1915 - ROBO DE UN CABALLO Y DOS BURROS EN LA REVILLA
El tres de marzo de 1915 se publica en "El Diario Montañés", en el apartado "De la provincia", con el título de "Asuntos gitanescos", el siguiente y curioso artículo, sin firma, que reproducimos:
"ASUNTOS GITANESCOS
En la mañana del 27 de febrero tuvo conocimiento el sargento del puesto de San Vicente de la Barquera de haberse robado en el pueblo de la Revilla un caballo al vecino Elías Román Iglesias, un burro á Francisco Román Iglesias y otro á María Manuela García, vecina de Lamadrid, ignorándose los autores.
Procedió á las necesarias gestiones con los guardias á sus órdenes para la captura de los autores y hallazgo de los semovientes, telegrafiando á los puestos próximos de la benemérita.
Las caballerías han sido rescatadas en el pueblo de Colombres, donde un gitano llamado Manuel Paz García, de 40 años, natural de Bayona (Francia), sin domicilio fijo, las entregó al cabo del mismo puesto.
Dicho individuo manifestó al entregar las que tanto dichas caballerías como otro asno, que también llevaba, y cuyo dueño se desconoce, los recogió el día anterior, 26, á las seis de la mañana, cuando, encontrándose en una tejera, se llegaron á él dos hombres, y, sorprendiéndose de que se acercaran con caballerías les echó al alto, por si acaso era que le iban á robar las que él poseía, con cuyo motivo los dos sujetos le abandonaron allí los semovientes que conducía, dándose á correr, sin que le fuera posible al gitano precisar las señas.
Las caballerías y el atestado correspondiente fueron entregados al Juzgado de instrucción de San Vicente."
1879 - ANUARIO DEL COMERCIO, DE LA INDUSTRIA Y OTROS (Datos sobre San Vicente y sus Barrios)
“PARTIDO JUDICIAL DE SAN VICENTE DE LA BARQUERA:
11 Ayuntamientos - 18.033 habitantes.
SAN VICENTE DE LA BARQUERA:
V. de 1.564 hab., cabeza de Ayunt. y de distrito judicial, sit. á 55,5 kilom. de Santander - Puerto de mar de cuarta clase, Correos y Diligencias.
Alcalde:
Francisco del Barrio y Fernández
Teniente Alcalde:
Celestino Noriega Diaz
Juez de primera instancia:
José Torres y Torres
Promotor fiscal:
Vicente Jiménez Sanahuja
Escribanos:
Fabio Corro
Registrador de la Propiedad:
Consulados:
Abogados
Tomás Bulús
Lozano Gutiérrez
Mariano Diaz
Carnicero:
Perfecto Álvarez Carraneja
Juan Velarde
María Gonzalo
Farmacéutico:
Máximo Rincón
Basilio Obregón
Serapio Bue?
Pedro Ruiz Rancha
Máximo Pérez
Fidel Riancho
Máximo del Valle
Antonio Sancha
Panaderos:
Ignacio Benítez
Teresa Peral
Pablo Blanco
Antonio Fernández
Gabriel Hoyos
Tejidos por mayor:
Perfecto Álvarez
María Arco
José Blanco
Aniceto Diaz
Gumersindo Fuentes
Bernardino González
Telesforo González
Pedro Lesmes
Fructuoso Menéndez
Juana Ruiz Pastor
Agapito Ruiz Sánchez
Francisco Muro
Agregados (BARRIOS)
Abaño
Miguel San Juan
Gandarilla (Val de San Vicente)
Ald. sit. á 4,3 kilóm. de San Vicente de la Barquera
María Gutiérrez Rio
Notas personales sobre el documento:
1* El notario oficial en esta fecha era Juan Ángel del Corro
1906 - RESCATE DE EMBARCACIONES
El catorce de Mayo de 1906 se publicaba en el diario “ABC”, la siguiente noticia, que por telégrafo les pasó el corresponsal, sobre un rescate de embarcaciones de San Vicente por otras de Santander. La noticia es un tanto sucinta y no entra en muchos detalles pero así la reproducimos:
“EMBARCACIONES EN SALVO
Por telégrafo
Santander, 13,8 n. Sin haber logrado encontrar a las embarcaciones de San Vicente de la Barquera, que se hallaban en peligro, según telegrafié ayer, hoy por la mañana han regresado con averías dos lanchas de vapor de las cuatro que fueron en auxilio de aquéllas.
Las otras dos consiguieron llegar frente á San Vicente, encontrando á las lanchas de pescadores en situación peligrosísima.
Desde las lanchas de salvamento hicieron señalas á las que contestaron desde las lanchas pesqueras diciendo que se acercaran.
Así lo hicieron y hallaron tres pequeñas embarcaciones amarradas á otra grande en la que se habían refugiado todos los tripulantes de aquéllas, en total unos treinta pescadores.
Las lanchas de vapor, después de reconocer la barra, aprovecharon un momento de bonanza y entraron en el puerto remolcando á las otras cuatro.
En el muelle esperaba una gran multitud de pescadores y sus familias que ovacionó á las tripulaciones de las lanchas salvadoras.
Estas regresaron á Santander á la una de la tarde.
Otras dos lanchas pescadoras de San Vicente consiguieron librarse del temporal embarrancando en la playa conocida con el nombre de Cabo del Hambre, entre Comillas y San Vicente.
A media tarde un vapor costero ha traído a remolque á este puerto otra de las lanchas cogidas por el temporal.
Elógiase la conducta de los marinos que han arriesgado su vida por salvar las de los compañeros.
Sería muy conveniente para la gente de mar de San Vicente de la Barquera, que el ministro de Fomento concediese á la jefatura de Obras públicas de este distrito un pequeño crédito que sería suficiente para hacer desaparecer las dificultades que en días de temporal dificultan el paso de la barra.-
Segura”
1921 - DIARIO DE UN CAMINANTE (AMÓS DE ESCALANTE)
Hemos conseguido en el portal de “Cervantes Virtual”, el documento que sobre San Vicente de la Barquera publicó Amós de Escalante en su libro “Costas y montañas, editado en 1921, y titulado, “Diario de un caminante”, donde, en el apartado “Entre ambas Asturias”, y Capítulo I, dedica a Comillas-San Vicente y dice así:
“Luego se sube a una sierra, donde se ofrece al peón, avaro de horas y de fatiga, el camino antiguo más caído hacia la costa. Al cabo de una hora se une a la carretera sobre los altos que dominan el ancho estero de San Vicente de la Barquera.
Partido el mar en dos brazos, ciñe un peñasco cuyo arenoso asiento ocupa la población, cuya cima corona la iglesia, y rodearon los muros de su fuerte castillo. El que entra derecho por las tierras al Mediodía, lleva sobre sus arenas treinta y dos arcos de un puente, que la tradición bautizó romano, y trae su fundación de era harto más reciente y más gloriosa para nuestra gente. Al extremo del puente, dominando la ría con sus galerías abiertas al Sur y a Levante, un convento francisco, edificado, como sus, hermanos, de limosna -dice Gonzaga-, año de 1468.
La Casa de Guevara, que poseía como sabemos los inmediatos estados de Treceño, tomó para sí el patronato de este convento; dotóle de capellanías, labró la capilla mayor e hizo el retablo y el coro, con un aposento para que se alojasen sus señores, que se llamó «la celda de los Guevaras». «Y alternativamente -dice el Memorial citado a los principios de este libro- desde entonces se entierran unos señores allí y otros en Escalante.»
Las casas de la villa, levantadas sobre solemnes pórticos, ennoblecidas con balconaje de hierro, escudos y portadas, abrigan el silencioso puerto. En las lejanías de su embocadura, al pie de los merlones de Santa Catalina, y del venerado santuario de Nuestra Señora de la Barquera, se ven agitar las bulliciosas ondas que dan voz a la soledad y acento a las ruinas; pero a la ribera llegan calladas y adormidas, cual si ya su fuerza, su ayuda, su flexibilidad y movimiento fueran inútiles para la muerta navegación y el desaparecido comercio. Algún cabotero fondea en la rada que armaba arrogantes escuadrillas balleneras, y que pretende haber sido cuna de los bajeles guiados por Bonifaz a la empresa de Sevilla.
Encarámase el viajero a buscar la iglesia, guía elocuente en los pueblos viejos, abierto libro que de ellos cuenta la edad en su arquitectura, los linajes en sus sepulcros, las costumbres en sus exvotos, la piedad en su conservación y aseo, las grandezas en su ornato, los dolores en su aparato fúnebre, en la llama perenne de sus lámparas y cirios. La de San Vicente ocupa el cabo meridional del peñasco, al que yacen agarradas las viviendas como una generación de crustáceos alimentados de marinos jugos y aire salado. El descarnado lomo de la peña tiene nombre de Calle Alta, cuyo ámbito bordan desmoronadas paredes, edificios deshabitados: avenida melancólica que guía hasta el templo, como guían los sepulcros hasta la cruz alzada en el centro de un cementerio.
Las tres naves de la iglesia, cerradas sobre ojivas anchas del siglo XIII, arrancan de una fachada, cuyo portal trae filiación del XII, y mueren en un crucero y ábside del XIV o XV. No escapó, a pesar de la jerarquía del lugar, a la necesidad y pobreza de los tiempos; su edificación fué corno la de otras muchas, lenta y sucesiva. Bien es verdad que las obras de la paz sólo en largo plazo de sosiego y abundancia llegan a cumplido término, y los tiempos de la ojiva, tormentosos y duros, daban vagar limitado al arte, interrumpiendo a menudo, con escaseces o violencias, el pacífico trabajo.
Más agitada España que otras naciones, empeñada en su secular guerra religiosa, menos propensa a ciertas vanidades y deleites, apenas tuvo espíritu, caudal, espacio y voluntad para construir otra cosa que iglesias o castillos. Príncipes ni magnates se cuidaron de sus propias moradas, ocupados en aumentar y enriquecer la casa de Dios. «Honra singular» -dice el ilustre Ozanam- de la realeza y de los nobles castellanos»
En la capilla de San Antonio llama la atención un trozo de excelente escultura, al parecer italiana; una estatua de eclesiástico reclinada sobre una urna, puesta la mejilla sobre la mano, en actitud de leer: obra naturalista, viva y acabada. La urna, enriquecida con castizas molduras, obedece al gusto del Renacimiento; en sus ángulos dos geniecillos llorosos desarrollan cartelas en que se lee, partida, esta inscripción: el que aquí está sepultado no murió / que fué partida su muerte para la vida; y en su centro una figura de ángel, gótica en su actitud, expresión y dibujo, sostiene el blasón de los Corros, sus fundadores.
Dice el epitafio de este entierro: HIC IACET LICENCIATUS ANTONIUS DEL CORRO, VIR PRECLARUS MORIBUS ET NOBILITATE, AC PERPETUÆ MEMORIÆ DIGNUS, CANONICUS HISPALENSIS AC IBIDEM CONTRA HERETICAM PRAVITATEM A CATHOLICIS REGIBUS FERDINANDO ET ELISABETH USQUE AD SUUM OBITUM APOSTOLICUS INQUISITOR ET HUIUS ALMÆ ECCLESIÆ TANQUAM NATURALIS UTIQUE BENEFICIATUS, QUI OBIIT VIGESIMA NONA DIE MENSIS JULII ANNO 1556 ÆTATIS VERO SUÆ 84.
Inmediatos yacen sobre un tosco plinto de labor románica dos bultos de diáfano alabastro, más curiosos que el del inquisidor: vestido el caballero de armadura completa y sobrevesta, la dama con tocas, capotillo corto sobre la ropa y cuello recto; trajes y plegado andan con los días y costumbres del siglo XIV.
La dignidad del inquisidor conseguida en edad temprana, muestra su valor en una corte donde tenían poca acción intrigas y favores. El de su familia en San Vicente lo prueba la presencia de sus armas en los edificios más importantes, en pie unos, caídos otros a lo largo de la Calle Alta. El más aparente y conservado, labrado de esa arenisca tostada, rica de tono y fina de grano, tan común en la montaña, es elegante tipo del renacimiento imperial. Sobre un cuerpo sin otro adorno que su frontón toscano encima de la puerta, alza otro calado por tres balcones flanqueados de columnas jónicas estriadas; un recio cornisón remata la fachada, cuyos aristones se tornean y desenvuelven en pilares cilíndricos. Desde el arquitrabe habla el fundador al transeúnte en esta inscripción abierta en tres trozos sobre los tres balcones: PAUPERIBUS UT SUBVENIAT * HANC EX VETUSTISSIMA REEDIFICAVI DOMUM * PULCHRAM SED PULCHRIOREM QUÆRAMUS; y en ella revela el primer destino de su obra, destinada a asilo de pobres.
Los restos de su muralla, comidos de musgo, embozados en yedras, amenazadores y enhiestos en una parte, derribados en otra, completan la romántica y noble fisonomía del peñón de San Vicente. Persevera el cimiento de la robusta fortaleza, señalando su planta, sus recintos, entradas y galerías; aún se ven escaleras que trepaban al almenaje, o guiaban a subterráneos, silos o calabozos: las embovedadas cuadras son viviendas de inofensivos labradores o marineros. Asunto curioso a pintores y arquitectos retratar las armoniosas líneas, el colorido fresco y suave de la ruina y la roca, estudiar la disposición estratégica de las defensas, y restablecer el perfil ceñudo, grave, reposado del castillo en la integridad de su fuerza y poderío.
Aquí de nuevo nos hallamos al imperial navegante, al frecuente bojeador de estas marinas, al huésped de Santander y de Laredo. Pero si al saltar en los muelles de la hidalga Laredo, traía Carlos de Gante su espíritu castigado por la experiencia, rendido al desengaño, propuesto al sacrificio de las pompas y deleites terrenos, las arenas de San Vicente y su breve y sosegada bahía le recibían mozo, extraño a las costumbres españolas, inexperto en nuestra habla, abierto el corazón a todas las grandezas humanas, capaz de poblar y enriquecer la región más desierta y vasta y miserable con las ilusiones y bríos de su ánimo esforzado.
Había desembarcado en un puerto de Asturias, mas «por no poder estar la armada en Villaviciosa», escribe el historiador Sandoval, «pasó a Santander, y el rey fué por tierra a San Vicente de la Barquera, donde estuvo algunos días».
Entre uno y otro desembarco había corrido la vida del glorioso príncipe.”
Amós de Escalante.
1863 - SALVE "DESCONSUELO DE UNA MADRE", DE CONCEPCIÓN ARENAL
En Cervantes Virtual he encontrado, de José
Subira, unos "NOVISIMOS APUNTES BIOGRÁFICOS DE DON JESÚS DE
MONASTERIO", que proceden de unas "extensas Memorias escritas por D.ª
Antonia de Monasterio", hija de D. Jesús, el artista Lebaniego, que brilló como
violinista, concertista, director, compositor y un largo etc. Estos trabajos
fueron publicados Bajo el título de "Academia: Anales y Boletín de la Real
Academia de Bellas Artes de San Fernando en el segundo semestre de 1972.
Pero mi sorpresa ha sido grande al encontrar en este trabajo una Salve denominada “Desconsuelo de una madre”, escrita en 1863 por Concepción Arenal, a petición de Jesús de Monasterio y que este último recitó, acompañado de un armonio, en la capilla de La Barquera según se describe.
Como este trabajo habla sobre San Vicente de la Barquera, recojo aquellos apuntes que dicen así:
“En la provincia de Santander se alza el pintoresco y lindo pueblo llamado San Vicente de la Barquera. Tiene por patrona a la Virgen de la Barquera, cuyo santuario se alza entre mar y tierra, como si significase que la Virgen posa una mano sobre el agua para bendecir a los pescadores y la otra sobre la tierra para bendecir a los moradores de aquella localidad. Para veranear fue a este Santuario mi tía Anita cuando se encontraba en "estado bendito" —como se decía entonces—, para vivir junto a la Virgen durante los últimos meses de su preñez y colocarse bajo aquel amparo celestial. Allí, una mañana, creyéndose pobre y pordiosera mi desventurada abuela Isabel, arrojó al mar, desde la solana de la casa, todo su dinero, que conservaba en monedas de oro.
Pasados unos días tan sólo nació prematuramente una niña que sería muy bonita si su cara hubiera podido reflejar inteligencia, pero fue una criaturita anormal y, como en el caso de la bella africana, jamás se la pudo ver reír ni llorar. Y aquella niña falleció muy pronto. El inmenso dolor de la madre traspasó su alma y de tal forma repercutió en el corazón de mi padre que ni a los extraños podía ver sufrir sin conmoverse por la gran ternura que le inspiró su hermana.
Como había nacido en el mismo Santuario de la Barquera es por lo que a aquel ser infeliz se la llamó Barquerina. Para honrar su memoria y mostrar su compasión a la desolada madre, mi padre encargó a su gran amiga Concepción Arenal que le escribiese una cantinela, a la cual pondría música él mismo. Así brotó, en el otoño de 1863, aquella salve tan sentida como bonita que sus autores titularon Desconsuelo de una madre y que dice lo que aquí copio:
I
Hija del alma
querida,
la que tanto amor
recibes,
¿cómo vives
tú que has nacido
sin vida?
Te abracé
muda, yerta.
Casi muerta
te lloré;
y al verme en
congoja tanta
dije a la Virgen
María:
«¡Sálvamela, Madre
mía!»,
y me oyó la Virgen
Santa.
Duerme, hija mía,
no hayas temor.
Duerme, que vela
por ti mi amor.
Nunca te duermas
para olvidar...
Nunca despiertes
para llorar.
II
La Virgen de la
Barquera,
allá en el mar
solitaria,
tu plegaria
ha de escuchar la
primera.
Habla y di:
« ¡Virgen mía!,
¿qué sería
yo sin ti?»
Lo que me has hecho
penar
no atormente tu
memoria,
sueña que estás en
la gloria
y ves ángeles
pasar.
Duerme, hija mía,
no hayas temor.
Duerme, que vela
por ti mi amor.
Nunca te duermas
para olvidar...
Nunca despiertes
para llorar.
III
Al contemplarte
dormida
con rostro puro y
risueño,
¡cuánto sueño,
prenda de amor
bendecida!
Tú me das
gloria al verte
y en la muerte
dormirás...
¡Ay!, la Madre de
consuelo,
que al nacer
salvarte pudo,
sea en el mundo tu
escudo
y al morir te lleve
al cielo.
Duerme, hija mía,
no hayas temor.
Duerme, que vela
por ti mi amor.
Nunca te duermas
para olvidar...
Nunca despiertes
para llorar...
Un angelito
me la arrulló ;
hablad quedito
ya se durmió.
Acuérdate, vida
mía,
de aquel que te
quiere tanto
y este canto,
aunque está lejos,
te envía.
Alma fiel,
de paz llena,
sé tú buena
como es él.
Si tu vida toda
entera
se pareciese a su
historia
te recibirá en la
gloria
la Virgen de la Barquera.
El día en que Barquerina hubiera cumplido un año de edad se celebró en aquel Santuario una misa, improvisando mi padre toda la música, que cantó él mismo acompañándose de un armonio, y finalmente entonó esta "salve" con letra de Concepción Arenal.
Tras aquel desastre familiar sufrió mi padre otra catástrofe tremenda. Dado el deplorable estado mental de mi abuela Isabel fue necesario recluirla en Valladolid, como unos años después, por igual causa, fue preciso recluir a mi tía Anita en Palencia, y precisamente en el mismo sitio que siglos antes había sido solar del Cid. Y mi padre fue casi tan desgraciado como la Reina Católica, la cual tuvo locos a su madre, su hermana y su cuñado.
Sería necesario amar a la propia madre como
adoró él a la suya para comprender la inmensidad de su dolor. Era tanto este
dolor que ni su amor a mi madre, tan sentido por él como compartido por ella,
fue capaz de arrancarle del alma una tristeza que siempre llevaría en el
porvenir; y aunque la disimulaba ante los extraños, sus familiares la
conocíamos muy bien.”

