la simple vista se abarca un circuito de más de veinte leguas en derredor, «cuajado» de pueblecitos, pequeñas montañas, bosques y valles, que, heridos por los rayos del sol del mediodía, rielando en las puras aguas de sus mil arroyuelos, formaban caprichosas variantes de fulgidos colores, sobresaliendo, entre ellos, el verde oscuro de los árboles, el blanco de las casas y el violáceo de las nubes, «posadas» sobre las crestas de los montea y peñas. 

Yo no alcanzo á comprender de otro modo más que por imposiciones de la maldita moda que haya un español que se gaste muchos miles de pesetas recorriendo todos los años Suiza, Alemania, los Alpes y otros puntos de Europa, y desconozca completamente lo que tenemos por acá, en esta privilegiada «tierruca», que si no es mejor, al menos es tan bueno como eso que tan caro les cuesta, y con la ventaja de ser «nuestro» y poderlo ver sin ocasionarles tan grandes gastos, que muchas veces les conducen á la ruina. 

Desde lo alto del Lleno se ve, al Norte, el proceloso mar Cantábrico en toda su extensión de Cabo Mayor á Llanes; al Este, Peña Castillo, Peña Cabarga y otras cuantas inmediatas; al Sur, Peña Labra, montañas de Reinosa y Peña Sagra; al Oeste, los tan ponderados Picos de Europa, cuyas cimas se ven cubiertas de nieve perpetua. 

Mucho tiempo estuvimos allí, extasiados, contemplando tanta belleza y sin acordarnos de la merienda, que, á la sombra de la Peña cuidaba la camarera. Yo aproveché aquel tiempo para anotar en mi cartera los nombres de los pueblos que se veían, y que yo conozco. 

Segús mis notas, aparece en primer término Gandarilla, situado en la falda Norte de dicha montaña, Hortigal y San Vicente de la Barquera, cuyo histórico puente de la Maza y convento de San Francisco, se ve en toda su estensión, y se cuentan, perfectamente, desde aquellas alturas, y á pesar de la distancia, sus 28 arcos. 

Siguen luego Santillán, Boria, Serdio, Estrada, Pesués, Unquera, Helguera, Prío, Molleda, Cabanzón, Casa María, Otero, Cades, Bielba, Lamasón, Peñarrubia, Labarces, minas de la Florida, Roiz, Treceño, Villanueva Caviedes, Vallines, Lamadrid, La Revilla, El Tejo, Ruiseñada, Seminario y villa de Comillas, Ruiloba, Colegio de Cóbreces, Ayuntamiento de Udías, San Vicente del Monte, Bustriguado y el Perujo. Pertenecientes á Asturias se ven: Colombres, Pimiango, San Yusté, Noriega, Vilde, Villanueva, Merodio, Abándames, Alebía y el palacio de Bores. 

Si la vista no se cansaba de contemplar desde aquellas alturas tan hermoso y variado panorama, en cambio el estómago se quejaba ya de falta de alguna cosa más positiva después de la caminata de dos leguas largas, por riscos y peñascales. 

Tendimos pues, los blancos manteles bajo la gran peña, en la sombra que proyectaban sus altos picachos, y previa una salva de dos docenas de cohetes y voladores, nos pusimos á merendar tumbados sobre la verde braña á la vista de este pueblo, y aspirando el suave perfume que exhalaba el campo alfombrado de aromáticas plantas. 

Al final de la merienda el don Raimundo Pérez Canal (que es poeta, músico, cantante indiano, y maestro de escuela, todo en una pieza) se inspiró de tal modo que improvisaba versos lo mismo que el que echa huevos á freír, y mientras él recitaba alguna de sus inéditas composiciones, otros nos entretuvimos en confeccionar un pequeño ramillete de odoríficas flores silvestres que ofrecimos como recuerdo de aquel grato dia, y premio á su natural belleza, á la simpática señorita Filomena Noriega, al mismo tiempo que, por unanimidad se acordó coronar en el acto, con el simbólico laurel, cogido en las verdes matas que en Lleno existen, al eximio Raimundo P. Canal, como al primer vate del pueblo. 

El poeta no se puedo quejar de la corona que le ofrecimos en las alturas del Parnaso (digo de la montaña de Lleno) formada de laurel y entretejida con tomillo, cantueso, orégano, regaliz, madreselva, claveles y amapolas silvestres, y hecha por las lindas manos de las bellas señoritas que nos acompañaban. Es decir, que allí se premió el mérito en el poeta Raimundo Pérez Canal, y la hermosura en la ilustrada señorita Filomena Noriega. 

El resto de la tarde lo dedicamos á visitar las grandes cuevas y cavernas que existen en dicha montaña, encontrando en ellas muchas y variadas muestras de estalactitas y estalagmitas, algunos fósiles y maderas petrificadas, siendo verdaderamente notable que, en lo que se puede llamar corazón de la roca, formada hoy por piedra y tierra calar, se encuentren, adheridas á ella, infinidad de piedrecitas del mar, restos de crustáceos y otras materias que denotan haber llegado hasta allí en algún tiempo las aguas del Cantábrico. 

De todo esto recogí varias muestras, como también de la blanca arena quo hay en los pequeños lagos que existen en lo más alto de la montaña, cuyas orillas se ven continuamente festoneadas por el berro y el peregil del pozo. No dudo que si se hicieran calas, ó excavaciones, en la montaña de Lleno se encontrarían cosas de gran mérito, pero... allí se estarán, como tantas otras de esta tierra, por muchos años, durmiendo el sueño del olvido. 



A la puesta del sol dimos vista á Labarces, ya descendiendo de la montaña, y entonces el poeta (que por lo visto aquel día le venteaba la musa) nos endilgó estos versos, con música de su propiedad: 


«Estamos en Pico Alto, 

muy cerquita de Berambres, 

contemplando á Rulosa 

y el gran pueblo de Labarces.» 


Algunos labradores de este último pueblo, que estaban á la yerba en unos prados inmediatos, aplaudieron al vate, y después de haber hecho allí otra descarga de cohetes y medias bombas, siguiendo la explanada de Cudaña, llegamos á este pueblo de Gandarilla, como suele decirse, entre dos luces, satisfechos de nuestra excursión á Lleno, puesto que en ella nos divertimos grandemente, á pesar de los resbalones, caídas y otras peripecias que nos ocurrieron y sería prolijo relatar. 

Paseos como este debían repetirse en nuestra querida Montaña, y darles publicidad á fin de que los españoles se enterasen de lo mucho bueno que hay por aquí, y nos visitasen más á menudo que lo hacen. El que venga una vez siquiera, vuelve irremisiblemente, porque esto es superior á toda ponderación, y hay que verlo para formarse una idea de ello."

J. GUTIERREZ DE GANDARILLA. 

Agosto 17 1901. 


1901 - LAS NIEVES.

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 DESDE GANDARILLA

Las Nieves 

"LA ATALAYA"



 Publicado en "La Atalaya", el 12 de agosto de 1901


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"Sr. Director de La ATALAYA.

 Muy señor mío y amigo: Después de haber escrito tanto para el público, sobre diferentes asuntos, sería en mí una ingratitud no decir siquiera cuatro palabras referentes á la solemnidad con que se celebró en este pueblo, el día 5 del actual, la festividad de su excelsa patrona la Virgen de las Nieves.

 Empezaron los cultos religiosos con la procesión de la milagrosa imagen, alrededor del suntuoso templo, por el florido campo que lo circunda, llevada en hombros por cuatro distinguidos jóvenes del pueblo, y colocada sobre artística parihuela. Al frente de la procesión iban dos robustos mozos disparando cohetes y medias bombas, cual si con eso quisieran probar que todos estábamos dispuestos á defender los derechos de nuestra sacrosanta Religión.

 Luego hubo misa cantada, ó de tres en ringla, con sermón, estando éste á  cargo del ilustrado párroco de Serdio don Salvador de la Puente, el que con fácil palabra y gran unción evangélica, arrebató, en más de una ocasión, al numeroso auditorio que lo escuchaba entusiasmado. Adornó su discurso con bellas y adecuadas figuras prácticas y retóricas, y á mi pobre juicio, dicho sermón, puede pasar como un modelo dentro de la oratoria sagrada.

 Celebró el Santo sacrificio de la misa el señor cura del pueblo don Isidro Gómez, asistido por el citado don Salvador de la Puente y por el dignísimo señor arcipreste y párroco de Luey, don Buenaventura Ozneta, de tan grata memoria en esta parroquia, que sirvió durante más de veinte años.

El coro estaba á cargo del muy querido maestro del pueblo don Raimundo Pérez Carral, acompañado por los célebres cantores don José Pérez Villa y don Isaac Noriega, todos hijos de este lugar.

 Con tales elementos excuso decir que la misa cantada resultó de primera, ó como diríamos en argot periodístico, á toda orquesta.

 Por la tarde se rezó el Santo Rosario, cantando una preciosa salve á nuestra patrona varias simpáticas jóvenes, que á su gracia y hermosura unen la acendrada fé heredada de nuestros mayores.

 Durante estos cultos se vio la iglesia materialmente llena de fíeles, tanto del pueblo como forasteros, sirviéndonos esto de gran satisfacción á los verdaderos católicos, hoy que tanto se persigue por todas partes nuestra Religión, y particularmente á sus ministros. Felizmente para nosotros, aun no ha llegado á estas incomparables aldeas la hidrofobia antirreligiosa que invade á nuestra España, y quiera Dios que nunca llegue, para bien de todos, porque una vez perdida la fe y la esperanza por estos aldeanos, dado lo mísera que para ellos debe ser la vida, por el rudo y penoso trabajo á que se dedican, causa horror pensar al extremo que los conducirían las devastadoras doctrinas de estos tiempos.

 A las tres, próximamente, empezó la romería, que es como si dijéramos el epilogo de la fiesta del patrono en estos pueblos. En el hermoso sitio del Cagigón, bajo corpulentos árboles y sobre el verde césped de extensa braña, se formó el baile genuino de la Montaña, la jota, inmediato al corro de bolos y no muy lejos de la taberna.

Puestos con dulces; mesas   con refrescos y bebidas espirituosas; canastas con frutas; rosquilleras, barquilleros y demás caterva de vendedores ambulantes formaban, en unión del baile y del juego   de bolos, el animado cuadro que presentaba la romería.

 Allí tuve el gusto de saludar, entre otras muchas bellas forasteras á las encantadoras señoritas de San Vicente de la Barquera, Marcelina y María Diez del Cotero, hijas del notable juriscondulto y secretario de aquel Ayuntamiento don Miguel Díaz del Cotero y á la discreta Laura Noriega, á las cuales acompañaba la distinguida señorita de este pueblo, Filomena Noriega.

 También recuerdo haber visto en la romería á la simpática señorita de Portillo, Yabelina Vada, de San Vicente. Juliana Gutiérrez, y de Bielba, Demetria y Paula G. de la Torre.

 Mucho y honestamente se divirtió la gente joven celebrando la fiesta de la patrona del pueblo, y los viejos como yo, también nos divertimos viéndolos gozar á ellos, y recordando los tiempos felices en que tomábamos parte activa en tales fiestas que aminoran en algo los mil sinsabores de que está lleno el  camino de la vida en este valle de lágrimas.

 Sin otro particular por hoy, quedo suyo afectísimo amigo y S. S. Q. B. S. M.

 J GUTIÉRREZ DE GANDARILLA.

Agosto 7 de 1901."

1901 - LA FERIA

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 DESDE SAN VICENTE

La feria

"LA ATALAYA"





    Publicado en "La Atalaya", el 26 de enero de 1901


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 Señor Director de LA ATALAYA.

 Muy señor mío y de mi distinguida consideración: Acaba de terminarse en esta villa la tradicional feria de San Vicente, que se celebra todos los años los días 22, 23 y 24 del corriente. Han sido muchas las transacciones hechas, tanto de ganado vacuno como de cerda, observándose que el ganado sostiene sus altos precios, á pesar de resentirse algunos ganaderos de la escasez de yerba. La concurrencia á esta renombrada feria ha sido, si cabe, más numerosa que en años anteriores, pues no sólo por el número de tratantes que á ella concurrieron, sino por el de romeros que ha sacado de sus hogares el espléndido día del 22, atraídos por los encantos de esta histórica villa donde encuentra siempre el forastero hospedaje cómodo y barato y un ferial como pocos, á pesar de que este año se hacía menos cómoda la estancia en él por un extenso pozo que se formó por las lluvias de días anteriores. Sin duda las ocupaciones del señor Alcalde le impidieron dar salida á las aguas estancadas. como á muy poca costa se hubiera conseguido, evitando que las reses se metieran en aquel charco inmundo, con descontento de sus dueños y de los que pretendían examinarlas para comprarlas.

 P. R.

 San Vicente de la Barquera, enero 25 de 1901.



1908 - FIESTA DE LA BARQUERA

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El nueve de septiembre de 1908 se publica en "El Cantábrico", el siguiente reportaje sobre la fiesta de "La Barquera", que firmado por Masaufer dice así:



"San Vicente de la Barquera

Fiesta de La Barquera

Con un día espléndido, en el que el sol ha hecho alarde de su hermosura y poder, han dado principio las fiestas que, en honor de nuestra Señora de la Barquera, su patrona, ha celebrado esta hermosa villa, y entre otros muchos festejos organizados á este fin por el ilustre Ayuntamiento, esta tarde se ha verificado la carrera de cintas, que ha resultado con la brillantez que era de esperar, dado el celo con que ha trabajado la Comisión.


  La presidencia estuvo constituida por las hermosísimas, distinguidas y elegantes señoritas María del Carmen Sánchez Fernández, presidenta; Marcelina Díaz del Cotero, vicepresidenta; Josefina Rodríguez y Rodríguez, María Blanco Barrio, Mercedes Barrio y Laura Noriega y Noriega.

Todas ellas fueron obsequiadas con las cintas obtenidas por los jóvenes que tomaron parte en la carrera, que fueron, entre los ciclistas, don Manuel Suárez Narváez, don Julián Ceballos, don José Laspra, don Luis Laspra, don Francisco Blanco Barrio, don Joaquín Dicenta, don Manuel Noriega, don Ambrosio Noriega y don Norberto Molleda; entre los de á caballo, don Julio Ruiz, don Luis González, don Rafael Sánchez, don Manuel Linares, don Rodrigo de Mier, don Lucas Noriega, don Joaquín González, don Ramón García, don Adolfo García, don Fructuoso García y don Ulpiano Gutiérrez y otros muchos á los que suerte no favoreció para alcanzar cima alguna. 

El premio de ciclistas ha sido para el distinguido joven don Joaquín Dicenta, y el de los de á caballo para el gran jinete don Lucas Noriega. 

Terminada la carrera, el señor Alcalde obsequió á las señoritas que componían la presidencia entregando á cada una dos preciosas cajas de bombones. 

La iluminación nocturna resultó muy artística, y en todo el día no hubo que lamentar incidente alguno desagradable. 

El señor Alcalde, don Manuel Hoyos, y el secretario del Ayuntamiento, don Gerardo Arenas, han sido felicitados por todos por el acierto que han tenido en la dirección de los festejos y el exquisito gusto que han revelado hasta en el detalle más insignificante. 

8 septiembre 1908. 

Masaufer".

1906 - LA BARRA VISTA POR UN VIAJERO.

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El 21 de abril de 1906 se publicó en "El Cantábrico" un artículo titulado "La barra de San Vicente" dentro de un reportaje de "Viajes por la provincia" de M. García Rueda. Dicho artículo dice así:



"VIAJES POR LA PROVINCIA
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LA BARRA DE SAN VICENTE  

III


  "San Vicente de la Barquera es el único puerto intermedio entre Santander y Gijón que puede servir de arribada á los buques en el caso de un temporal. Pero, causas viejas y múltiples que no hemos de detenernos á examinar ahora, han hecho imposible que pueda servir, no sólo para los fines arriba indicados, pero ni aún para las diarias necesidades del pueblo marinero de San Vicente. 


Los bancos de arena iniciados entre el canal Este de la barra y la playa han sufrido considerable aumento con el cierre de las marismas de Rubín y de Pombo. En efecto, merced á ese cierre el volumen de agua á desalojar durante baja la marea es muy pequeño y casi nula, por tal causa, la corriente submarina que se establece en el canal de referencia. En tales condiciones, la sedimentación arenosa va formando una infranqueable barrera y un perpetuo peligro para las embarcaciones, á tal extremo, que en las grandes mareas, á la bajamar, las lanchas tienen que esperar fuera del puerto á que la marea suba para poder entrar. 

Ahora bien; el canal del Oeste sería el que resolviese de plano esta cuestión, dando facilidades á las embarcaciones; pero en ese canal existen unas rocas que impiden la navegación. La voladura de estas rocas es lo que, hoy por hoy, pide el pueblo de San Vicente de la Barquera. 

—Mire usted- me decía uno de los marineros que nos conducían—, por aquí podían entrar antes los barcos á la baja marea sin peligro alguno, y ahora ya ve usted. 

En efecto; yo veía el banco de arena perfectamente, que no se hallaría mucho más profundo que cuatro pies por bajo la quilla de nuestro bote. 

—El único peligro que aquí existe, en el caso de un naufragio— agregó el marinero—, es que caiga uno bajo la embarcación. De lo contrario, naufragando en plena barra, se llega con el agua á la cintura hasta la playa. 

— Vamos á ver— le dije á amigo—, explíqueme en pocas palabras la situación. 

—Pues mire usted, es ésta. La barra del Este del puerto se halla cegada por las arenas, y como en la del Oeste no se han volado las rocas que impiden el paso por ella, dándole más profundidad y más cauce á la corriente, resulta que el estuario está cegándose también de arena, rompiendo la mar dentro de la barra. 

Esto hace muy peligrosa la entrada y expone constantemente á una catástrofe, como ha sucedido ya varias veces, y últimamente el día 1.º de diciembre pasado, que dio vuelta una lancha sobre la barra, ahogándose un tripulante y salvándose los demás milagrosamente. 

Los pescadores están desesperados, y piensan abandonar su industria y dedicarse a cualquier cosa, pues cada vez que salen por la boca del puerto lo hacen con gran exposición de sus vidas.

Siendo éste un buen puerto intermedio de refugio entre Gijón y Santander, está en la actualidad inutilizado para los barcos, que en los malos tiempos no pueden acercarse á él por el mal estado de la barra, pues intentar hacerlo es exponerse á un naufragio seguro. 

—¿Y no han gestionado ustedes para que les arreglen la entrada? 

—Repetidas veces la autoridad de Marina ha solicitado el arreglo de la barra del Oeste, y los ingenieros de Obras del puerto han levantado plano y hecho presupuesto de dichas obras, pero hasta la fecha no se ha hecho nada. 

— Pues es cuestión de vida ó muerte para este pueblo el que eso se haga. ¿Asciende á mucho el presupuesto? 

—No, señor. La cantidad es pequeña, tanto que no se necesita formar un presupuesto especial para la ejecución de las obras  necesarias. sino que su cifra tiene cabida perfectamente en el presupuesto general... 

—Entonces... 

—Dicen que se hallan ahora muy ocupados en las obras del puerto de Castro Urdiales y en Santoña. 

— Pero esto es un crimen... 

—Y tan grande, que, dentro de poco tiempo, las familias que de las industrias del mar viven en este puerto tendrán que emigrar... 

Regresábamos hacia el puerto. Un marinero, metía de vez en cuando el remo en el agua para medir la profundidad. Esta oscilaba siempre entre cuatro y siete pies. Y al extender la vista sobro la bahía, un inmenso arenal se dibujaba en toda la extensión. 


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Tal es, á grandes rasgos, la situación en que se halla el puerto de San Vicente de la Barquera. Como habrán comprendido todos, es de urgente necesidad que tal estado de cosas desaparezca. No se puede condenar á un pueblo de esa manera, con esa pasividad estupenda, á perecer en un plazo determinado. No se piden gollerías. No se pide que draguen toda la bahía convirtiendo al puerto de San Vicente de la Barquera en lo que fue; no se quiere la construcción de grandes muelles, ni de obras que cuesten millones de pesetas. 

Se trata sencillamente de volar unas rocas que imposibilitan la entrada al puerto, que ponen en constante peligro la vida de esos infelices marineros que arrancan diariamente, de las entrañas del Océano, los miserables ochavos que le sirven para su sustento. 

Y la vida de un solo hombre vale más, mucho más, que ese puñado de pesetas que se solicita. 

Nosotros esperamos fundadamente que será atendida esta nuestra indicación que, por otra parte, estamos dispuestos á recordarla cuantas veces sea necesario y esperamos que sea atendida, no por ser nuestra, sino porque en ella está fielmente reflejada la aspiración de un pueblo que tiene perfecto derecho á la vida, y que de día en día se le va imposibilitando, por negligencias de unos, por abandono de otros y por olvidos injustificados de todos. 

Cuantos de cerca ó de lejos tienen relación con este asunto, es imposible que puedan permanecer inactivos ante la marcha acelerada con que se acerca la ruina de ese pintoresco pueblo que se llama San Vicente de la Barquera. 

M. García Rueda. 

Abril 17, 1906".  

1906 - A VER LA FOLÍA II (Donde M. García Rueda hace una pequeña descripción de San Vicente y de la fiesta de La Folía de ese año)

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El veinte de Abril de 1906, se publica en " El Cantábrico" la segunda parte de un viaje que efectúa M. García Rueda, a nuestra villa, dentro de unos reportajes de "Viajes por la provincia" y que va publicando en dicho periódico. Esta publicación sobre La Folía no contiene muchos datos de interés, salvo fijar el momento en que está escrito y las diferentes descripciones de sitios y lugares que cita. De todas formas me parece interesante, en su conjunto y, como referencia.




"VIAJES POR LA PROVINCIA
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A ver la "Folía"
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II 


  Siempre que llego á un pueblo, cualesquiera que este sea, lo que más me satisface de momento es visitar sus riquezas, ya sean artísticas, ó de otro cualesquiera orden. Por eso al llegar á San Vicente de la Barquera lo primero que se me ocurrió preguntar fue qué cosas podían verse, dignas de la visita, hasta la hora de la folia.

—Como notable, me respondieron, si es usted aficionado á la arqueología ó á la historia, podemos visitar la iglesia, la casa de Corro, el célebre inquisidor general; las ruinas del Castillo, el sitio donde estuvo fondeada la Invencible que asistió á la toma de Sevilla, y otras varias cosas. 

Ahora, para tratarlo usted en el periódico, por ser asunto de trascendentalísimo interés para el pueblo, está la cuestión de la barra, cegada en su canal del Este, imposibilitada en el del Oeste por unas rocas... 

—Pues veremos la barra. 

— No. La veremos á la tarde. Ahora vamos hacia la iglesia. 

Un joven — el sacristán —, que se halla echando unas medias suelas, nos facilita la llave y nos acompaña al templo. 

Ascendemos por un callejón que en sus tiempos debió ser de acceso al castillo, y nos encontramos frente á la casa que habitó el inquisidor. Es una casa antigua, antiquísima, con sus escudos de leyenda pretenciosa, con sus paredes descascarilladas, de gran valor histórico. 

Mi amigo Alonso me pregunta: — ¿Le entusiasman á usted estas cosas? 

—Hombre, le respondo, si he de ser sincero tengo que decirle á usted que no las siento. Dicen que tienen su mérito; yo, ni lo discuto ni siquiera me atrevo á dudarlo; pero, para mí, preferiría ver una fábrica con su gran chimenea y su maquinaria moderna en el lugar que esa casa ocupa. ¿Una herejía artística? concedido. Poro soy de los que creen que con ruinas no se enriquece un pueblo, porque nada producen las ruinas. Sembrado á cebollas el terreno que esa casa ocupa, produciría más beneficios que como hoy está. 

Las ruinas deben ir á los museos, los cadáveres á la cremación; si no, llegará día en que España será una vasta necrópolis.  

Hemos llegado frente á la iglesia, cuya torre están reedificando bajo el mismo plano de su arquitectura anterior. Me dicen que el amigo Silverio Gómez, muy entusiasta y competente en esto de antigüedades, y otros varios, se indignaron porque la torre iba á ser de arquitectura moderna. Transigió el arquitecto, y hoy la torre se reedifica en su misma arquitectura anterior, salvo que será menos sólida, salvo que no le ponen una especie de cornisa que representaba la cadena del puente de barcas del Guadalquivir, rota en la toma de Sevilla por dos de las naos que mandaba el intrépido Bonifaz; salvo que le han colocado dos rosetones en el frontis, dos ojos por dende el espíritu de los siglos que se alberga en el interior de la iglesia puede asomarse á contemplar los bancos de arena quo cierran la entrada del puerto... 

Hemos recorrido toda la iglesia. He visto esculturas de imágenes de un gran valor artístico... 

—Esta Virgen— nos dijo el sacristán, señalando á una que ocupaba el altar mayor — han querido comprarla varios. Aquél viejecito— agrega, dirigiéndose á Alonso —, que suelo venir aquí á veranear, se ha encaramado varias veces al altar para contemplarla de cerca. 

—Ese señor á quien ha llamado un viejecito, — me dice Alonso— ¿sabe usted quién es? Pues Giner de los Ríos. Un hombre que viene á veranear á este pueblo hace más de veinte años, y he tenido yo necesidad de descubrirle como sabio. Y me ha costado grandes polémicas, porque nadie quería creer, que un señor que visto modestamente su sombrero flexible, camisa sin planchar y alpargatas para andar por aquí, sea un sabio... 

La estatua del inquisidor general, ha llamado sobremanera mi atención. Es una hermosa escultura yacente, donde no se sabe qué admirar más: si la pureza de sus líneas, ó la expresión humana de aquel rostro... Largo rato he permanecido contemplándola, y mi admiración ha crecido sin cesar, hasta casi reconciliarme con estos recuerdos del pasado, de un pasado que, por glorioso que sea, yo deseo ardientemente que no vuelva. ¡Forward! como dicen los ingleses. ¡Adelante que decimos los descendientes de Tubal, de aquel Tubal, el primer poblador de España, á quien algunas Historias pintan desembarcando en la Península con un baúl mundo al hombro y una sombrerera moderna en la mano! 

Como yo no pensaba describir lo que ya otras plumas han descripto más galanamente que yo pudiera hacerlo, salí de la iglesia después de dar un último vistazo á otras cuantas reliquias. 

Dimos la vuelta, y ya detrás de la iglesia me dijeron: 

— Esa gran marisma que usted ve— hoy de Pombo — fue en otro tiempo el fondeadero de la Invencible. 

Aquí tiene Usted restos de los fosos, contrafosos, puertas de rastrillo, atalayas de guardia y cuanto constituía la antigua fortaleza. Los que entienden de esto, dicen que por aquí salía la caballería, por allí la artillería, por aquella otra puerta la infantería... y se entusiasman viendo estas cosas y esta pared del osario— señalando un ángulo de la iglesia donde se ven unas cuantas calaveras incrustadas... 

Atravesamos otra vez por delante de la casa del Inquisidor, y fuimos, por el castillo abajo, á parar á la ermita de San Vicente. Dentro de ella, unas cuantas niñas tocaban la pandereta y bailaban. 

Aquí hay una imagen- dijo mi acompañante— digna de verse. Y me señaló el San Vicente que yacía entornado y á riesgo de caer en un lado del altar. En efecto, es una imagen acabadísima, prueba palpable de la altura del arte de nuestros antepasados. 

Salimos de la ermita. Tuve el gusto de saludar á don Donato Palacios, alcalde de San Vicente, persona en quien se unen estimables prendas de carácter junto á una amabilidad y á una atención exquisitas, y con esto nos dirigimos á comer. 

***

El día continuaba tristón y anubarrado, lluvioso á ratos. 

Comenzó á hablarse de suspender la folia. Existían precedentes, y sabida es la enorme fuerza de este argumento. 

Pero un poco después despejaba, y ya las embarcaciones estaban preparadas, los marineros que habían de conducir la imagen en hombros, vestidos; las chicas que habían de tocar panderas y entonar saetas subían hacia la iglesia. 

De pronto, viene la noticia. Reunidos los señores que entienden en estas cosas, han acordado suspender la fiesta hasta el domingo. Las mozas expresan su disgusto por esta determinación. ¿Han estado todo el día buscando flores, lo que les ha costado un ímprobo trabajo, para que ahora se les marchiten? 

El señor Alcalde baja, en unión de otros varios señores. Yo me adelanto y, sonriendo, digo: 

— Venimos á protestar respetuosamente de la suspensión de la folia. 

— Ha sido opinión de los técnicos — objeta el Alcalde señalando á los señores que le acompañan— que va á llover mucho. 

— Pero, por Dios, señor Palacios, le replico yo saludando á los aludidos, ¿aún hacen ustedes caso á los técnicos?... 

Los mozos y mozas, en vista de que no hay fiesta, solicitan del Alcalde permita que la música toque para pasarse la tarde de baile. 

Se les concede, y poco después el baile es hecho.

Confirmando el parecer de los técnicos, en toda la tarde no cae una gota de agua. 

El ayudante de Marina, el amigo Alonso y yo, entramos á bordo de un bote engalanado con unas trenzas de papel multicolor, y, poco después, los vigorosos brazos de dos marineros nos conducen hacia la barra. 

Del lastimoso estado en que ésta se encuentra, de lo que os necesario para evitar que el pueblo marinero de San Vicente emigre, hablaremos mañana. 

M. García Rueda. 
San Vicente de la Barquera, 17 abril 1906". 

1906 - A VER LA FOLÍA I (Viaje y llegada a San Vicente de M. García Rueda)

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El diecinueve de Abril de 1906 se publica en "El Cantábrico", el siguiente artículo de M. García Rueda, sobre un viaje a San Vicente de la Barquera para presenciar "La Folía", invitado por su amigo Alonso Velarde:



"VIAJES POR LA PROVINCIA 
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Á ver la "Folía"
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  Invitado por mi caro amigo Alonso Velarde, con quien he contraído una deuda de gratitud impagable por las delicadas atenciones de que me ha hecho objeto durante mi permanencia en San Vicente de la Barquera, me dispuse á visitar este interesante rincón de la Montaña, con el objeto de presenciar la típica fiesta de la folia, única en la provincia y no sé si me equivocaré al suponerla sin igual en España. 

El día amaneció tristón y melancólico. Algunas nubes, cerniéndose en el horizonte, hacían temer la lluvia que frustraría mis planes. Pero ello es que, casi de verano para ahuyentar el agua, monté en el tren el martes por la mañana, y poco después el convoy, lento y quejumbroso, se arrastraba pesadamente hacia su destino. ¿Dónde estáis, trenes franceses, trenes ingleses, trenes norteamericanos, que marcháis á una velocidad de 80, de 90, de 100 kilómetros por hora? Yo os echo de menos en estas excursiones, como noto la falta de vuestros coches de tercera, de esos terceros que son tan buenos ó mejores que los segundas de por acá. ¿Dónde están esos viajeros correctos, educados, silenciosos, que no os pisan, que no os molestan con sus movimientos, que no os aturden con sus gritos, que no os llenan el departamento de salivazos asqueantes? 


  «Cuando veáis que un viajero lee, ó está silencioso y triste, ó fuma tranquilamente sin hablar, ese es un viajero de verdad. Los que por primera vez viajan, son habladores, inquietos, gritan y van de una parte á otra molestando sin cesar». Así habla Sánchez Díaz en su hermoso libro «Juan Corazón». Yo quiero parecer un viajero de verdad y pagarle la enseñanza rindiéndole culto un momento. Y me puse á leer «Juan Corazón».

De vez en cuando, levantaba mi vista del libro para fijarla, indiferente, en el paisaje que huía de nosotros. Una persona, una casa, un árbol, dejan en la retina del viajero la misma impresión de frugalidad. Allá, en un altozano, en la linde de un prado, una robusta moza se para, arquea los brazos, coloca los puños sobre las caderas, y mira perderse el tren por el fondo adelante de una trinchera. Más arriba, unos cuantos labradores están pasando el rastro á sus tierras. Y como la tierra está húmeda, el rastro, en vez de desmenuzar y espolvorear el terreno, lo apelmaza y «encona»... 


  Vuela el tren. En el mismo departamento en que yo voy, han entrado dos viajeros, mineros al parecer. Uno de ellos, siente, sin duda, la necesidad de imitarme, leyendo algo, y se pone á leer en alta voz, comentándola entre grandes carcajadas, la indecente «cuenta del carpintero». 

—Está bien, ¿eh?— dice el lector á guisa de epílogo. 

—Es muy buena — asiente su acompañante. 

— Y así, á primera vista, agrega el lector, no tiene nada de particular. 

Me indigna esta afición á lecturas malsanas, como me indignan Los Sucesos ó La Caricatura ó cualquiera de esos periódicos que chorrean sangre, y que tanto leen nuestras clases menos cultas. 

Yo retiro con lástima la vista de estos dos hombres y la fijo en la campiña inmensa, casi estéril, que se muestra á mis ojos. Los labriegos enderezan pesadamente el busto al paso del tren y dejan caer sus brazos en actitud gorilesca. Son seres derrotados y maltrechos, en una lucha infecunda con la infecunda tierra. Contemplando esta extensa campiña, que hoy apenas produce mala hierba, y que un cultivo intensivo y fecundo la convertiría en un venero de riqueza, siento una sorda irritación que pugna por salir á los labios. 


  ¡Esos Gobiernos, no!; esos millones de habitantes que, imbécilmente, como borregos, dejan que los cobren la contribución mientras sus chicos están sin escuela, descalzos y andrajosos, ellos sin pan y las tierras infecundas!... Se necesita tener el alma de esclavo; se necesita haberse convertido en un ex hombre, como los de Gorki, para vivir muriendo, sin protestar de otra manera que en las tabernas ó en la cocina de casa... 

La campiña sigue inmensa, estéril. Las sierras calvas, sin un árbol que las dé frescor y lozanía, ponen en el horizonte una nota parduzca. Al volver de una curva veo allá, á nuestra izquierda, un monte á medio talar, donde una cuadrilla de lebaniegos convierte en traviesas los pocos robles que quedan. A mí derecha, columbro la alta chimenea de una fábrica, arruinadas una y otra, en el más lamentable abandono. En la estación, unos pobres hambrientos, obreros sin trabajo, se hallan esperando el tren. El cielo gris, la campiña estéril, los montes pelados, los obreros miserables, forman un cuadro capaz de hacer salir á la calle, en todo el ímpetu de la desesperación, el rebelde que cada hombre encierra. Y los borregos, mansamente, balan la petición de una limosna en plena calle... 


  Hemos llegado á la estación de San Vicente. Y nos encontramos que no hay carretera para descender al pueblo. Entramos por un prado y comenzamos á descender por un camino lleno de barro, difícil, que nos hace caminar á saltos. Una cuadrilla de obreros trabaja en la apertura de la carretera que tanta falta hace. Y tenemos que caminar por los senderos abiertos en los prados, que están resbaladizos y exigen verdaderos alardes de equilibrio para no caer. 

Delante de mí caminan otros señores que, como yo, cuando llegan á San Vicente de la Barquera están hechos unos Cristos de barro. 

¡Amigo Silverio! ¡A ver si ganamos esa apuesta y se concluye pronto la carretera á la estación! Y este no es reproche, sino parabién por la celeridad con que usted hace los trabajos... 

Ya estamos en el famoso puente romano. Desde aquí, contemplamos unos balcones engalanados, mástiles con unas banderitas multicolores, embarcaciones adornadas con follaje. 

Son los preparativos para la folia, según me comunica mi amigo Alonso al cruzar nuestro abrazo de salutación. 

El sol se ha empeñado en no lucir. El horizonte se muestra anubarrado y el barómetro, según observación del amigo Montojo, sigue bajando. 

Parécenos que la folia va á mojarse... 

M. García Rueda 
Vicente de la Barquera 17 abril 1906.